jueves, 24 de septiembre de 2015

CAPÍTULO XI




Me habían golpeado en la cabeza con una porra de caucho, dura como el demonio, y estaba tendido con la boca lamiendo el suelo de mi apartamento, mientras permanecía en una especie de ensoñación, en un extraño trance, en el que los recuerdos, las visiones y el mareo se mezclan en un cerebro hecho puré, igual que un boxeador que recibe un crochet en la sien, y se le nubla la visión y se le aparecen los seres queridos muertos; cuando se toca alguna extraña tecla del cerebro aún desconocida e imaginas y ves cosas, en la fotografía de la memoria una estampa de la niñez.
Me vi con Carmen, en nuestra casa, mientras ella regaba las plantas de la terraza, y yo la observaba sin decir nada hasta que se percataba de mi presencia y sonreía, y entonces el sol le daba en el rostro y la luz reflectante iluminaba aquella sonrisa, y me quedaba así, en el marco de la puerta, mirándola, sintiendo la placidez de su tranquilidad, el sosiego a la hora de hacer las tareas y de encarar la vida, cuando todo el mundo parecía tener una exagerada prisa por firmar el futuro, y era esa impaciencia la que con frecuencia impedía que el futuro llegase por sus propios pasos, por un cauce natural. Entonces no imaginaba que la enfermedad iba a imponerse en esos pasos, que cuando las cartas del destino salen torcidas uno ya no debe preocuparse del futuro ni preocuparse de nada.
Había conocido muchas mujeres en mi vida, de todo pelaje y condición, y ninguna era como Carmen, que no buscaba en mí el consuelo del refugio sino que tenía sus propias armas, intrínseca individualidad, y no hacía preguntas estúpidas sobre mi pasado y sobre el trabajo, no tenía el morbo implícito en los interrogantes que otras formulaban, para saber si había “usado mi arma” o si había tenía que torturar a alguien, si había presenciado interrogatorios duros, o estado en sórdidas casas de putas de países del norte de África.
Carmen entendía mis silencios y agradecía con un asentimiento o una sonrisa las veces que yo le confiaba algo, le hacía alguna revelación, suministrada con cuentagotas, bien administradas por mí, no porque temiera abrirme con ella, sino porque hay aspectos en la vida de un hombre que son mejor guardarse para sí, incómodos de tratar, de verbalizarlos, y sólo aparecen en el recuerdo a traición y por la noche, como un asaltante de madrugada que te hace una inesperada visita.
Tampoco le iba a decir a Carmen de la vez que Chamorro le rajó el cuello a un antiguo matarife marroquí y lo colgó boca abajo de un poste, dejando que se ahogara con su propia sangre, y luego se fumó un cigarro de hachís y nos fuimos a tomar un tajine.
A ella le bastaba con la seguridad del presente, y siendo como era, mujer liberal y culta, no se excitaba de manera indistinta con cualquier cuerpo que cumpliera las expectativas que él alimentaba: soporte económico.
Con los ojos medio velados, podía ver la escena, ella regando y yo apoyado en el marco de la puerta, y conversando, me era posible hasta escucharla, y eso que dicen que de lo primero que se olvida uno es de las voces; pero yo podía oír el tono dulce, esa cadencia melosa al hablar, y reconocer perfectamente sus rasgos, la mirada confiada y serena, y no me echaba en cara que no supiera tanto como ella, que no tuviera su sensibilidad para la pintura, para la literatura, para el cine; ir al Prado y cansarme a los veinte minutos, y aguantar impaciente mientras ella se quedaba petrificada ante un cuadro, podía estar así un cuarto de hora, como si analizara cada trazo, y yo observaba aquello y sólo veía manchones y colores, “¿qué es lo que estás mirando tanto?”, y me hablaba de la forma, de la dimensión, del cromado, “¿No ves que es un Velázquez?” Y se reía divertida, y me cogía del brazo, cariñosa. No como el estomagante de Rubén, que una vez, hablando de Carolina y sus problemas con el tipo con el que compartía hijos, dijo muy solemne, “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”, y cuando yo afirmé que seguramente sí, que tenía razón, añadió: Ana Karenina, y al preguntarle si era alguna amiga suya, me llamó burro, y zote, levantando la voz, y cómo podía no conocer a Tolstoi, y que si la novela universal y no sé qué hostias más, todo ello con esos ojillos de miope encolerizados tras las gafas.
