Me habían golpeado
en la cabeza con una porra de caucho, dura como el demonio, y estaba tendido
con la boca lamiendo el suelo de mi apartamento, mientras permanecía en una
especie de ensoñación, en un extraño trance, en el que los recuerdos, las visiones
y el mareo se mezclan en un cerebro hecho puré, igual que un boxeador que
recibe un crochet en la sien, y se le nubla la visión y se le aparecen los
seres queridos muertos; cuando se toca alguna extraña tecla del cerebro aún
desconocida e imaginas y ves cosas, en la fotografía de la memoria una estampa
de la niñez.
Me vi con Carmen, en nuestra casa, mientras ella regaba las plantas de la terraza, y yo la observaba sin decir nada hasta que se percataba de mi presencia y sonreía, y entonces el sol le daba en el rostro y la luz reflectante iluminaba aquella sonrisa, y me quedaba así, en el marco de la puerta, mirándola, sintiendo la placidez de su tranquilidad, el sosiego a la hora de hacer las tareas y de encarar la vida, cuando todo el mundo parecía tener una exagerada prisa por firmar el futuro, y era esa impaciencia la que con frecuencia impedía que el futuro llegase por sus propios pasos, por un cauce natural. Entonces no imaginaba que la enfermedad iba a imponerse en esos pasos, que cuando las cartas del destino salen torcidas uno ya no debe preocuparse del futuro ni preocuparse de nada.
Había conocido muchas mujeres en mi vida, de todo pelaje y condición, y ninguna era como Carmen, que no buscaba en mí el consuelo del refugio sino que tenía sus propias armas, intrínseca individualidad, y no hacía preguntas estúpidas sobre mi pasado y sobre el trabajo, no tenía el morbo implícito en los interrogantes que otras formulaban, para saber si había “usado mi arma” o si había tenía que torturar a alguien, si había presenciado interrogatorios duros, o estado en sórdidas casas de putas de países del norte de África.
Carmen entendía mis silencios y agradecía con un asentimiento o una sonrisa las veces que yo le confiaba algo, le hacía alguna revelación, suministrada con cuentagotas, bien administradas por mí, no porque temiera abrirme con ella, sino porque hay aspectos en la vida de un hombre que son mejor guardarse para sí, incómodos de tratar, de verbalizarlos, y sólo aparecen en el recuerdo a traición y por la noche, como un asaltante de madrugada que te hace una inesperada visita.
Tampoco le iba a decir a Carmen de la vez que Chamorro le rajó el cuello a un antiguo matarife marroquí y lo colgó boca abajo de un poste, dejando que se ahogara con su propia sangre, y luego se fumó un cigarro de hachís y nos fuimos a tomar un tajine.
A ella le bastaba con la seguridad del presente, y siendo como era, mujer liberal y culta, no se excitaba de manera indistinta con cualquier cuerpo que cumpliera las expectativas que él alimentaba: soporte económico.
Con los ojos medio velados, podía ver la escena, ella regando y yo apoyado en el marco de la puerta, y conversando, me era posible hasta escucharla, y eso que dicen que de lo primero que se olvida uno es de las voces; pero yo podía oír el tono dulce, esa cadencia melosa al hablar, y reconocer perfectamente sus rasgos, la mirada confiada y serena, y no me echaba en cara que no supiera tanto como ella, que no tuviera su sensibilidad para la pintura, para la literatura, para el cine; ir al Prado y cansarme a los veinte minutos, y aguantar impaciente mientras ella se quedaba petrificada ante un cuadro, podía estar así un cuarto de hora, como si analizara cada trazo, y yo observaba aquello y sólo veía manchones y colores, “¿qué es lo que estás mirando tanto?”, y me hablaba de la forma, de la dimensión, del cromado, “¿No ves que es un Velázquez?” Y se reía divertida, y me cogía del brazo, cariñosa. No como el estomagante de Rubén, que una vez, hablando de Carolina y sus problemas con el tipo con el que compartía hijos, dijo muy solemne, “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”, y cuando yo afirmé que seguramente sí, que tenía razón, añadió: Ana Karenina, y al preguntarle si era alguna amiga suya, me llamó burro, y zote, levantando la voz, y cómo podía no conocer a Tolstoi, y que si la novela universal y no sé qué hostias más, todo ello con esos ojillos de miope encolerizados tras las gafas.
Supongo que para Carmen yo era culto a mi manera, y nos entendíamos bastante bien, solíamos viajar mucho y visitar sitios donde yo no hubiera estado antes, donde no tuviera recuerdos que esconder o alegres momentos, ya que hay también algo de perverso en regresar a los lugares donde uno fue feliz, aunque sea al fondo de una botella de vino compartida con amigos.
