miércoles, 16 de diciembre de 2015

Notas a la creación de una novela corta





Cuando una historia llama a tu puerta, es muy difícil hacer como que no estás en casa. La única labor de la persona que escribe es tener algo que contar, algo que se le sale ya por las costuras, y hacerlo de la mejor manera posible.
La necesidad de transmitir, de poner sobre papel ideas, fantasías, pensamientos y escenas, es la materia primigenia de esta novela corta, y la forma de llevarlo a cabo es lo que trataré de analizar, después de haberme servido muchas veces la guía epistolar de Mario Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, donde leí algo que tuve claro para ‘Ojos Negros’, y es que el escritor debe ser “un sociólogo detallista, observador riguroso de los tipos humanos, las costumbres, las rutinas cotidianas, el trabajo, las fiestas, los prejuicios, los atuendos, las creencias (…)” y que “Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción”.
De esta manera, sólo puedo ver el trabajo como un camino a la mejora, teniendo en cuenta que escribo desde que tengo uso de razón y fui capaz de ello, y que hasta el momento presente puedo decir, con modestia pero con orgullo, que me he movido en una constante evolución; por ello considero esta novelita corta una obra más “madura” con respecto a ‘Memoria de trinchera’, e incorporo las reflexiones de los personajes acorde a la sociedad y a sus pensamientos, dotando de ambigüedad y verosimilitud a estos personajes, que son vistos por la radiografía del narrador, alguien del que nunca se dice el nombre, pues puede operar como un cronista general de nuestro tiempo, un curtido espectador tras el cristal que analiza una sociedad convulsa atravesada por la gangrena de la corrupción, la violencia, la impunidad, la paulatina pérdida de valores, y donde lo honorable y lo abyecto se dan la mano, confundiendo muchas veces las fronteras; el sexo entendido como una manifestación de violencia, huida o catarsis, así como sus personajes son y reflejo de ellos mismos; la memoria y la pérdida de las inocencias, el precio del inapelable paso del tiempo, realidad y ficción bebiendo del mismo vaso, la intuición y el conocimiento del autor tratando de hacer un relato de nuestra realidad, con trampas y silencios, pero de una sinceridad abrumadora, casi obscena, para encarar aspectos tan delicados como inaplazables, y abordarlos sin reticencias ni pudor, como diría algún compadre, “hablando claro”.
Y es ese premeditado tono descarnado el que quise que fuera la seña de identidad de esta obra, dispuesto a ser un delator de las miserias morales, de la hipocresía en las relaciones, las caretas de determinados ambientes en aburridas figuras pedestres y convencionales y el uso egoísta que a menudo las personas hacen unas de otras.
En ‘Ojos Negros’ quise, y no sé si lo he logrado, plasmar todo un torrente caótico de recuerdos, sensaciones, reflexiones, emociones, de prosa quebrada y sin excesivas licencias poéticas, explorando y descubriendo. Explorándome y descubriéndome. Con un novedoso tratamiento de la intuición, la sensibilidad, la técnica, la forma y el discurso.
En ella hay unas influencias y un homenaje implícito (de Serie B, claro) a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Rafael Chirbes, James Ellroy, Pérez-Reverte, Dennis Lehanne o Anaïs Ninn. De nuevo aquí, los vivos se mezclan con los muertos, en el único  terreno, el sueño eterno de la literatura, en que es posible que ambos vayan de la mano.                     

