viernes, 31 de julio de 2015

CAPÍTULO IV

Había estado despierto hasta tarde, antes de abrir los ojos por la mañana y recibir el aviso de Carolina con la dirección de la casa, una finca a unos kilómetros de Madrid. Necesitaba un café bien cargado que me enchufara enseguida con el soleado panorama que veía a través de mi ventana. El estado natural del cielo es la noche. Digan lo que digan, la luz representa una extravagancia anecdótica en un universo oscuro. Nuestro cosmos vive en tinieblas, y más allá, en otras galaxias, no todas tienen una estrella como el Sol que baña de luz los planetas. Y la noche es la misma, aquí y en el infierno.
Evidentemente, no me creía nada del numerito que había dicho de mi amigo perdido de fiesta, y tampoco esperaba que ellos lo hicieran, así que decidí ir directamente a la casa del jodido Mauricio y empezar a hablar de forma más clara. Sólo para ver por dónde respiraba, y para que tuviera la noticia de que no soy totalmente gilipollas.
Me vestí con una camisa y chaqueta veraniega, cogí el coche y me dirigí hacia el norte. Pasé algunas de esas urbanizaciones de un carácter estrictamente residencial, y algunos rostros me sonaban, no sé si de la noche anterior o porque todos parecían idénticos, calcos unos de otros, y así como las parcelas similares, las mujeres parecían seguir un patrón, al igual que los matrimonios, los que habían aceptado la vida con la mansedumbre con que la aceptan los animales a los que alimentan en establos y luego conducen al matadero.