Supongo que para Carmen yo era culto a mi manera, y nos entendíamos bastante bien, solíamos viajar mucho y visitar sitios donde yo no hubiera estado antes, donde no tuviera recuerdos que esconder o alegres momentos, ya que hay también algo de perverso en regresar a los lugares donde uno fue feliz, aunque sea al fondo de una botella de vino compartida con amigos.
Y con una mujer que te quiere, importa poco los libros que hayas leído en el momento que estás encima de ella y le dices, “abre más la piernas, amor”, despacito en el oído, o “voy a hacértelo muy bien hoy, sin prisas”, y luego cambias la intensidad, sólo por saber lo que es la brutalidad del sexo sin razón, el límite con el bestialismo; y más tarde ya podría de nuevo volver a sentirme cansado pero bien con ella mientras miraba los cuadros, sentir por una vez inteligencia y sensibilidad frente a una masa ciega exterior, ajena; frente a la intolerancia y la violencia del mundo que yo había conocido.

Me habían atizado en la parte posterior del cráneo y permanecía en ese estado de semiinconsciencia, mientras veía unos zapatos negros delante de mí y unas voces que hablaban en algún idioma del este, puede que ruso. Eran al menos dos, y me preguntaba dónde estaba Chamorro, cuánto iba a tardar en llegar. Subí yo primero a mi piso, como de costumbre, y él vendría después, tal como hacíamos siempre. Pero me había olvidado de comprobar la puerta, y no vi que estaba en el suelo el papelito que ponía entre ésta y el umbral, para saber de intrusos indeseables, y según abrí y avancé dos pasos, recibí el golpe en la cabeza. Y además de las visiones con Carmen, por mi mente pasó el pensamiento de que allí mismo iba a morir, de que en cuestión de segundos iban a pegarme un tiro y dejarme allí tieso, de la forma más triste, morir sin haber tenido la posibilidad de presentar batalla, golpeado a traición como un perro en mi propia casa, morir sin haber tenido siquiera una oportunidad de hacerlo como un hombre, arma en mano y peleando.
Las voces (ahora sí me parecían claramente rusas) hablaban en un tono moderado, y se vieron interrumpidas por un estruendo, el sonido inconfundible de un disparo, y los pies que tenía a la altura de mis ojos perdieron su firmeza, trastabillaron y se sustituyeron por un torso inerte. Oí un forcejeo después, un arma que golpea contra la pared, y rugidos e insultos en ruso y castellano. Quería levantarme, pero estaba imposibilitado, como saliendo de una brutal borrachera. Hice un esfuerzo por recobrar la lucidez, me fui incorporando despacio, primero los brazos, las piernas aún tumbadas sobre la alfombra, mientras continuaban los sonidos de pelea, y sentí, más que ver, cómo Chamorro, que estaba enganchado con un tipo alto y moreno que sangraba por la nariz, con la mano derecha agarraba el jarrón de vidrio barato que estaba encima de la mesa de la entrada y, asiéndolo por la copa, lo rompía contra la pared, quedándose con un trozo puntiagudo en la mano. El ruso le trataba de meter los dedos en los ojos cuando Chamorro hundió con fuerza el trozo de cristal justo debajo de la mandíbula, oí el característico sonido de la carne al romperse mientras se introducía el trozo de vidrio en el cuello. Un chorro me saltó a la cara, como un surtidor que revienta, y la textura cálida de la sangre me hizo recobrar un poco más el sentido. El tipo se vino abajo al lado mío, y quedó sentado, con el culo pegado al suelo y la espalda erguida, mientras del hueco de su cuello manaba sangre periódicamente.
Chamorro me ayudó a levantarme, y la cabeza me dolía como la peor de las resacas, parecía que me hubiera pasado por encima un caballo de montar, con todas sus herraduras. Miré al matón que estaba sentado.
Me va a dejar el suelo hecho un asco.
Deja al cerdo que se desangre, te pago yo después una limpiadora.
