jueves, 27 de agosto de 2015

CAPÍTULO VIII

Rubén miraba melancólico las calles ardientes mientras el taxi avanzaba decidido, y le daba por reflexionar sobre sus propios recuerdos de niñez. 'El Catedrático' era así, imprevisible en su desorden mental, tan pronto te salía con alguna anécdota bizarra en mitad de un funeral como disertaba sobre las plantas herbáceas en pleno festín alcohólico.
Pasamos por donde hace años estaba el antiguo cine Ibiza, y eso le sirvió para deleitarnos, al taxista y a mí, con uno de sus pensamientos lanzados a la alta voz: “Aquellos sillones majestuosos, esos programas dobles de los sábados por la noche…todo se ha ido a la mierda, decadencia disfrazada de grandes superficies, los lugares de nuestra infancia han sido demolidos para levantar sucursales bancarias, institutos dermoestéticos, academias de yoga, Starbucks, Mcdonalds…qué horror".
Eran graciosas las salidas de aquel fulano a menudo huidizo al que yo tenía un aprecio brutal. Lo recuerdo algunas veces cuando íbamos destinados a Oviedo, dentro del dispositivo de seguridad de los Premios y de las personalidades de la Casa Real que acudían, y aún lo veo, observando en silencio desde la distancia cuando la muchedumbre de palurdos se ponía en las vallas a la entrada del teatro a vitorear a sus Altezas Reales, y sé perfectamente lo que él pensaba. Palabras como rey, religión, patria, ayudan a crear tu mundo de dignidad cuando estás envalentonado por la juventud, necesitas de esos conceptos para creer en algo, para sentir que hay nobleza en tu trabajo y en el sentido de muchas cosas; pero la elocuencia cruel de los años te va despojando poco a poco de todo eso. Nuestros ojos cansados sólo podían ver poder y dinero desde la cuna a la tumba y un montón de ciudadanos con el fervor y el inexplicable deleite de aplaudir el lujo de sus gobernantes.
Después de que aún le contara al taxista algunas anécdotas del barrio de su infancia, llegamos al lugar donde esperaba la mujer que, según me aseguraba Rubén, era de plena confianza. Me saludó altiva y firme, y luego desplegó sobre la mesa un montón de documentos y fotografías de Virginia. Explicó con detalles y una pulcra profesionalidad quién era ella, el seguimiento que se le había hecho como pareja de Carbonell y de quién sabe cuantos más. Un par de detenciones por estafa, vinculación a algunos negocios del juego y sospechosa de cómplice de asesinato hace siete años. Estaba hermosa hasta en las fotos tomadas clandestinamente. Sentí una punzada en el pecho, un pequeño escalofrío, me estremecí al recordar el tacto de su carne deliciosa y maldije internamente mi suerte perra.
Luego Rubén le dio las gracias a la mujer, y me miró a mí, serio tras las gafas, como diciendo, "ahí lo llevas, chaval". Yo agradecí aquella información, tan bien administrada, y miré de nuevo a la mujer, más detenidamente. Tenía una madurez cansada, con cercos de fatiga que sólo cierta clase de vida imprime entorno a los ojos. Pero a España, y al mundo en general, le hubiera ido mejor si hubiera dado más importancia, si hubiera otorgado más puestos clave, a ese tipo de mujeres, de haber construido un umbral de poder, cultura y sensatez en torno a mujeres activas, resueltas, provocadoras, que pensaban más y mejor que los hombres, que sabían interpretar de forma más coherente y hacer suyas palabras como ética, bondad, paciencia o dignidad.