Después salía ya de los límites del municipio, me adentré por un camino donde dos coches enfrente tendrían problemas para pasar. La carretera era estrecha y escarpada, y finalmente llegué a un saltillo de grava que daba a un magnífico chalet casi oculto por los árboles y la valla de la entrada. Llamé al interfono de la puerta metálica, noté esa sensación de que estás siendo visto por la cámara de seguridad que hay en el mismo, como si esa certeza viajara a través de ondas invisibles, y se oyó un sonido de timbre y alguien abrió la puerta sin más dilación. Atravesé un jardín bien cuidado caminando por un pasillo de baldosas y golpeé un par de veces la puerta con los nudillos.
Me abrió la puerta ella, en un camisón claro y descalza, mirándome en silencio con esos impresionantes ojos oscuros. Podía percibir su característico perfume. Vaya una sorpresa.
Vengo a ver a tu jefe le dije sin quitar la vista de su rostro Mauricio Carbonell. Creo que ya sabes de qué te hablo, encanto, haz el favor de llamarle.
El señor Carbonell está ocupándose de unos asuntos en Valencia dijo con una sonrisa altiva.
Claro, cómo no, ahora que el lodazal se ha inundado demasiado y empieza a desprender olor, cuando tienen a Fabra y a los demás cubiertos de mierda y algún juez impenitente y díscolo no ha entendido que hay cosas que son mejor no tocar. El señor Carbonell, jefe en la sombra de aquellos negocios hinchados y de una partida de rusos que han tomado la costa poco a poco y sin hacer ruido, de las mordidas a políticos a cambio de contratas y el hoy por ti mañana por mí, terrenos de repente urbanizables, donde la destrucción del paisaje adquiere valor de símbolo, una sociedad convulsa que ha engordado a sus bestias a través del voto, del clientelismo y del caudillaje. La construcción y la política son los únicos negocios del mundo en el que se pueden acumular todos los errores y fracasos posibles sin dejar de ganar dinero.
Los tipos como Carbonell tienen hijos medio lelos que van con la banderita de su patria en una pulsera en la muñeca, mientras su padre revienta la economía, destroza miles de empleos y evade la pasta bien lejos del país, a salvo de impuestos y otros peligros que asolan a los pringados y a la gente común. Por supuesto que el señor Carbonell está ocupándose de unos asuntos en Valencia, faltaría más.
Miré hacia el interior, y ella abrió un poco más la puerta, como invitándome a observar, o a entrar.
Había un hombre custodiando la entrada del salón, al pie de unas bonitas escaleras de madera. No era el gorila al que ya me había acostumbrado. Era más bajo (de mi estatura, más o menos) y no tan musculado, aunque tenía el rostro calmado y trabajado de los hombres sanos que llevan una vida difícil. Enseguida sentí simpatía por él, tal vez era ese discreto instinto de los semejantes que se reconocen y se respetan, puedo verlos y llegar a ser empático, por esa mirada que tienen todos, gris y velada, como el agua antes de helarse.
Ella estaba ahí, recién levantada de las sábanas pagadas por Mauricio, y custodiada por uno de sus hombres, puede que alguien prescindible a juzgar por su aspecto cansado. Ya podía suponerlo. Al jefe le gustaba tener a la chica que todos quieren tener. Subordinados, empleados, servicio, guardaespaldas y aprendices de matones, paseando sus miradas discretamente por el cuerpo que desean, por sus fantasías más prohibidas y jugosas, y al llegar la noche es él, el rey de la manada, el que posee ese mismo cuerpo. Se trata de tener lo que los otros no, follar lo que los demás quieren follarse pero no pueden. Eso es tener el control. En eso consiste el poder. Y Rubén lo había explicado muy bien anoche, mirando a una de esas señoras de pechos vacunos del brazo de tipos canosos y hepáticos: “Son putas, flores de loto que se abren sobre la charca maloliente de la opulencia”.
Pues es una lástima, porque yo también tengo un asunto del que ocuparme. No estoy seguro de que mi amigo esté por ahí encamado con alguna fulana.
Pero ése no es nuestro problema, tal vez tú deberías encamarte con alguien y dejar de molestar tanto, porque te veo demasiado últimamente.
Había una ligera nota de desprecio en su voz. El hombre se acercó un poco a la puerta y me miró, protocolario y casi indiferente.
—¿Deseas algo más de aquí? Ya te han dicho que el señor Carbonell no está, él se pondrá en contacto contigo, y ya lo sabrás, cuando llegue la ocasión.
Tenía estilo para amenazar, y aquello sin duda lo era. “No te preocupes que él te encontrará si quiere encontrarte, si es que das muchos problemas”, era lo que escondía aquellas palabras. Noté clavados los ojos de ella.
Me horroriza hacer de duro le contesté, pero no temo a Carbonell, ni a doce como él.
Lárgate, amigo.
Se pasó la lengua por los labios. Como una pequeñita serpiente.
Pensaba que me iban a invitar a almorzar. Ésta no es manera de tratar a las visitas.
Adoptó una expresión más fría y dura, precedida de una sonrisa siniestra.
Claro, pasa dijo haciendo un gesto de invitación con el brazo.
Quería tenerme en la amplitud del recibidor, más al alcance, más en campo abierto, por así decirlo. Ya no podía volverme atrás, y era una lástima porque en realidad él no me había hecho nada malo, sólo era un asalariado cumpliendo con su obligación. Al entrar en el recibidor sentí el frescor del aire acondicionado y también el bulto que sobresalía detrás de su pantalón. Se puso delante de mí, cerca de las escaleras, y ella quedó a un lado, expectante.
Observé la entrada, magnífica y ostentosa, con unas escaleras que comunicaban con las plantas superiores.
Bonita chabola. ¿La ha pagado jugando a las quinielas?
El tipo me observó como el que mira un trozo de carne colgado de un gancho.
Pocos entran aquí que no hayan sido invitados previamente por Mauricio. Tú eres una excepción, ¿qué crees que pasará? Nos vamos a divertir, ¿eh?
Dímelo tú le apremié mientras me aposentaban bien en el suelo, los pies en posición.
Morir no es muy grave. Matar tampoco lo es. Todo depende del fin y del motivo. Morir por algo que merezca la pena o porque has perdido por completo la esperanza, y matar por sobrevivir o porque es tu puñetero y jodido oficio, o un inconveniente necesario.
Aquel inconveniente tendría que ser un imprevisto a asumir. Sentí el tacto frío de la culata de mi pistola, mi Llama M-82 vieja pero fiable, tocándola disimuladamente por dentro de la chaqueta. Vi como él también hacia un ligero movimiento hacia detrás de su pantalón. Intentaba adivinar en él algún atisbo de duda, pero tenía la expresión de un hombre que ya espera muy poco de la vida.
Tal vez disparando fuera más rápido yo, o tal vez no, por lo que me interesaba buscar el cuerpo a cuerpo. Ella observaba toda la escena, y se leía en sus ojos una expresión de intensa satisfacción. Si me iban a disparar, no quería que fuera hoy, y morir vulnerable y débil ante su mirada.
¿Crees que hay otra manera de solucionarlo, amigo?
Se encogió de hombros y se remangó la camisa mientras avanzaba hacia mí. Un tipo práctico, me gustaba. Hice el movimiento para quitarme la chaqueta pero atacó rápidamente con dos puñetazos certeros que me sorprendieron a medias: tuve la suerte de esquivar uno y el otro me dio en el mentón, y a punto estuvo de tirarme. Era rápido pese a su apariencia. Le sonreí mientras me rascaba la barbilla magullada. No estaba mal, pero no le iba a permitir que me sorprendiera de nuevo. Cuando amartilló demasiado su brazo derecho para irse con todo el peso hacia adelante, hice un movimiento lateral y con mi mano izquierda rodee su nuca, como una palma que acaricia una cabeza, y atrayéndolo hacia mí, lancé a la vez el codo contra su rostro formando un ángulo de 90 grados, hundiéndoselo en mitad de la cara. La sangre brotó de la nariz de forma escandalosa. Al principio se sintió aturdido, pero después la conmoción fue dando paso a la ira y echó mano a su arma oculta. Sabía que no existía otra manera. No era posible. Saqué la pistola de la sobaquera y, cuando ya me había casi encañonado con su automática del 32, disparé tres veces consecutivas sobre su pecho, desplomándose con un sonido ronco.