Chamorro me palpaba el pecho y el vientre, como comprobando que seguía de una pieza. Ya había visto antes a alguien desangrarse, y el resultado no es en absoluto agradable. Eché mano a la pistola de la sobaquera y le disparé un tiro a la altura del corazón. Cayó desplomado hacia atrás, pegado adonde estaba su compañero, con un tiro en la sien.
Te costó deshacerte de él le dije a Chamorro, tratando de hacer un comentario que rebajara la tensión del lance.
Se me echó encima, el cabrón era recio, se defendía bien en la distancia corta. ¿Y tú? No me jodas, ¿cómo te dejaste sorprender?
Entré sin comprobar la puerta.
Chamorro me miró, indignado, más por el mal trago que había tenido en el forcejo que por lo que me podía haber pasado a mí.
¿Qué coño tienes en la cabeza?
Ahora mismo un dolor terrible.
Avancé unos pasos por la zona de la entrada, tratando de recobrar la estabilidad, y señalé los dos cuerpos tirados, el bulto en sus pantalones.
Lo que no entiendo es por qué no me mataron según entré.
El viejo Chamorro dio la cabeza.
Esta gente te tortura. Te atrapan vivo y luego te torturan. Seguramente querían llevarte frente a Carbonell. Hacértelas pagar bien, que pases un rato de puta pena antes de darte matarile.
Hubo un silencio incómodo, ambos sabíamos lo que eso significaba. No éramos del todo ajenos a los interrogatorios no siempre amistosos. Después de un instante, rompí nuestros pensamientos.
Te digo una cosa. A mí éstos no me cogerán vivo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

CAPÍTULO X


“Para mí, escribir es otra forma más de combatir”.
Lo había dicho Rubén, que se subía  las gafas de la punta de la nariz con el dedo índice. “Estar a la intemperie de la literatura como un animal sin piel”. Chamorro lo miraba en silencio, dando sorbos a su vaso, más absorto en sus propios pensamientos que en los desvaríos de El Catedrático, y yo rebatía con él.
Siempre era difícil de entender, pues tenía afirmaciones rotundas como que si no has leído tal o cual libro no podías considerarte una persona de este siglo, o que era escandaloso ir por la vida sin conocer a tal autor, y luego nos miraba como si fuésemos seres del pleistoceno, ciudadanos prosaicos apegados a la insulsa vida mundana.
Pero no podía ser verdad, la literatura no es un combate, imagino que quien escribe puede matar o resucitar personajes a su antojo, hace de sus criaturas seres incorpóreos pero con sus dificultades, sufrimientos, desesperaciones; capaces de soñar y de amar, pero el guión de la vida exigía riesgos, uno muere de verdad y no en diferido ni en la ficción, entonces sólo queda la pena del que se queda, que vive la desolación del ausente.
Y cuando te joden, te duele en carne propia, igual que dañan los golpes en el hígado, cuando crees que te han reventado por dentro, se te pincha el costado y tienes que poner cuerpo al suelo, tratando de respirar, pensando que en los siguientes días vas a mear sangre. No creo que un libro pueda dejarte sin aliento así.
Pero el que escribe es Rubén, que intenta hacernos partícipes de su pasión, aunque nos conoce y sabe que somos más hombres de hablar con las manos que con las teclas.
La literatura no nos va a salvar, eso es lo que le explico, ni mitiga la parte animal nuestra. No creo que pudiera hacer nada por Carolina y su matrimonio, nada pueden hacer por ti un puñado de escritores que llevan años criando malvas cuando pasas de la vida que discurre tranquila, marital, dejando que el tiempo cumpliera sus ciclos, a la sensación de que ha empezado a acabarse el tiempo en que uno dominaba el mundo porque dominaba cuanto ocurría entre las cuatro paredes de su casa. Cuando pierdes pie, y dejas poco a poco de tener ese control, es cuando la vida se desliza libre por la ladera peligrosa, por la pendiente de la que ya nunca más recuperas, y hacia abajo sólo hay oscuridad y miedo, impotencia y desazón.
Rubén decía que sí, que las respuestas a muchas cosas que desconocemos, incluso a la soledad, están en los libros y en el conocimiento. Imagino que, con demasiada frecuencia, esa aguza percepción de artista tendía a exagerar las cosas, a sacarlas de quicio.