Y con una mujer que te quiere, importa poco los libros que hayas leído en el momento que estás encima de ella y le dices, “abre más la piernas, amor”, despacito en el oído, o “voy a hacértelo muy bien hoy, sin prisas”, y luego cambias la intensidad, sólo por saber lo que es la brutalidad del sexo sin razón, el límite con el bestialismo; y más tarde ya podría de nuevo volver a sentirme cansado pero bien con ella mientras miraba los cuadros, sentir por una vez inteligencia y sensibilidad frente a una masa ciega exterior, ajena; frente a la intolerancia y la violencia del mundo que yo había conocido.
Me vi con Carmen, en nuestra casa, mientras ella regaba las plantas de la terraza, y yo la observaba sin decir nada hasta que se percataba de mi presencia y sonreía, y entonces el sol le daba en el rostro y la luz reflectante iluminaba aquella sonrisa, y me quedaba así, en el marco de la puerta, mirándola, sintiendo la placidez de su tranquilidad, el sosiego a la hora de hacer las tareas y de encarar la vida, cuando todo el mundo parecía tener una exagerada prisa por firmar el futuro, y era esa impaciencia la que con frecuencia impedía que el futuro llegase por sus propios pasos, por un cauce natural. Entonces no imaginaba que la enfermedad iba a imponerse en esos pasos, que cuando las cartas del destino salen torcidas uno ya no debe preocuparse del futuro ni preocuparse de nada.
Había conocido muchas mujeres en mi vida, de todo pelaje y condición, y ninguna era como Carmen, que no buscaba en mí el consuelo del refugio sino que tenía sus propias armas, intrínseca individualidad, y no hacía preguntas estúpidas sobre mi pasado y sobre el trabajo, no tenía el morbo implícito en los interrogantes que otras formulaban, para saber si había “usado mi arma” o si había tenía que torturar a alguien, si había presenciado interrogatorios duros, o estado en sórdidas casas de putas de países del norte de África.
Carmen entendía mis silencios y agradecía con un asentimiento o una sonrisa las veces que yo le confiaba algo, le hacía alguna revelación, suministrada con cuentagotas, bien administradas por mí, no porque temiera abrirme con ella, sino porque hay aspectos en la vida de un hombre que son mejor guardarse para sí, incómodos de tratar, de verbalizarlos, y sólo aparecen en el recuerdo a traición y por la noche, como un asaltante de madrugada que te hace una inesperada visita.
Tampoco le iba a decir a Carmen de la vez que Chamorro le rajó el cuello a un antiguo matarife marroquí y lo colgó boca abajo de un poste, dejando que se ahogara con su propia sangre, y luego se fumó un cigarro de hachís y nos fuimos a tomar un tajine.
A ella le bastaba con la seguridad del presente, y siendo como era, mujer liberal y culta, no se excitaba de manera indistinta con cualquier cuerpo que cumpliera las expectativas que él alimentaba: soporte económico.
Con los ojos medio velados, podía ver la escena, ella regando y yo apoyado en el marco de la puerta, y conversando, me era posible hasta escucharla, y eso que dicen que de lo primero que se olvida uno es de las voces; pero yo podía oír el tono dulce, esa cadencia melosa al hablar, y reconocer perfectamente sus rasgos, la mirada confiada y serena, y no me echaba en cara que no supiera tanto como ella, que no tuviera su sensibilidad para la pintura, para la literatura, para el cine; ir al Prado y cansarme a los veinte minutos, y aguantar impaciente mientras ella se quedaba petrificada ante un cuadro, podía estar así un cuarto de hora, como si analizara cada trazo, y yo observaba aquello y sólo veía manchones y colores, “¿qué es lo que estás mirando tanto?”, y me hablaba de la forma, de la dimensión, del cromado, “¿No ves que es un Velázquez?” Y se reía divertida, y me cogía del brazo, cariñosa. No como el estomagante de Rubén, que una vez, hablando de Carolina y sus problemas con el tipo con el que compartía hijos, dijo muy solemne, “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”, y cuando yo afirmé que seguramente sí, que tenía razón, añadió: Ana Karenina, y al preguntarle si era alguna amiga suya, me llamó burro, y zote, levantando la voz, y cómo podía no conocer a Tolstoi, y que si la novela universal y no sé qué hostias más, todo ello con esos ojillos de miope encolerizados tras las gafas.
Supongo que para Carmen yo era culto a mi manera, y nos entendíamos bastante bien, solíamos viajar mucho y visitar sitios donde yo no hubiera estado antes, donde no tuviera recuerdos que esconder o alegres momentos, ya que hay también algo de perverso en regresar a los lugares donde uno fue feliz, aunque sea al fondo de una botella de vino compartida con amigos.
Y con una mujer que te quiere, importa poco los libros que hayas leído en el momento que estás encima de ella y le dices, “abre más la piernas, amor”, despacito en el oído, o “voy a hacértelo muy bien hoy, sin prisas”, y luego cambias la intensidad, sólo por saber lo que es la brutalidad del sexo sin razón, el límite con el bestialismo; y más tarde ya podría de nuevo volver a sentirme cansado pero bien con ella mientras miraba los cuadros, sentir por una vez inteligencia y sensibilidad frente a una masa ciega exterior, ajena; frente a la intolerancia y la violencia del mundo que yo había conocido.