La estructura narrativa debe ser pensada desde antes de empezar a escribir, y yo tenía en la cabeza la trama y su distribución a lo largo de los capítulos, partía ya con todo ello “atado y bien atado”, de la misma manera que la escaleta de un guionista antes de ponerse con la versión literaria. La improvisación puede funcionar para el hip hop, pero no para el terreno de la escritura. Embarcarse en una empresa como ésta sin tener claro  adónde quieres ir, a ciegas y sólo confiando en el instinto o el talento, es la mejor garantía de perderse.
Tras el resultado de toda escritura, sea regular, bueno o simplemente aceptable, hay detrás un gran trabajo intelectual, las historias nacen de la imaginación, de la experiencia, pero sobre todo de lo que uno ha vivido y leído.
Es alarmante que a veces uno se encuentre con personas que manifiestan su deseo de escribir, de ser algún día periodistas o escritores, pero que no leen con asiduidad, que no controlan los mecanismos estructurales ni conocen las grandes obras de los autores más destacados. Es como querer ser arquitecto y no sentir ningún interés por el dibujo. Una vocación literaria sin el hábito de la lectura o el amor a la palabra es una empresa inútil, un sueño incapaz y estéril abocado al fracaso.  Y, con todo ello, nadie puede enseñar a otro a crear; a lo más, a escribir y leer. El resto, se lo enseña uno a sí mismo, como en la vida, tropezando, cayéndose y levantándose, sin cesar.

Durante el proceso de creación de la novela recibí encantado comentarios de mis amigos, de mi pareja, de familiares, de lectores desconocidos que seguían los capítulos y se ponían en contacto conmigo para manifestar su entusiasmo.
Y aquí me obligué a que se impusiera la terquedad y la disciplina a la falta de tiempo, muchas veces retrasando la salida de nuevos capítulos por no disponer del momento adecuado para ponerme a escribirlo, a pesar de que en mi cabeza sabía plenamente el desarrollo del mismo.
La actividad creadora, la aventura ficticia, es fascinante y hermosa; sólo desde el profundo amor a lo que hacemos, la humildad, el interés intelectual y el respeto al mundo de las palabras, podemos disfrutar de ello, con una dosis de disciplina y una pizca de locura, y al final, releer y sentirse orgulloso de la criatura concebida, poder decir, indistintamente del resultado, cobremos o no, nos lean o no: yo escribí esto, ésta es mi creación. Éste es mi legado.


Roberto Hernández Granda      Madrid. Diciembre 2015

lunes, 14 de diciembre de 2015

CAPÍTULO XV


—¿Sabes que es una trampa, no?
Miraba a Chamorro cómo recogía con tranquilidad algunas cosas de la habitación donde ahora se alojaba. Introducía varias balas en un viejo revólver y aseguraba el corredor de la escopeta. Después me dio la espalda.
—Ese sitio me parece tan bueno para terminar con esto como otro cualquiera —me dijo sin volverse.
Entonces supe que ella nos conocía bien, nos tenía estudiados, dos almas que van a pique, hombres añejos e invernales cuyo sentido del orgullo y la dignidad, un compromiso sostenido sin claudicaciones, les impide rechazar una invitación al ajuste de cuentas, aunque vayan de cabeza a una emboscada. “¿Por qué no?”, fue lo primero que me comentó Chamorro cuando se lo comuniqué. No había mucho que discutir. Mataríamos a Carbonell y al ruso si ellos no lo hacían antes con nosotros.

Hay un momento en que acaban los edificios y empieza la tierra. Una lluvia fina caía sobre la ciudad pálida cuando la dejamos. Autobuses oscuros ascendían por las avenidas casi desiertas, atravesando el agua como una cortina triste y bordada. Al dejarla atrás, Madrid parece una certeza más nítida, es una ciudad en la que todo se distancia, incluso ella misma. Quizá por eso en la distancia nos parece más real que la misma ciudad vivida, habitada.
El vehículo entró lento por un camino de areniza, con las luces de posición, rasgando la oscuridad con los neumáticos, hasta llegar al punto que las coordenadas indicaban. Allí nos habíamos citado, en medio de ninguna parte. La última luz parecía divisarse a medio kilómetro de distancia, y la carretera principal había quedado hacía tiempo a nuestras espaldas. Apagué el motor, cogí el chopo y salí del coche. Chamorro me siguió, con la escopeta al hombro, y dimos una decena de pasos hasta que distunguimos una sombra en la oscuridad. La luz de una linterna nos apuntó, deslumbrando momentáneamente los ojos, y Chamorro alzó rápidamente la escopeta. Nos sorprendimos al ver a 'El catedrático'.