Yo qué sé, a lo mejor escribir es como esas vendas que envuelven a una momia y le dan forma, y que si se deslían descubren que dentro sólo hay polvo, pura apariencia, una pura apariencia sin embargo necesaria. Puede que los que se dedican a eso encuentran un bálsamo para hacer más llevaderas sus existencias, el envoltorio necesario de una mentira.
¿Pero acaso algún libro me iba a quitar esas ganas que me asaltaban de desnudar a Virginia a toda prisa y follarla tumbándola con la cara pegada a la alfombra, o con las manos cogidas del lavabo, o de la taza del váter? Tampoco me iba a ayudar en recordarla, ya que cerraba los ojos y no conseguía ver la nariz, la cara, verla entera, desnuda, mirándola; la imaginación jugaba conmigo y no conseguía ver los rasgos de Virginia, la piel que a la mañana siguiente exhibía las huellas de la yema de mis dedos, de mis labios, de mis dientes. Los pechos morenos asomando por encima del escote cuando se agachaba a coger algo; vista desde atrás, las pantorrillas sólidas, duras, como de mantequilla recién sacada de la nevera. Y sólo pensando en eso ya tuve ganas en ese instante de morderle el cuello, de hundir la cabeza en las tetas de ella, de tenerla de nuevo aunque luego amanecería con un balazo en la cabeza, aunque fuera mi pasaporte al limbo o al infierno, vender mi alma por un pedazo del cielo de su piel.

—Tenéis que iros —dijo Rubén, mirando alternativamente a Chamorro y a mí —, largaros de aquí cuanto antes. A ser posible lejos.
Chamorro carraspeó la garganta y negó con la cabeza.
—No nos vamos a ninguna parte.
El Catedrático abrió más los ojos y me miró a mí, como buscando explicaciones, como si yo fuera responsable por los dos. Le mantuve la vista sin decir nada, dando por bueno el comentario de mi compañero.
—Os habéis cargado a dos de los suyos, Carbonell no se va a quedar parado sin más. Dos, bajados a balazos. Lo mejor es desaparecer una temporada. Ese tipo es peligroso, tiene contactos de alto nivel político, ¡tiene a la puta mafia Rusa en el bolsillo, por dios bendito!
Chamorro se movió incómodo en la silla, parecía que de un momento a otro iba a agarrar a Rubén por el cuello de la camisa.
—Cuando uno se mete en una cosa de éstas es hasta el final. Y no abandona. Si no eres peor que un animal. No nos iremos a ninguna parte.
Lo que dijo Chamorro me sonaba de algo que habíamos visto en una película, en los largos tiempos muertos cuando estábamos en el extranjero, de viaje por el mundo al servicio de la seguridad nacional, o eso nos decían.
Rubén daba la cabeza, resignado. En momento como ése es cuando agradeces contar contigo con alguien como Chamorro, tenerlo de tu parte, carne con carne. Intenté ser lo más claro posible, ya que si Rubén seguía insistiendo, temía que Chamorro le retorciera el pescuezo, aunque después de la mirada que le regaló, El Catedrático había bajado los ojos y empezaba a aceptar que tenía poco más que rascar ahí, poseía esa agudeza para detectar el peligro y escapar de él que con frecuencia caracteriza a quienes llegan a un nivel intelectual provenientes de las clases inferiores, y llevan bastante mal que alguien a quienes consideran de un nivel por debajo, les ponga la mano encima.
—Vamos a matar a Mauricio Carbonell —le dije, sin hacer hincapié ni énfasis en el verbo ‘matar’.
Rubén ya se dirigía a mí.
—Esto no es como cuando estabais en activo, que teníamos el respaldo de la Agencia y los recursos que nos ponía el Gobierno, con toda una infraestructura y un equipo detrás. Si hacéis esto estáis solos, lo haréis por vuestra cuenta. Y sabéis tan bien como yo que muchos de los millonarios rusos afincados en España tras la caída del telón de acero no sólo venían a invertir en sol y playa. Recordad las jodidas operaciones Avispa y Troika. Carbonell ha cogido fielmente los restos que quedaron de aquello.
