viernes, 11 de diciembre de 2015

CAPÍTULO XIV



Cuando Virginia abrió la puerta de su apartamento, llevaba un pantalón de chándal ajustado, una camiseta blanca descolorida e iba descalza. Me observó desde ahí.
—Imaginaba que vendrías por aquí. No sabía cuándo, pero sabía que un día.
Ésa fue su frase de bienvenida, mientras no hacía ningún gesto indicativo de dejarme entrar. Pero crucé el umbral de la puerta sin esperar invitación, echando un vistazo rápido a su apartamento.
—No me fue muy difícil encontrarte, aunque tuve que recurrir a informantes nuevos, es como si la mayor parte de los datos sobre ti se hubiera borrado, desaparecido. Parece que no existes antes de Mauricio.
Ella me miró, indiferente.
—O tal vez no existas sin él— continué.
—¿A qué has venido? Te daba por muerto. Habían enviado una partida de hombres a matarte, a ti y al viejo ése con el que andas.
—Oh, tuvimos una visita en la cabaña, sí, ocho amables señores del este —miré la estantería con algunos libros que tenía en la entrada —. Están enterrados en el jardín. Servirán de abono para los gladiolos.
—¿Quién eres? Al principio creí que eras policía, pero tu empeño idiota en encontrar al chaval ése…
—Chaval que tú te tirabas y no tuviste reparos en dejar en manos de los matones de Carbonell, loco de celos, imagino. Tú se lo entregaste.
—Imagino que eso es lo que piensas. Y por eso he estado siendo precavida.
Antes de que terminara la frase, y sin casi yo percatarme del movimiento, tenía el negro cañón de una pistola a escasos centímetros de mi rostro. Virginia me miraba desafiante.
—Cuidado —le dije— a ver si te vas a hacer daño por jugar con esas cosas.
Ella parecía no tener una mañana de buen humor, y quitó el seguro.
—¿Y qué tal si me dices lo que le pasó a Sergio? —le inquirí.
—¿
Y qué tal si te meto un tiro en la puta cara? acercó más el arma a mi rostro, y su calma resultó casi insolente.
Hombre, no digas palabrotas.
Te estás jugando la vida en una guerra con unos tíos muy peligrosos, que llegan a todos los niveles del país. La lógica dice que ya deberías estar muerto, ¿eres un loco o qué?
Seré lo que sea, pero pago mis deudas.
—¿Has dejado debiendo whiskies? ahora sí parecía recobrar un poco de humor.
El padre de Sergio me salvó la vida, hace mucho tiempo mis ojos se fueron a una evocación lejana.
Estás viviendo en el presente. Él sólo era un chaval alocado, no merece la pena todo esto.
Eso no tiene nada que ver. La forma en que yo actúo...la entiendes o no. Su padre era uno de los nuestros. Mi amigo. Aquellos hombres no merecían terminar así, despanzurrados en una carretera de Irak, tirados muertos como perros.
Entonces es una cuestión de honor.
Me temo que en estos tiempos eso no está muy de moda me encogí de hombros, resignado.
—¿Eres de los que se emocionan con el himno de granaderos? preguntó con una levísima sonrisa despectiva curvándole sus expresivos labios.
Al principio iba a responderle que se fuera al carajo, que no se trataba de himnos ni de juras de banderas, sino de un antiguo y anacrónico sentido de la amistad y del deber. Pero fruncí el ceño, confuso. Era extraño, para una simple putita de un mafioso, saber el nombre original de nuestro himno nacional. ¿Quién era ella? Miré alrededor, el apartamento cuidado, austero y discreto, las cosas recogidas y en orden. Y observé más fijamente, en una revelación, el arma que me encañonaba. Era la USP 9 mm. Pues claro, el arma reglamentaria. Sonreí.
¿Cuánto tiempo llevas detrás de Mauricio?
Ella me miró, desconcertada.
¿Qué coño dices?
Pues claro, por eso Rubén no sabía de ti, cuando te vimos en aquella fiesta del Wellington. Él conocía a Carbonell y los rusos de su etapa en Castellón, pero entonces tú sólo eras una cría. Y porque tu identidad está borrada, es lo que se hace con los encubiertos. Para el mundo, ahora sólo eres Virginia.
Su mirada de sorpresa hizo que aflojara el arma un instante, una pérdida de tensión en la muñeca casi imperceptible pero que yo había aprendido a adivinar en un oponente. Con la palma de la mano izquierda golpeé el lateral de la culata al tiempo que pasaba mi derecha por debajo de su brazo a la altura del codo y se lo retorcía, obligándole a soltar la pistola.
¿Qué pasa, no os enseñan estos trucos en la policía?
La liberé, se incorporó, con el rostro enrojecido por la rabia y me lanzó un puñetazo con gran fuerza. Un buen golpe, un certero crochet clavando los dos nudillos primeros en la mandíbula. Casi me tira. Me llevé la mano al mentón lastimado y sonreí.
¿Has estado entrenando?
Intentó golpearme de nuevo con la otra mano pero le paré el brazo, estirándoselo hacia atrás. Entonces le besé la boca y ella mordió con fuerza mi labio inferior. Protesté y mientras la sangre comenzaba a manar barbilla abajo, ella pasó su mano por detrás de mi nuca, acercó la boca y comenzó a lamer mi labio ensangrentando, recogiendo la sangre con su lengua ardiente, mientras me empujaba contra la pared. Acercó de nuevo su boca a mí y me besó otra vez, esta vez con ansia, profundamente, mientras mis manos se asían a sus caderas. Entonces fui yo el que le eché la cabeza para atrás con brusquedad y la besé en el cuello.
Olía a carne fresca, olía a deseo, olía a hembra. Sentía su perfume muy dentro de la nariz, y la respiración entrecortada muy cerca de mi oreja. Introduje mis dos manos por dentro del pantalón y apreté con fuerza las nalgas, mientras se desbordaban por mis dedos, las nalgas bellas, redondeadas, voluminosas, carnosas, provocativas. Acercó aún más la boca a mi oído, y me dijo en un tono firme.
Quiero que me folles.
La atraje más hacia mí mientras de un movimiento con ambas manos le rompía la camiseta a la altura del pecho, dejando al descubierto aquella masa de carne rebosante de la copa del sujetador. Ella pasó su mano por encima del pantalón, a la altura de mi bragueta, sintiendo el contacto con el bulto, comprobando la erección, luego subió por mi vientre, acariciando el pecho, y su mano tanteó el relieve de la sobaquera con la pistola. Sonrió excitada. A muchas mujeres les ponen los hombres armados, ven una sensación de seguridad y peligro, un macho protector, de la misma manera que hombres se creen más viriles si van cargados, como si el arma fuera un icono fálico, una representación de la supremacía masculina. Muchas mujeres llevan esos pequeños revólveres femeninos que se ajustan a sus delicadas manos y les caben en un bolso diminuto, sin embargo el hombre quiere el gran calibre, el cañón potente, el arma de más potencia, para sentir ese vigor cuando dispara, esa fuerza cuando detona, la confirmación sexual del hegemónico poderío. Saqué el arma y se la pasé por el rostro, haciendo con el cañón un círculo en sus labios, e introduje levemente la punta, que ella humedeció con la lengua y la saliva. Con mi otra mano avancé más debajo de su ombligo, y palpé su cavidad. Estaba húmeda como una marisma. Metí despacio dos dedos, mientras se estremecía de impresión y de placer. Después, con ambas manos, hice descender el pantalón y la ropa interior hasta sus rodillas, mientras me miraba desafiante y provocativa. Le quité el seguro al arma y la amartillé. Sus ojos centelleaban. Entonces puse la pistola entre sus piernas y empujé el cañón hacia el interior de su cuerpo, en un gemido de exhalación, entrando hasta el fondo del peligro.
 