—La madre que te parió, casi te vuelo la cabeza, ¿qué cojones haces aquí?
—Chamorro parecía cabreado por haber estado a punto de disparar.
Rubén me miró.

—Me enteré del lugar de vuestra pequeña fiesta. No quería perdérmela.

—Aquí no pintas nada, vete mientras puedas, gilipollas.
Rubén me seguía mirando, aunque hablabla con Chamorro.

—Te equivocas
—dijo mientras sacaba la pistola que yo le di en la cabaña—. Sí que pinto. Carbonell es tan asunto mío como vuestro. Desde hace más tiempo, incluso.
El cabrón de Rubén. El jovial chico intelectual. Los fantasmas que no le dejaban dormir por las noches, manifestados ahora con mñas fuerza que nunca al frío de aquella madrugada sin luna. El bar España de Benicarló, las niñas Miriam, Toñi y Desireé, la complicidad de la policía judicial y los servicios del estado. Sabía que había en su vida motivos íntimos, particulares.
Miré a Chamorro y en mis ojos pudo leer, igual que siempre, como hace años, sin necesidad de expresar para entendernos. Él no volvió a decirle nada a Rubén.
Alguien nos chistó. Nos volvimos alerta y distinguimos dos figuras a unos diez metros de distancia.

—No era necesario venir armados
—dijo una voz eslava.
—Oh, perdona, lo asumimos como una cuestión de cortesía —apuntó Chamorro, burlón.
Unas luces largas de coche se encendieron por detrás de las dos figuras. Eran Mauricio y el que supuse el tal Dima. Un ruso alto, rapado, de profundos ojos azules que se habían vuelto a estudiarnos con la fijeza de un puñal apuntando a las entrañas. Mauricio mostró la palma de las manos.

—Nosotros no vamos armados —dijo con retórica—. Y tampoco sabíamos que iba a venir el gafitas.
—Imagino que las luces del coche no se han encendido solas
—inquirí.
—Sólo es nuestro chófer
—Carbonell tenía una mueca burlona que no me gustaba un pelo, parecía que estuviera contemplando alguna comedia de situación.
—Qué ganas tengo —me susurró Chamorro entre dientes —de borrarle esa puta sonrisa de la cara.
—Muchos de mis hombres han muerto —explicó Dima con una acento muy marcado.
—Es que fueron muy poco educados
—le contesté, sin ánimo de achicarme.
—No es necesario ningún derramamiento de sangre más. Queremos llegar a un acuerdo sensato —Carbonell parecía siempre hablar con una exagerada retranca—. Pero os tenemos que pedir que dejéis las armas en el suelo.
 Nos miramos entre los tres.

—Eso —Chamorro se rascaba la nariz— no va a pasar.
 Mauricio sonrió mientras afirmaba dos veces con la cabeza, y miró de reojo a Dima.

—Era lo que imaginaba —exclamó.
 Las puertas del coche con las luces encendiras se abrieron de golpe y salieron tres hombres armados cada uno con un AK-47. Otra vez ese puto rifle. Alzamos nuestras armas. Ellos se pusieron justo detrás de Dima y Carbonell. De la oscuridad, y alrededor, sentimos varias figuras moverse y descorrer los cerrojos, hombres armados salieron de entre las sombras, no podía adivinar el número, pero nos superaban ampliamente. Malditos cerdos. Rubén miraba a un lado y a otro, desconcertado. Chamorro entornaba los ojos con resignación.