—Me hago cargo —le puntialicé mientras me levantaba.
Chamorro terminó su copa y se retiró mientras le dedicaba una mirada a Rubén, sonriendo.
—Tranquilo gafitas, no te vamos a pedir que vengas con nosotros.
Rubén pareció ruborizarse, y apretó los labios mientras enrojecía, tal vez brotando algo de íntimo orgullo herido.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

CAPÍTULO IX

Chamorro bebía despacio un vaso de Cardhu con hielo, sentados en unas de las jaimas de la terraza del Sheraton Mirasierra, que era adonde la mujer que tenía Rubén de contacto nos había mandando, revelando que allí estaría Virginia, cenando con un conocido político.
Imagino que antes de reunirse con Carbonell, él envía a su chica, o su puta, o tal vez el propio político la había pedido explícitamente, favores para cerrar negocios, mercancía como moneda de cambio, tratos que se llevan a cabo si hay alcohol y hembras hermosas, si hay dinero y si uno es agasajado con una buena cena en un sitio exclusivo. Luego nunca pagan la cuenta, los maîtres les hacen la pelota, los conocen, los miman.
La noche tenía una temperatura agradable, y miraba el agua parada del estanque de la terraza del hotel. Mi amigo tenía en los ojos el reflejo de ese agua, y hablaba despacio sobre incursiones y recuerdos, algunos de los cuales yo conocía y otros sonaban lejanos y melancólicos, casi como una alegoría del tiempo, esos relatos que no deja clara la frontera entre lo vivido y lo soñado.
Y cómo los años lo habían macerado, hecho más resignado y desengañado, personas que no aceptan entre quienes consideren sus amigos a alguien que no admita fisura alguna en sus convicciones. Nosotros, que habíamos peleado y matado por verdades absolutas, por grandes ideas y por órdenes incuestionables cumplidas con implacable profesionalidad, estábamos en ese invierno de la vida en que uno pone el acento en todas sus dudas, empieza a replantearse casi todas las certezas, y no encuentra más consuelo que en sus dos o tres principios vitales indiscutibles, aquellos por los que, llegado el caso en que se requiriera, valdría la pena morir. Asumiendo que el destino pueda conceder a cada cual su propia muerte. Verla como una coronación o remate a la vida activa y no desenlace de la prolongación mecánica de las funciones vegetativas, apagándose lentamente en una cama, rodeado de familiares gilipollas.
Mientras en la entrega al alcohol se va disolviendo progresivamente la voluntad, también se abre camino para ventilar el ambiente enrarecido del caos, y los pensamientos parecen ir colocándose de forma ordenada, dejando sólo lo importante en la superficie, y anclando las tristezas y el bloqueo en la parte más profunda del vaso.
Por eso bebíamos hablando poco y con largos silencios, igual que hace años, aunque hiciera más de diez que no nos veíamos, todo seguía como siempre, aunque tenía una hija fallecida en la memoria y otro cadáver de más, de esos que ya uno no tolera con la misma naturalidad, no forman parte del oficio ni de la guerra, responde a un cruel e implacable deseo de venganza, un deseo atávico que nos retrotrae al origen del hombre y la proyección de los instintos primarios; y aún así, contaba de su vida aislado del mundo, de los años de soledad y petacas de whisky, y no había ningún dramatismo en la expresión de su mirada, era como exponer una evidencia, una resignación asumida.
Observaba a Virginia, que, lamenté, aún imprimía en mí esa capacidad de fascinación, una joya de inquietante belleza, cuyo cuerpo compacto y sexual seguía torturando mi imaginación. Cenaban sushi con una botella de vino tinto, y no se había percatado de mi presencia, discretamente bebiendo con mi compañero, en la tranquila terraza.
Chamorro indicó con un gesto de la cabeza.
—¿Quieres matarla?