En el pasado, Chamorro y yo nos entendíamos con la mirada, conociendo la personalidad enrevesada de cada cual, con la interpretación de largas ausencias de conversación. A veces nos limitábamos a esbozar una sonrisa cortés y a beber en silencio, cada uno embutido en sus propios pensamientos.
Más mayor que yo y un mentor, él era el mejor en Operativa y manejando armamento. Un auténtico profesional eficiente, con la experiencia, la destreza y la frialdad necesarias, era además un gran analista de situaciones. Sabía mirar alrededor y hacerse una idea de las opciones, de la manera de proceder. Un baluarte como aliado y una férrea confianza como amigo. Alguien a quien te gustaría tener de tu parte y a tu lado, si las cosas se complican.
Y algunas veces se complicaron. Fuimos hombres de nuestro oficio, y eso implicaba tener el temple a flor de piel y vérselas también fuera del horario laboral, que no terminaba nunca.
Como en un bar destartalado en Prizren, con unos soldados uniformados de la ONU. Muchas veces las apariencias suelen imponerse a la verdad, y es intrigante cómo gente en exceso ruin disimula sus vicios bajo máscaras de respeto, honor o decencia.
Aquellos hombres creían poseer carta blanca por el hecho de ir vestidos de militar. Tenían el beneplácito de la comunidad internacional y toda esa parafernalia, y es que los peores siempre son aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros. Chamorro y yo estábamos de paisano, pero dos días antes habíamos tenido noticia de la violación que habían cometido sobre dos chicas serbias. Y dentro del bar, les reconocimos, a los cuatro. Recuerdo que les provocamos, en una discusión subida de tono pero controlada en todo momento por nosotros, para que salieran afuera, fingiendo un acento extranjero, ante la mirada del hombre discreto que estaba tras la barra.
“Tú a los dos de la derecha”, me dijeron sus ojos cuando ellos salieron al claro de la noche por parejas, y Chamorro se apoyaba en la pared de la entrada, con las manos en los bolsillos. Él les sonrió y les pidió fuego en inglés, y cuando uno se abalanzó, que ya venía caliente de dentro, Chamorro lo frenó con una patada frontal que impactó sobre su vientre, desplazándolo hacia atrás. Cuando los dos que estaban a la expectativa y más cerca mía se volvieron, yo ya tenía el arma sacada, y les apuntaba muy serio. El soldado que había visto más de cerca cómo Chamorro pateaba a su compañero también hizo ademán de sacar el arma, y antes de que pudiera siquiera dirigir la mira, una bala le entró por la mandíbula, saliendo justo a la altura de la parte occipital de la cabeza. Mi amigo había sido rápido. El estallido pareció sorprender a los otros, que miraban a Chamorro y a mí alternativamente.
—¿Os gusta violar campesinas, eh?
Aquellos tipos aguardaban sin entender demasiado, pero los tres finalmente decidieron que no era justo que tuviéramos la superioridad de las armas desenfundadas, así que las guardamos y nos enfrentamos con la igualdad que reclamaban, aunque tres contra dos.
Cuando tiramos sus cuerpos a un margen de carretera cercano, el mando de los Cascos Azules en la zona lo responsabilizó a un ataque realizado por milicias locales del ELK, y abrió una investigación que nunca llevó a nada.

Antes ya de eso, nos profesábamos esa lealtad sólida e inexplicableClaro que aquello, el secreto que nos unió, fue muy distinto al que nos separó, adquiriendo para siempre él una deuda conmigo. Un trabajo para dedicarse silencios y abandonos. Cuando su hija murió en un accidente de tráfico, al estrellarse su coche contra un vehículo conducido por un chaval que venía de fiesta e invadió el otro carril, su padre se dedicó a una búsqueda exhaustiva. Entonces me necesitó.
Hacía un año que habíamos dejado la Agencia tras el desastre de los trenes, y me estaba divorciando. Aun no conocía a Carmen. No sé si lo hubiera hecho de haber estado con ella. Yo sabía que el chaval realmente no era un homicida consciente, y Chamorro en el fondo también. Pero su dolor y su rabia se cruzaban letalmente en ese lugar de nuestra cabeza que da lugar al odio. Para cuando lanzamos el cuerpo al mar, a 400 kilómetros de allí, ya habíamos asimilado que no volveríamos a vernos, a no ser que el destino hiciera que tuviera que reclamarle para alguna tarea de la que sabía no podría negarse.