—Creo que aquí se termina esta pequeña aventura, compañeros
—nos decía Carbonell, con condescendencia.
—De ninguna manera esto iba a acabar bien para vosotros —la voz de Dima se hacía particularmente odiosa.
—De todas formas, si tiráis ahora las armas, os dejaremos marchar por donde habéis venido. Y nunca más nos volveremos a ver. Bajadlas ahora —Mauricio lanzó su oferta insultante.
 El silencio se hizo en la noche. Podíamos sentir los rifles de asalto que nos apuntaban y los gestos de expectante regocijo de los dos que teníamos enfrente. Seguíamos con las armas en alto.
Chamorro sonrió, despectivo, y bajó su escopeta lentamente.

—Está bien —dijo. Y se volvió a mirarme. Esta vez fui yo que que no necesitó nada más para comprender.
Luego todo ocurrió con extraordinaria sencillez. Chamorro dio unos pasos, se acercó a Dima y a bocajarro le descargó la escopeta en la cara. El sonido de la detonación resonó en la noche. Sentí cómo Rubén daba un respingo a mi lado. Los hombres armados de alrededor tardaron en reaccionar, no esperaban algo así. Yo acerté a dispararle dos veces en el pecho al ruso que estaba al lado de Carbonell y Chamorro vació de nuevo la escopeta sobre uno de los que estaban detrás. Tras apuntarle con una pasmosa frialdad, lo derribó de un escopetazo en la frente. Milésimas de segundo después, una ráfaga de metralleta le llegó de pleno y Chamorro cayó, saliendo despedido.
—¡Muévete! —le grité a Rubén, que ya se estaba desplazando mientras vaciaba el cargador de la pistola, pero no había ningún sitio adónde ir, ni ningún lugar donde cubrirse. Mauricio maldecía con la pistola en la mano disparando casi a ciegas hacia nosotros. Le acerté en el centro del estómago, y se desplomó de culo. Una ráfaga de metralleta silbó a mi lado. Con el cuerpo en tierra, ‘El Catedrático’ disparaba hacia los rusos, y creo que consiguió alcanzar a alguno, antes de que una bala le entrara a la altura de la mandíbula.
Con el trajín de la balacea no oí las sirenas que se habían ido acercando. Cuando apuntaba a un ruso, ya a la desesperada y esperando el momento de recibir la descarga de balas definitiva, vi que algo que no era mi arma lo derribaba. Grupos de los GOES y policías de uniforme cubiertos tras la puerta de sus coches disparaban hacia ellos. Uno a uno, fueron cayendo abatidos, mientras yo, tras la sorpresa inicial, vaciaba el cargador del viejo chopo, buscando con la mirada la figura de Carbonell, que me pareció adivinar agazapada tras el coche.
Cuando los tiros estaban ya deteniéndose, alguien, una voz femenina, me ordenó que tirara mi arma, pero parecía una voz lejana, de ultratumba.
Vi el cuerpo sin vida de Chamorro tumbado boca abajo, y tras él, Mauricio huía herido, sujetándose con una mano el vientre. Fui tras él, ignorando las voces que me reclamaban a mi espalda y comprobando mi cargador.
Mauricio se sentó tambaleante sobre una roca, rendido y herido, y lo alcancé con facilidad. No tenía la pistola, en su lugar llevaba una navaja abierta que empuñaba débilmente. Me acerqué con cautela y observé como se le iba la existencia por el orificio del estómago. La sangre se desprendía coagulada y oscura. Con la navaja apuñaló el aire a ciegas, lanzando unas inofensivas estocadas. El último esfuerzo débil y patoso de un moribundo. Le quité la navaja de la mano, sin que ofreciera ya ningún tipo de oposición. Tan sólo las luces en la distancia de los coches de policía nos iluminaban el rostro, pero ofrecían suficiente claridad centelleante para ver a una distancia bastante generosa, y para reconocernos en la noche.
—Sólo me queda una bala —le dije—, y no la voy a desperdiciar contigo.
Me miró indiferente, mientras mascullaba algo de mis parientes fenecidos y de que hiciera lo que me diera la gana. Asentí, sabía que él lo entendía. No suplicó clemencia, ni siquiera me pidió un último comentario o acto de piedad, lo que lo honraba. De un tajo largo le corté la garganta, y la sangre se derramó despacio, primero con un gorjeo y después desbordante por el cuello de la camisa y el pecho, antes de derrumbarse hacia adelante. Limpié la navaja con el borde de su abrigo y me la guardé en el bolso. Viejas costumbres, trofeo de guerra.