No era una pregunta con violencia, ni ostentosa o bravucona, fue dicha con una tranquila normalidad, casi con desgana. Propio del carácter de quien había vivido mucho para andarse con faroles. Miré sus manos callosas y ya algo arrugadas, típicas de un hombre que había cumplido los sesenta, y me pregunté cómo había mermado en él el peso de los estragos del tiempo, si aquellos nudillos duros como piedras aún golpeaban tan fuerte como yo conocía, capaz de quebrar huesos del rostro o costillas con sus golpes certeros y secos, su habilidad para todo tipo de combate y manejo de armas, la lealtad y el cariño que profesaba a sus compañeros.
Observé de nuevo en la distancia el pelo negro de ella, cuyo tono a juego con el traje del político era casi un insulto, pensé en Carbonell y en Sergio metido entre hielos, en las misiones internacionales y en la protección de la Casa Real, en las bombas en los trenes de Atocha y el servicio de inteligencia marroquí, en el chico que desapareció en el mar dentro de una bolsa con peso después de estrellarse contra una joven inocente, en la construcción que destruía la costa de lo que queda del mediterráneo, en nosotros matando a los soldados de la ONU en Kosovo, y me pareció que eran hilos de una misma red, aquella que nos apresaba a todos.
No éramos mejores que ellos, pero fuimos hijos de nuestro tiempo y de nuestro trabajo, y algunos como Chamorro, purgaban sus pecados con exilio, desesperación silenciosa y alcoholismo; y ellos no: la mafia, la política, concepciones de una misma madre, mismo útero procreador, caciques de una España que ya no es la nuestra (o tal vez nunca lo fue), gobiernan sobre ciudadanos míseros y sumisos desde la tarima labrada por montañas de dinero, ladrillo, sexo y corrupción. Algo que hemos permitido, consintiendo aquella suciedad que nos marcaba como cómplices por pasividad; un pecado colectivo del que nadie iba a poder nunca lavarse.
—No es a ella a quien quiero muerta —le dije mientras bajaba la cabeza sobre mi vaso.
Chamorro carraspeó y miró hacia el agua que nos rodeaba, donde centelleaban las luces de la noche.
—Pues es una desventaja —observaba ahora su vaso, moviendo los hielos —porque no creo que ella dudara en matarte a ti.
Encajé sus palabras, imaginando que tal vez Virginia me dispararía si tuviera la ocasión, o me haría matar, daría la orden a alguno de los perros de Mauricio para que acabara en una bolsa de deporte, suponiendo que les resultara fácil. Desde el momento en que nos vimos, ella detrás de la barra, estaba claro que íbamos a hacernos daño el uno al otro.
Chamorro me analizaba ahora, como comprobando el efecto de sus palabras. Aquellos ojos adormecidos por el alcohol recobraban una insospechada vitalidad.
Eran extraños, pensé una vez más, los mecanismos que movían el pensamiento de las mujeres. Qué podría tener ella en la cabeza y en el corazón. Yo me engañaba creyendo que si descubría los mecanismos que impulsaban la extraña conducta de Virginia, acabaría entendiendo el funcionamiento de aquel mundo femenino que me torturaba.
—Vamos a dormir —invitaba a Chamorro a terminarse su copa —y mañana iremos al antro de mierda en el que estuvo Sergio por última vez.

Estuvimos en la puerta con las primeras luces grises de la mañana que mojaban de tristeza una calle llena de latas de cerveza y restos de comida. El centro de Madrid se convierte en un vertedero las noches de fin de semana, con orines, botellas y cajas de hamburguesas tiradas en cualquier sitio, esperando que los afanados trabajadores de la limpieza vuelvan a dejar las calles impolutas y presentables para el turismo y la mediana burguesía que allí vive.
Mirábamos el local en la distancia, apoyados en la pared a medio centenar de metros; y cuando el último cliente se fue, trastabillando, y se puso a vomitar en un portal adyacente, un hombrecillo de bigote salió y bajó la persiana hasta la mitad.
Al entrar, mi subconsciente me hizo desear ver a Virginia tras la barra, a pesar de que sabía que esa noche no había trabajado, que estuvo cenando en el Sheraton hasta tarde, y quién sabe si después se fue a alguna suite reservada en el hotel, a abrirse de piernas en pos del pragmatismo.
Y era el fulano menudo del bigote ridículo, parecido al de Charlot, el que secaba vasos detrás de la barra. Sentado en una silla, dormitando, estaba mi amigo grandullón, el de la cara agradable. Parecía que Carbonell le había dado plaza fija en ese local inmundo.