Habían pasado diez años desde que el viejo veterano diera sepultura a su hija y tratara de aliviar su dolor cobrándose otra vida. Desde entonces, Chamorro habitaba en una casita apartado de todo, viendo los atardeceres tras las colinas y el reflejo del sol en el lago, teniendo cerca su vieja petaca como tabla a la que aferrarse en el mar de la nada, compañera con la que vivía el fracaso de sus últimos días.
Imagino que hay deudas que es mejor no cobrarse, no volver sobre los muertos que la historia deja a medio enterrar, como una certeza que duerme en nuestro patio trasero aunque nunca hablemos de ella. Pero cuando me vio aparecer por su modesto camino de piedras- yo había aparcado un kilómetro atrás, sobre un claro del bosque- me saludó con la cabeza, asintiendo despacio, se sacudió el polvo que tenía en los pantalones y se puso en pie, como si ya estuviera dispuesto.

jueves, 20 de agosto de 2015

CAPÍTULO VII

Habíamos quedado en un bar del centro, en la calle de Hortaleza, donde Carolina ya aguardaba apoyada en la barra, tomando una ginebra de marca. Tenía esa mirada ausente y firme de mujer veterana que congela el gesto de los hombres imprudentes que se le acercan con la sonrisa idiota en el rostro, sin saber que aquella montura les viene grande.
Carolina, que estaban atrapada en un matrimonio que ya no daba más de sí, sentía un profundo desprecio por los machos de bar y copa, los de tomas algo muñeca, un chupito, o qué haces por aquí, nena, tan sola y tal y cual. Aquella muñeca había retorcido las pelotas de más de uno en sus buenos tiempos, y estaba harta de lidiar en un mundo de hombres, en el duro y sordo combate de los Oficiales de Inteligencia. Por eso, cuando algún ligón de noche y revolcón merodeaba esas tierras, ella solía sugerirles, en lo más suave, que fueran a llamar nena a su puñetera madre.
—No sé en qué andas metido, pero alguien quiere encuentro amoroso contigo.
A pesar de que ella perteneció al grupo de cercanos, al círculo de amistades más allá de lo profesional, y que era, igual que Rubén, muy buena en obtener, evaluar e interpretar la información, de la misma manera que Chamorro y yo lo éramos en Operativa y Seguridad, no quería explicarle sobre la desaparición de Sergio, pues también conocía a su padre, y consideraba que implicarla en ello era innecesario, ya que querría intervenir más a fondo si estaba al tanto de que yo andaba detrás del hijo de nuestro compañero muerto. Hay cosas que van de oficio, códigos que uno asume, tan viejos como nuestras memorias, y si Carolina sabía, lo desease o no, iba a involucrarse. Igual que me pasaba a mí, y ahora tenía que lidiar con ello. 

—¿A qué te refieres? —le pregunté, intrigado.
Ella estiró una nota doblada y la arrastró por la barra hasta llegar a mí.
—Esto entró ayer por debajo de la puerta de mi casa. A ver si ahora van a andar jodiendo.
Desdoblé el papel con curiosidad, y pude leer:

Dile a tu jefe que mañana a las 23.30, se encontrará con el chico que anda buscando. Que venga solo, es una cita amistosa. Ya sabemos que sabe usar la pistola.

Y debajo había unas coordenadas, que respondían a un lugar que luego comprobé quedaba al norte, por la zona de La Pedriza, un sitio alejado de la urbe y poco habitado.
Carolina me miró con preocupación.
—¿Andas en algo peligroso?
No le contesté, arrugué la frente y le di un trago a la cerveza que acaba de pedir. Aquello no me gustaba, si los que dejaron esa nota son del entorno de Carbonell y el asalariado al que había despachado, sabían perfectamente dónde vivía yo, y hacerle llegar la nota a ella era así mismo una forma de amenaza, significaba que conocían a Carolina también, que estaban al corriente de que trabajaba para mí y de su domicilio. Donde vivían su marido y sus hijos.
Negué con la cabeza.
—No sé qué es lo que hay, pero a mí que no me metan en esto, no me toques los huevos que no tengo, ¿cómo saben dónde vivo? ¿Y qué clase de gente es?
—No hay nada de qué preocuparse, ya lo voy a solucionar.
—¿Por qué no llevas a Chamorro contigo? Podría de ser de gran ayuda, en caso de problemas, nadie mejor que él.
Observé a Carolina sin decir nada y ella bajó la cabeza, metiendo la nariz en su Ginebra y bebiendo en silencio, para después mirarme, comprendiendo. Sabía muy bien la situación de Chamorro desde hace años, y también todo lo que él y yo habíamos vivido. Cuántas cosas que la gente normal ignora, había tras ese silencio en el bar. Nunca nadie quiere penetrar en los rincones oscuros de la gente poco expresiva. Si alguien se hubiera asomado al balcón de esas miradas, hubiera visto cosas que hubiera preferido no ver. Y es que ambos sabíamos, tras pagar el precio que la lealtad exige, lo que encerraban los silencios y la mirada ausente sobre el tema de Chamorro.