Ella se acercó al cuerpo que emitía ese imperceptible aliento que precede al estertor final, y se inclinó sobre él.
Has elegido un rumbo del que ya no puedes regresar.
Guardé de nuevo el arma en su lugar.
—¿A éste también te lo tirabas?
Se acercó a mí con una furiosa amenaza en el rostro, y alzó la mano para abofetearme justo cuando yo se la sujeté.
Eres demasiado guapa para echarte a perder en este ambiente le dije mientras echaba para atrás su brazo, y ella apenas emitió un ahogado quejido.
Tú eres muy guapo para ser un matón. Y también muy viejo susurró.
El tipo al que tuve que disparar no parecía más joven que yo. Ni tampoco Mauricio lo es.
Antes de que fuera del todo consciente de la situación se había recostado en mi hombro y me mordía la boca apasionadamente.
Hablas demasiado, guerrero.
Sus labios ardientes quemaban como el hielo. Su lengua se apretaba contra mis dientes. Sabía lo que era, un intento de hacerme vulnerable, de conocerme mejor, de saber por dónde respira el hombre que le busca las vueltas a Mauricio Carbonell, mejor tenerme cerca que lejos. Pero no me importaba. El olor de su cuerpo era una invitación a la lujuria, y a veces uno labra consciente sus propios caminos, aunque le lleven al abismo. Me arrastró hasta el sofá del salón mientras yo empezaba a despojarla de su camisón.