Me habían atizado en la parte posterior del cráneo y permanecía en ese estado de semiinconsciencia, mientras veía unos zapatos negros delante de mí y unas voces que hablaban en algún idioma del este, puede que ruso. Eran al menos dos, y me preguntaba dónde estaba Chamorro, cuánto iba a tardar en llegar. Subí yo primero a mi piso, como de costumbre, y él vendría después, tal como hacíamos siempre. Pero me había olvidado de comprobar la puerta, y no vi que estaba en el suelo el papelito que ponía entre ésta y el umbral, para saber de intrusos indeseables, y según abrí y avancé dos pasos, recibí el golpe en la cabeza. Y además de las visiones con Carmen, por mi mente pasó el pensamiento de que allí mismo iba a morir, de que en cuestión de segundos iban a pegarme un tiro y dejarme allí tieso, de la forma más triste, morir sin haber tenido la posibilidad de presentar batalla, golpeado a traición como un perro en mi propia casa, morir sin haber tenido siquiera una oportunidad de hacerlo como un hombre, arma en mano y peleando.
Las voces (ahora sí me parecían claramente rusas) hablaban en un tono moderado, y se vieron interrumpidas por un estruendo, el sonido inconfundible de un disparo, y los pies que tenía a la altura de mis ojos perdieron su firmeza, trastabillaron y se sustituyeron por un torso inerte. Oí un forcejeo después, un arma que golpea contra la pared, y rugidos e insultos en ruso y castellano. Quería levantarme, pero estaba imposibilitado, como saliendo de una brutal borrachera. Hice un esfuerzo por recobrar la lucidez, me fui incorporando despacio, primero los brazos, las piernas aún tumbadas sobre la alfombra, mientras continuaban los sonidos de pelea, y sentí, más que ver, cómo Chamorro, que estaba enganchado con un tipo alto y moreno que sangraba por la nariz, con la mano derecha agarraba el jarrón de vidrio barato que estaba encima de la mesa de la entrada y, asiéndolo por la copa, lo rompía contra la pared, quedándose con un trozo puntiagudo en la mano. El ruso le trataba de meter los dedos en los ojos cuando Chamorro hundió con fuerza el trozo de cristal justo debajo de la mandíbula, oí el característico sonido de la carne al romperse mientras se introducía el trozo de vidrio en el cuello. Un chorro me saltó a la cara, como un surtidor que revienta, y la textura cálida de la sangre me hizo recobrar un poco más el sentido. El tipo se vino abajo al lado mío, y quedó sentado, con el culo pegado al suelo y la espalda erguida, mientras del hueco de su cuello manaba sangre periódicamente.
Chamorro me ayudó a levantarme, y la cabeza me dolía como la peor de las resacas, parecía que me hubiera pasado por encima un caballo de montar, con todas sus herraduras. Miré al matón que estaba sentado.
—Me va a dejar el suelo hecho un asco.
—Deja al cerdo que se desangre, te pago yo después una limpiadora.
Chamorro me palpaba el pecho y el vientre, como comprobando que seguía de una pieza. Ya había visto antes a alguien desangrarse, y el resultado no es en absoluto agradable. Eché mano a la pistola de la sobaquera y le disparé un tiro a la altura del corazón. Cayó desplomado hacia atrás, pegado adonde estaba su compañero, con un tiro en la sien.
—Te costó deshacerte de él —le dije a Chamorro, tratando de hacer un comentario que rebajara la tensión del lance.
—Se me echó encima, el cabrón era recio, se defendía bien en la distancia corta. ¿Y tú? No me jodas, ¿cómo te dejaste sorprender?
—Entré sin comprobar la puerta.
Chamorro me miró, indignado, más por el mal trago que había tenido en el forcejo que por lo que me podía haber pasado a mí.
—¿Qué coño tienes en la cabeza?
—Ahora mismo un dolor terrible.
Avancé unos pasos por la zona de la entrada, tratando de recobrar la estabilidad, y señalé los dos cuerpos tirados, el bulto en sus pantalones.
—Lo que no entiendo es por qué no me mataron según entré.
El viejo Chamorro dio la cabeza.
—Esta gente te tortura. Te atrapan vivo y luego te torturan. Seguramente querían llevarte frente a Carbonell. Hacértelas pagar bien, que pases un rato de puta pena antes de darte matarile.
Hubo un silencio incómodo, ambos sabíamos lo que eso significaba. No éramos del todo ajenos a los interrogatorios no siempre amistosos. Después de un instante, rompí nuestros pensamientos.
—Te digo una cosa. A mí éstos no me cogerán vivo.