Conduje hasta unos 500 metros del lugar donde indicaban las coordenadas y después continué a pie. Llevaba conmigo una Ithaca 37, y la pistola metida en la sobaquera. La noche era cálida y silenciosa, el bochorno hacía que la camisa se me pegara a la piel, apenas se oía el sonido de los grillos que celebraban la noche estival y algún perro que ladraba a cierta distancia. El lugar era escarpado y lleno de granito, habitual de esa zona de Guadarrama. Llevaba una linterna LED para alumbrarme el camino, y tras comprobar una vez más el GPS de mano, llegué al sitio, apagué la linterna, apoyé la culata de la escopeta en el suelo y esperé.
Al final las cosas importantes de la vida son de una sencillez asombrosa. Todo se limitaba a eso, tener una tarea, buscar o esperar algo, y no rehuir cuando uno es llamado al encuentro. Era la única manera que había. Carolina lo sabía, igual que yo. Había sido citado solo, y solo estaba, aguardando, sin saber realmente la naturaleza del encuentro, la emboscada o el peligro que me tenían reservado. Pero al final toda la existencia es eso, el hombre no es más que un soldado perdido en el territorio hostil de la vida. Toparse de frente con el peligro o ir hacia él simplemente es cuestión de tiempo. Y había estado muchas veces en situaciones que se le parecían, aunque ningún peligro da tanto miedo como cuando estás a punto de perder a alguien, y yo esa sensación ya la conocía.
Se oyó un ruido de ruedas avanzando por la gravilla, y después reconocí la luz de unos focos acercándose. Tomé la escopeta y quedé alerta, en esa dirección, atento a los movimientos del vehículo. Un coche, que me pareció un BMW X5, aunque no podría asegurarlo por la oscuridad que me rodeaba, se detuvo a un centenar de metros de donde yo estaba. Las luces me impedían ver a los ocupantes. De copiloto vislumbré un tipo, una figura grande. Apunté directamente en esa dirección.
El corazón había empezado a latirme más deprisa, en esa subida de adrenalina que precede a la acción, el mismo subidón que siempre aparece antes de comenzar una pelea, de abrir fuego o de subirte a un ring, y que hace que se agudicen los sentidos, que los músculos estén alerta.
Oí abrirse una puerta, y una sombra, vestida con ropas negras y que no pude distinguir, puso pie a tierra con una gran bolsa de deporte en la mano. Hice ruido con el cerrojo asentándose en la recámara para que se escuchara. La figura dio dos pasos con algo de dificultad y dejó la bolsa en el suelo.
Después le vi meterse de nuevo en el coche. El auto arrancó, hizo un semicírculo levantando polvareda y se alejó por donde vino.
Dejé la Ithaca a mis pies y con la pistola en la mano derecha y la linterna en la izquierda caminé hacia el bulto negro. Apuntaba hacia él, era una bolsa de deporte oscura y enorme, y parecía mojada. Al mover la cremallera se me humedecieron los dedos. Terminé de abrirla y con la linterna comprobé el interior. Un olor muy fuerte, nauseabundo, me golpeó en la cara, y la reacción natural hizo llevarme una mano a la nariz. Dentro, rodeado de hielos que se derretían, estaba Sergio, pálido como la muerte que le acompañaba y con un enorme tajo en el cuello, ya reseco, con costras de sangre. Sus ojos sin vida me miraban desde el fondo de la bolsa. 
Por su aspecto y el olor que desprendía supe que llevaba unos cuantos días muerto, el cuerpo doblado sobre sí mismo y empapado por los hielos. Lo habían desenterrado de algún lugar, ya que tenía restos de tierra por la frente y el pecho.
Me incorporé y quedé paralizado viendo al cadáver, como una rabia interior que me atenazaba y me impedía desviar la mirada, alimentando mi furia.
Yo sabía cómo era él, y él sabía qué aspecto tenía yo, y dónde solíamos apoyar la cabeza en la almohada. Así que era cosa hecha. No había que darle muchas vueltas. La próxima vez que me encontrara con Mauricio Carbonell, uno de los dos dejaría este mundo. 