viernes, 24 de julio de 2015

CAPÍTULO III

Por la tarde telefoneé a Rubén, al que se le apodaba El catedrático. Chupado de cara, introvertido y enclenque de aspecto, pero con unas opiniones afiladas como hojas de afeitar, la mente lúcida y despierta, algo incisivo incluso, con un humor bastante particular, y yo necesitaba una mirada externa que me pusiera en perspectiva.
Se podría decir que él era la I de Inteligencia en las siglas. Muchas veces lo vi, en los ratos libres, garabateando cosas en su cuaderno, silencioso y concentrado detrás de aquellas gafas de cristal grueso. Y a veces me dejaba entrar en su mundo, conversaba conmigo, a pesar de que fui hombre de acción y no creo que haya nadie tan poco dotado como yo para pasar un pensamiento o una emoción a un papel, para hacer el recorrido desde la cabeza a la mano; esa impotencia de no poder dejar reflejo patente de una manera de creer y de sentir.
Rubén escribía, y pese a ello albergaba en su interior un duro desencanto, intenso y sombrío, un pesimismo que parecía casi una derrota o una resignación. “La escritura a este nivel tiene algo de criminal”, decía. “Matar ideas una vez que las plasmas, vomitar o echar fuera de ti algo para darle vida, una especie de eyaculación, y así estamos, llevamos 2.000 años escribiendo sobre lo mismo, actos de depredación, escritores suicidas que dejan libros para que un capullo depresivo lo admire cincuenta años después. Nunca escribiré nada como Sobre héroes y tumbas, o algo épico e histórico como La cartuja de Parma; jamás firmaré una obra maestra, y los que lo hicieron sólo son reivindicados por cuatro nostálgicos como yo, y aún así es posible que dentro de cien años nadie lea a Sabato, o lo encuentren generaciones venideras, porque es la única manera en que una persona vuelve, gente que dijo adiós en su día y sólo regresa en forma de letra impresa, libros de muerto. Se tuvo que morir García Márquez para empezar a ver a todos los imbéciles de lo oportuno con sus libros en el metro, en el parque; ésa es la manera, en la literatura al final sólo llegamos a alguien a través de la muerte.”
¿Te apetece venir a una fiesta? le dije después de los saludos y las preguntas protocolarias—. Necesito de tu inapelable punto de vista de las persona, y además es posible que tengas información jugosa para mí. ¿Aún guardas en tu cabeza esos archivos que supuestamente no existen?
—¿Es alguna fiesta decadente de los que como tú engullen copas a título de desayuno? dijo con el tono del que encarga un cortado.
No, es de gente bien, en el Wellington, ya sabes, ricos, empresarios y mafiosos.
Lo que a menudo viene a ser lo mismo.
Siempre me entendiste rápido.
Te veré antes, en el Pub James Joyce, en Alcalá musitó.
Ponte un traje.


El James Joyce es una taberna irlandesa para mitómanos del escritor que se encuentra a medias entre Cibeles y la Plaza de la Independencia. Rubén estaba sentado en un taburete de la barra, con la nariz dentro de una pinta de cerveza negra, silencioso, cuando le abordé por detrás, palmeando la chaqueta de su traje.
Te veo hecho un pincel.
Me indicó con un gesto de la cabeza una mesa en un rincón, con un grupo de seis o siete jóvenes que reían y alborotaban con voces bastante más altas de lo que Rubén consideraba tolerable. Los ojillos de mi antiguo compañero centelleaban.
Cuando entré me miraron como si fuera un bicho raro, e intercambiaron risitas entre ellos parecía afirmar dolido.
No puedo culparles.
Emborrachándose aquí y diciendo simplezas. Estaban rebuznando cosas de la Bolsa cuando tú llegaste.
Podría llegar a llevarme bien con ellos dije sonriendo.
Rubén me miro, muy serio, con aire de solemnidad. Sabía que iba a arrancarse con unos de sus discursos incontestables.
—¿Sabes lo que estaba pensando, mientras daba cuenta de esta Guinness? La generación mejor preparada de la historia. ¿Eso se dice, no? Y una mierda. En todo caso la mejor titulada. Pero nada más. Esa fiebre, ese afán por los diplomas que sólo sirven para colgar en la pared y que las viejas presuman de nietos que fueron a la universidad, pero convertidos en analfabetos con carrera, jóvenes a los que sus padres les han pagado un máster que son incapaces de comunicarse entre ellos sin faltas de ortografía, la cabeza metida todo el puto día en sus aparatos móviles y viendo esos programas de la tele de pedorras y fulanas; un campesino mexicano o boliviano tiene mejor léxico, un lenguaje más rico, que estos palurdos salidos de las mejores universidades, bobos de diseño, con licenciaturas en no sé qué y post grados en no sé cuanto, máster en empresariales, económicas, el mundo como un gran casino, trabajar ocho horas en una empresa y el resto del día pensar en fútbol y en que su novia les chupe la polla.
La capacidad de Rubén de ver y decir las cosas como son, sin adornos, roza con frecuencia la crueldad. Quince minutos después salíamos del local y seguimos por Alcalá dirección Velázquez, mientras esperábamos que el calor ofreciera alguna improbable tregua.