Estaba tumbada en la cama, con la cabeza apoyada plácidamente sobre mi pecho, acariciando despacio el vello del mismo, mientras yo observaba pensativo la luz que entraba por la ventana.
—Mauricio quiere quedar para solucionarlo. Sólo el viejo y tú, y él y Dima. Tengo aquí las coordenadas, Imagino que supuso que vendrías a mí. Es un sitio sin casas, un secarral camino de Chinchón.
Miré las curvas de su cuerpo. Dios, era perfecta. Las facciones de su rostro se movían graciosamente cuando hablabla, arriba y abajo.

—¿Sabes que no saldremos vivos de ese encuentro, no?
Ella se incorporó un poco, apoyando la mano en mi pecho. Sentí el peso sobre él.
—Podría llevar un montón de unidades del CNP, cubriros, darles el alto a ellos incluso, pero entonces se iría al traste mi misión, quedaría todo por los suelos.
—Entonces Chamorro y yo tenemos que morir
—dije— para que tu misión encubierta no se destape.
Ella me miró en silencio, sin decir nada. Sus ojos grandes y expresivos me observaban como dos inmensos focos. Maldita sea, pensé, y es que cualquier hijo de su madre, cualquier hombre sobre la tierra constituido como tal, se dejaría matar por unos ojos así.

No hay comentarios:

Publicar un comentario