martes, 11 de agosto de 2015

CAPÍTULO VI

La muerte puede ser un final de túnel casi necesario si precede una penosa, larga y fatigosa enfermedad, que desgasta a todos los que están alrededor de la persona que la sufre, como si el veneno del cáncer pudriera también el ambiente cercano, haciendo cansado el trayecto y dejando las reservas emocionales bajo mínimos, en ese viaje a las profundidades de la desolación.
Ya había cumplido los cuarenta cuando Carmen llegó a mi vida, me movía con soltura en ese límite entre la plenitud de la madurez y lo que empieza a marchitarse, y ella era más joven y hermosa que nada que pudiera imaginar, teniendo en cuenta que venía del combate del divorcio, tras años posponiendo el inevitable desenlace, entre viajes y largas ausencias me esperaba en casa una vida provisional, una vida en la sala de espera, con la impresión de estar siempre esperando a que pase algo, a que tu matrimonio mejore, a que ocurra un hecho que te saque de esa apatía, mientras te asusta verte condenado a ser un alma más entre los que componen el triste y sucesivo desfile de seres humanos que avanzan cabizbajos por todas las ciudades del mundo, resignados, y que pasan un instante en su vida bajo la luz de los focos para, a continuación, desvanecerse en la oscuridad.
Carmen no era sólo un ideal (acostumbramos a vestir con virtudes los cuerpos que nos gustan, ese autoengaño que consentimos, para ponerle inteligencia, bondad, generosidad, al ser que deseamos amar, para no sentirnos vulgares solamente queriendo porque sí, por necesidad, o por pura atracción física, sexual, convencional) sino que poseía objetivamente todas las cosas que hacían a un hombre sentirse bien.
El grupo de cercanos acabábamos de salir de la Agencia y Chamorro había perdido a su hija, eran tiempo difíciles y turbios, y ella llegó como esa revelación que nunca sabes si en realidad mereces, la mirada que endulza los anteriores tragos más duros y calienta las noches de invierno donde las cicatrices se rebelan heladas en el cuerpo, y en esa oscuridad vislumbraba el alba de un nuevo futuro.
Y no es fácil estar tan seguro, ya tuve antes otras experiencias en las que querer nunca fue suficiente, porque la existencia no es como esas películas convencionales donde basta la voluntad y el enamoramiento para alcanzar la plenitud conjunta. En la realidad no ocurre así, ni mucho menos, puedes querer locamente a una persona, saber que es la mejor, y, al mismo tiempo, saber que eso no te conviene, no tiene futuro; que el amor no lo consigue todo.
Pero la primera vez que estuve con ella, después de meses de tanteo, fue uno de esos momentos en los que tienes la certeza de que la vida cobra pleno sentido, se vuelve completa, uno de esos momentos en los que puedes morirte y ya está, lo has hecho todo. Había viajado por gran parte del mundo, había querido y amado, también sufrido como un bestia, bebido y follado, teniendo la inmensa suerte de que algunas personas que respetaba y respetaré siempre me hubieran considerado y llamado amigo, había bajado hasta los límites del dolor y también tocado el cielo con los dedos. Y también matado, había matado mucho y no siempre necesariamente.