Al volver sobre mis pasos, más coches habían llegado al lugar. Muchos agentes inspeccionaban o tapaban los cadáveres con mantas, y vi cómo una camilla se llevaba a Rubén, intubado. Me acerqué a uno de los médicos.
—¿Cómo está? —le pregunté, mientras miraba la cara agujereada de mi compañero.
—Crítico —me dijo, y sin mirarme ayudó a introducirlo en la ambulancia, cerrando las puertas tras de sí.
Arrodillada, mirando el cuerpo con el rostro desfigurado e irreconocible de Dima, la chica que yo conocía como Virginia tenía el pelo recogido sobre una coleta, una blusa y unos vaqueros.
—Pues sí has venido.
Se giró y me miró.
—Sentiría que te hubieran matado, pese a todo. Siento haber tardado tanto, lo decidí al final. Mauricio. ¿Está muerto?
No dije nada, pero tampoco hizo falta.
—Supongo que aquí se acaba mi labor encubierta, ¿no?
El viento empezaba a soplar gélido a esas alturas de la madrugada.
—Aquí se acaba todo, tesoro.
Me miró sin pronunciar palabra, mientras yo comenzaba a alejarme.
—¿Qué es lo que quieres decir? —dijo alzando la voz.
Me detuve y me volví.
—Sabías que iban a matar a Sergio, pero no hiciste nada, para no comprometer tu misión.
—Te acabo de salvar la vida, cabrón.
Me encogí de hombros.
—Eso no tiene nada que ver. La forma en que yo actúo…la entiendes o no.
Virginia bajó la mirada, como asumiendo que estaba ante un tipo de hombre con el que no estaba acostumbrada a lidiar.
—¿No volveremos a vernos nunca? —me miraba con una melancolía saliendo de sus grandes ojos negros que nunca antes había visto.
Yo sonreí levemente, me subí el cuello de la cazadora para paliar el frío intenso de esas alturas del otoño y me alejé despacio, dejando atrás un montón de luces impersonales y agotadoras.

No había vuelto a mi piso desde que los visitantes inoportunos trataron de liquidarme. Comprobé que habían dejado un paquete para mí. Dentro, estaba el borrador de una novela, una copia de tapas duras pero aún no publicada, sobre lo que Rubén creyó escribir lo mejor de su vida. Me serví un vaso de agua y cogí el teléfono. Carolina hablaba al otro lado de la línea.
—¿Dónde has estado? Llevo días tratando de localizarte.
—Por ahí, temas personales.
—No sé si es la mejor vía, pero quiero decírtelo ya. Voy a dejar a mi marido, he puesto ante mi abogado los papeles del divorcio.
Hubo un silencio.
—¿Estás ahí?
Me recosté sobre la cama, sintiendo el placer de un cuerpo magullado que por fin descansa.
—Creo que eres una buena mujer.
—¿Estás bien? ¿Desde cuando dices tú esas cosas?
—Oye, Carolina.
—¿Sí?
—Estoy terriblemente cansado, no me pases hoy ninguna llamada.
Colgué el teléfono. Después abrí el edredón y me metí en la cama, mientras tras las rendijas de las persianas se adivinaba el comienzo de un nuevo día, y los sonidos de la urbe comenzaban a crecer, mientras en los edificios las luces se iban encendiendo poco a poco, en las oficinas, en las calles, en cada barrio, en toda la ciudad, y todo empezaba de nuevo, a la vez que despertaban los sueños de los hombres libres.