El camarero nos observó fijamente, y enseguida intuyó que no éramos clientes en busca de una última copa a la desesperada, porque con la vista buscó al gorila, que abrió los ojos y pareció salir de una incómoda duermevela.
—Fíjate —le dije a Chamorro, que estudiaba al ceporro con detenimiento—, qué hermosura.
Chamorro dio dos pasos hacia adelante, estando ya en el pasillo estrecho que formaba el lugar, y sonrío.
—Te voy a dejar como nuevo, amigo.
Había sonado sin jactancia ni amenaza: sólo como algo evidente, inevitable. La mole pareció reaccionar tarde, pero al echar un vistazo al camarero y mirarme a mí, se levantó apresurado.
El grandullón avanzó con gesto contrariado, y Chamorro le lanzó una patada a la espinilla, con el interior del pie, partiéndole el peroné. Sonó un crujido, como una rama al quebrarse, y se dobló sobre sí mismo hacia adelante, llevando una rodilla al suelo y quejándose. Chamorro le tomó con ambas manos por la nuca, como si fuera a abrazarle, y le propinó un violento rodillazo en la cara, que le hizo caer completamente al suelo, quedando tendido boca arriba. Yo puse una rodilla sobre su pecho y otra en su cuello, inmovilizándole, mientras le dejaba el cañón de la pistola a unos centímetros de su  cara.
—Soy el espíritu de las navidades pasadas. Empieza hablar o te juro que hoy es el último día que vives.
Chamorro dio un paso hacia la barra, vigilando al otro tío, aunque éste permaneció quieto, como petrificado, sin decir nada.
Debajo de mí el tipo se quejaba sonoramente. Con la pierna rota y la cara empezando a hincharse no era para menos. Le apoyé el cañón en un ojo.
—El chaval que estuvo aquí, el que me devolvisteis metido en hielos y con un tajo en la garganta. ¿Por qué?
Él se removió un poco incómodo, y abrió la bocaza.
—No sé nada. Sé que anduvo liado un tiempo con Virginia, y Mauricio lo hizo desaparecer.
—¿Lo hizo desaparecer? ¿Quién lo hizo, fuiste tú?
—¡No!, yo sólo…yo sólo lo lleve hasta allí, fueron los rusos los que se encargaron de él.
—¿Qué rusos? ¿Socios de Carbonell?
El otro se empezó a estremecer y a quejarse, y asintió con la cabeza.
—Los dirige un cabrón al que llaman Dima, es el que está siempre con Mauricio haciendo negocios, ¡joder, yo no sé nada más!
Me incorporé y lo dejé tirado en el suelo. Mauricio me miró y se encogió de hombros.
—Éste está listo.
A veces las circunstancias se vuelven así. Pequeños trabajos clandestinos que organizaba con la ayuda de Carolina, y poco más. No había vuelto a disparar hasta que estuve en la mansión de Carbonell. Y fue en defensa propia. Pero el matón del bar estaba fuera de combate, hecho un guiñapo en el suelo. Pero habíamos tomado un sendero en el que regresarse ya no era una opción. Al fin y al cabo, él había colaborado en coger a Sergio, seguramente lo había prendido con esas manazas, lo llevó hasta los verdugos.
Me incliné de nuevo sobre él, que ahora permanecía en silencio, sólo emitiendo leves protestas.
—Oye, te has portado muy bien —le dije mientras apoyaba el cañón en su sien—.Cierra los ojos y respira tranquilo.
Al principio negaba con la cabeza, pero cuando vio que mi gesto firme permanecía inmutable, cerró los ojos y cogió aire un par de veces. Cuando hubo expulsado el  oxígeno  de la segunda, disparé.
Me puse en pie y miramos hacia el camarero, o lo que fuera.
—Aquí no ha ocurrido nada, y nunca nos has visto, supongo que lo comprendes.
El tipo seguía con los ojos fijos en mí: como si estuviese fotografiándome para no olvidarme nunca. Asintió despacio.
—Deshazte de él —le dijo Chamorro, señalando al del suelo.
Cuando salimos afuera, ya era prácticamente de día.