Ella ni siquiera fumaba, abandonó ese mal hábito siendo una adolescente, antes de perder el control de su propia voluntad y dejar su fuerza bajo el dominio de agentes externos y perniciosos. Puede que las primeras semanas fueran las más duras, antes de aceptar y digerir, y luego fue tomando conciencia del tiempo que aún teníamos juntos, como si a partir de ahí todo fuera de prestado, la prórroga que nos concedían para una despedida honrosa, como si un bufón cruel pusiera el cronómetro en nuestras manos y dijera, "toma, éste es el tiempo que tenéis, haced que merezca la pena, aprovecharlo".
En el hospital tenían habilitada una capilla, y siempre me llamó la atención esa simbiosis entre medicina y superstición, entre ciencia y creencia, como si la vida y la muerte estuvieran pendientes de tu fe y pudieras distraerlos rezando o cantando o tocando la flauta.
Me lo decía Rubén, que aguantó a una novia adepta a ese tipo de rituales durante casi una década. Al final pudo más su vena racionalista e ilustrada y quebró por dentro y por fuera: “Si ves continuamente a una mujer intentando convencerse de algo que sabe que no es cierto, le terminas perdiendo el respeto. Y sin respeto no hay relación que valga, no puedes estar con alguien a quien consideras una pusilánime y una mediocre”.
Una vez pasé por el lugar, por el templo religioso dentro del hospital, pero al echar una ojeada al interior e imaginarme dentro, con aquellas personas silenciosas y de rodillas, me entró el pánico, verme allí hacía sentirme miembro de un rebaño bobalicón, y no quería que la desesperación por la enfermedad de Carmen me hiciera caer tan bajo.
Aquella fuerza que desató, incluso cuando decidimos juntos que abandonara el hospital para pasar los últimos meses en casa, uno cerca del otro, haciendo lo que siempre nos gustó, consiguió de alguna manera que yo mirara dentro de mí para tratar de ser una persona mejor. No creo que lo haya logrado del todo. Nadie que haya llevado la vida que yo llevé y hecho las cosas que hice puede considerarse plenamente una buena persona. Hay memorias que llegan sin invitación para ahuyentar tu sueño, remordimientos, hechos que aún colean y fantasmas que te persiguen en las horas tibias de la madrugada.

Impresiona ver la vida sin futuro, el hilo tan delgado que separa lo vivo de lo muerto. Carmen se apagaba lentamente en mis brazos y sentía que parte de mí abandonaba mi cuerpo para irse también con ella, a ese lugar habitado de tinieblas del que nadie he regresado para dejar testimonio. La marcha de alguien que realmente valoró lo que tenía en su justa e intensa medida siempre es más cruel, no es como cuando liquidas a un hijo de puta o ves a esos gilipollas, esos niñatos que lanzan el coche a toda velocidad para vivir su propia emoción y luego descubren que el impacto es real, y te miran con cara de idiota desde una silla de ruedas, porque lo que se han quedado es parapléjicos y babean y se mean encima y eso no tiene nada de emocionante.
Yo me desesperaba al ver destruirse los últimos cimientos del frágil edificio que había creído levantar.
Finalmente las personas somos egoístas, y tenemos la necesidad de pasar página para nuestro propio beneficio, y vas mitigando el dolor, sabes que vas a curarte con la medicina del tiempo, en vez de aprender con el purgante de la memoria. Guardar de la memoria sólo lo que añoras, el traje que te has hecho a la medida.
Pero para cuando entramos  en el año en que estamos, me encontraba sin más fortuna que mi vieja pistola y sin más futuro que el olvido.

Al salir a la calle vi un coche negro, uno de esos híbridos entre berlina y todoterreno con los cristales tintados, que no pegaba nada en un barrio así, y lo observaba pensando eso mientras apoyaba, con gesto mecánico, la palma en la culata de mi Llama M-82.
Pasé cautelosamente a su lado, caminando por la acera, con los sentidos alerta y mirando alternativamente a los peatones de alrededor, tratando de adivinar un gesto, un rostro sospechoso. La ventanilla del asiento trasero empezó a bajarse, y me hice a un lado dispuesto a desenfundar, esperando tal vez una ráfaga de Heckler & Koch
o un escopetazo a bocajarro. Cuando el cristal terminó de descender, pude ver el rostro pulcro y bien afeitado de Mauricio Carbonell, que sonreía ampliamente, mostrando los dientes incisivos y la mirada clavada en mí.

miércoles, 5 de agosto de 2015

CAPÍTULO V

Se llamaba Virginia. Curioso nombre, que evoca la virginidad, para alguien que era puro sexo, que su piel desprendía el olor y la llamada a ese acto ancestral, al deseo irrefrenable que lleva a los hombres a perder la cabeza, a jugarse el todo y la vida por satisfacer las ansias que se desbordan, más allá de la carnalidad y del entendimiento, como una fuerza irracional que les empuja hacia las puertas mismas del paraíso donde ahogarán sus anhelos.
Pasé la noche siguiente buscando la relativa y fugaz analgesia del whisky escocés, mientras lloraba desconsolado e intentaba masturbarme acordándome de la mariposa que llevaba tatuada en la parte baja de la espalda y de ese cuerpo que he tenido, robar ahora miserablemente ese cuerpo rotundo, usarlo sin consentimiento de la propietaria; pero no lo conseguía, como si la culpa fuera más grande. Había sido víctima consciente de un mero embrujo que podía costarme la vida, y sentía (no se trataba de prejuicios religiosos, creo que después de la muerte sólo hallamos una inmensa nada) que había enturbiado el recuerdo de Carmen, entregándome a una mujer que jamás estaría a su altura, a una víbora sensual y calculadora, sin las calideces, la visión humana y la ternura que Carmen tenía, nuestra intimidad y compromiso.
Así nos siguen influenciando los muertos a los que aún seguimos vivos, la presencia invisible de un recuerdo opaco, la culpa y la vergüenza que anida por dentro, la sensación de fallar a personas que ya no existen pero que viven en algún lugar de nuestra memoria más intensa.
Y cuando la borrachera se reduce vuelve el deseo de verla, de verla desnuda, de tocarla, de meter los dedos en sus labios entreabiertos, y cargo un poco más la copa para que me ensucie la culpa, las trampas de la memoria, y así siento asco, como si la saliva y el semen hubieran chorreado y me hubiera pringado las manos, me hubiera manchado no con una mancha pasajera que se lava con jabón, con detergente, sino con una mancha íntima. Pienso: la culpa mancha.

Y seguía sin tener ni idea de dónde estaba Sergio. Ese crío, ese maldito cretino.
Uno tiene que serle fiel a pocas cosas en la vida, sin las cuales no eres más que un pobre diablo, una persona sin valores, un mequetrefe que vive al viento que más sople, dejándose mecer por la corriente insignificante que va dirigiendo una existencia insulsa. La amistad que yo profesaba al padre de Sergio me responsabilizaba tácitamente con su hijo. La amistad como solidez innegociable. Compartimos demasiados momentos y silencios en Kosovo y Bosnia, donde él destacaba en operaciones especiales y paracaidismo, antes de que pasara a contraterrorismo. Él, Chamorro, Rubén. Aquella lealtad entre nosotros forjada en el respeto mutuo y la admiración, en visiones de la vida similares, de haber contemplado y hecho demasiadas cosas, de haber estado en lugares poco agradables donde no caben los discursos complacientes, y con personas que no invitarías a la fiesta de cumpleaños de tu hija pequeña.
Cuando aún éramos relativamente jóvenes creíamos en grandes palabras, en principios, en banderas que merecían ser defendidas. Luego llegó el desencanto, la revelación: estábamos siendo, como tantos a lo largo de los siglos, únicamente carne de cañón de hombres que no creían en nada, que se sentaban en sus despachos a tratar de forrarse y enviando a otros a que se jugaran el pellejo por ellos, mandando a jóvenes idealistas que creen en lo que hacen, mientras aquí los que tenían siempre la palabra España en la boca usaban las banderas para limpiarse el culo. La gente que nutrió e hizo medrar a tipos como Mauricio Carbonell, que se confraternizaba con ellos, las larvas que engordan en las pequeñas charcas de la corrupción. Seguro que Mauricio también se considera un patriota, y que lo sigue siendo aunque la pasta le chorree de los bolsillos. Billetes manchados de cemento. Contentando a los bobos incapaces de ver de dónde provienen las miserias nacionales, y son esos los que deciden y después nos vienen con eso de que “el pueblo ha hablado” o “el pueblo es sabio”, cuando a veces fiarse de los muchos es fiarse de los peores.
Llevan cientos de años contándole a la gente el cuento de la buena pipa, la patria, la nación, los símbolos, la bandera… sólo para mantener el poder, para llenar los bolsillos y pisar al de abajo, ser la élite en la cúspide donde política y crimen van de la mano; para evadir impuestos y brindar como gordas focas mientras son otros los que en los lugares más miserables del mundo se dejan el pellejo por ellos, o en las calles de aquí se parten la cara con manifestantes enfurecidos, funcionarios de sueldo denigrante a los que les dan un casco, un escudo y una porra y los mandan a retener los resultados de sus abusos en la economía y de su avaricia, para seguir manteniendo el índice tal y cual de la Bolsa, para que nadie de los poderosos en la sombra se asuste si baja el gráfico del Ibex 35.
Pero meten a todos los ciudadanos en el saco, en la idea de la nación, y así un currito con problemas de cojones para llegar a fin de mes se siente también parte de algo, y  convertir a hombres distintos, dolientes e irremplazables, en masa de un ente metafísico, de algo que no se puede ver ni discernir pero por lo que piden sacrifiques parte de lo mejor de ti.

El padre de Sergio era duro como la roca contra la que baten las mareas, y sólo se pliegan con el pasar de los milenios. Murió en la emboscada de Latifiya aquel día de noviembre junto con otros seis compañeros. Viajaban sin escolta, blindaje ni armas largas. Y resistieron como gatos panza arriba hasta vender bien caras sus vidas, contra disparos de 
Kalashnikov y los lanzagranadas RPG, y fueron cayendo uno a uno, agotando sus cargadores.  Murieron como habrían deseado, arma en mano y luchando hasta el último suspiro, sobrepasados por la superioridad numérica y de armamento de sus atacantes.
Sergio entonces apenas tenía 13 años, una edad difícil para quedarse sin padre. No lo supo encajar bien. A veces buscamos culpables de lo que seguramente no es más que nuestro propio miedo y desconcierto. Lo pagaba con su madre y se refugiaba en las drogas blandas. Había descubierto la fragilidad de la vida y no quiso aceptarla.
Yo supe siempre cómo funcionaba aquello, el peligro y la letra pequeña; todos habíamos asumido que podía salir nuestro número alguna vez, afrontábamos el riesgo, y al regresar de alguna misión y ver a los compañeros serenos y sonrientes, volvíamos a reconciliarnos con nosotros mismos, con la vida que habíamos elegido; y entendíamos que la muerte era una variante más en nuestra labor, una carta posible, una opción a tener en mente.
El chico creció y se dio cuenta que gustaba a las mujeres, que era guapo a pesar de su rostro aniñado. Le sacaba provecho para saciar sus ansiedades. Noche tras noche, abandonado a esa espiral de alcohol y relaciones, donde el físico es sólo un intercambio de espejismos que facilita el intercambio de líquidos. Un lubricante. Y fascinaba a sus inocentes víctimas, algunas de las cuales incluso cometían la insensatez de enamorarse. Embaucador profesional y sin escrúpulos.
Unas asumían de buena gana pasarlo de puta madre durante una breve temporada con el joven atractivo antes de volver a sus vidas respetables, atrapadas en esas existencias, como personajes de El ángel exterminador; otras chicas no aceptaban del todo bien que luego se olvidara de ellas como se olvida un cigarrillo a medio fumar en un cenicero, consumiéndose sin que nadie le haga caso; y se metió en más de un lío por seducir a mujeres casadas, comprometidas, a la pareja de algún fulano con malas pulgas que luego lo buscaba con todas las ganas de hacerle un siete.
Entonces me llamaba a mí. “Estoy en problemas, tío, échame una mano”. “Préstame 500 euros, que María necesita abortar”. Y yo me tuve que encargar de algún ricachón envalentonado en cuyo estupendo chalet Sergio se había colado, aprovechando su ausencia, para suplir las carencias afectivas de la señora de la casa. Llegué justo a tiempo cuando el tipo le tenía cogido por el pescuezo, escoltado por dos matones de poca monta, y tuve que hacer que los tres volvieran para casa con contusiones y heridas considerables.
Luego un día Sergio desapareció, y yo debo encontrarle por la lealtad que aún le debo a su padre, por la amistad que le tuve en vida y el respeto que aún le profeso tras su muerte.