Era curiosa la fauna que por ahí se movía, para alguien acostumbrado a mirar y que había tenido que lidiar con tipos de todo pelaje. Realmente no me equivocaba, en el salón Claridge del Wellington se mezclaba la élite de toda la vida con nuevos ricos de postín, esa aura rancia de las apariencias y las mujeres escaparate, donde no hayas nada más que un desolador espacio vacío detrás de sus sonrisas.
El dinero lo es todo cuando no lo tienes, pero cuando lo tienes, vuelve más evidente lo que te falta. Esos subrayados que la mayoría de las veces sólo sirven para encubrir carencias: intelectuales, afectivas, de gusto, se ven reflejadas en coches ostentosos y horteras, en formas de hablar y de aparentar que no pueden camuflar lo estéril de lo pretencioso, o venciendo su inseguridad intentando despertar la inseguridad de sus amigos.
Había allí cortesanas de vocación emparejadas con tipos que les sacaban dos o tres décadas, vagina en permanente exposición que perciben el dinero a distancia igual que los grandes escualos del mar acuden al olor metálico de la sangre. Rubén, impertinente a su manera, y que yo sabía que le sacaba partido y disfrutaba como un enano siendo por un momento cómplice de ese tipo de hipocresías sociales, explicaba con su habitual parsimonia su teoría: “Esas tipas tienen el cerebro al fondo del coño, para alcanzarlo tienes que empujar mucho, normalmente si vas con un talonario atado en el ciruelo, claro que el que consigue tocárselo puede hacer con ellas lo que quiera”.
Se mezclaban aquellas buscavidas con matrimonios bien avenidos, respetables y pulcros, el tipo de vidas vacuas cuya felicidad se sustenta en una benevolente mediocridad.
Con un traje a tono que ensalzaba sus hombros y que podría ser seis tallas más grande que el mío, vi al cenutrio del bar que tan simpático había sido, las manos entrelazadas y el gesto serio del que está pasando un rato inolvidable. Caminé hacia él con una media sonrisa, mientras Rubén se entretenía con un cóctel de un color delirante.
Estás precioso.
No se molestó en responderme, torció el gesto y se apartó unos pasos, no sin antes dedicarme una mirada venenosa que hizo palpitar la cicatriz de su rostro. La criatura no quitaba los ojos de encima a un hombre bajito, modestamente elegante y locuaz que charlaba en un corrillo, unos metros más allá, y que yo enseguida identifiqué como Mauricio Carbonell.
Rubén se acercó a mí y se lo indiqué con la cabeza.
Sé quien es dijo —. Tiene algunos negocios aquí en Madrid y no anda mal de dinero, aunque no se sabe muy bien de dónde viene. Hace años estuvo implicado en algunos asuntos un tanto oscuros en la costa levantina, ya sabes, la construcción, los rusos, algún vigilante de obra que aparece muerto de la noche a la mañana, tasas que hay que pagar, protección, sobornos a políticos, esas mierdas.

Entonces sentí en la nariz el perfume, percibí aquel olor inconfundible y único, como una revelación. Me giré al tiempo que la vi caminando a unos metros, avanzando sonriente embutida en las telas de esa noche, la carne destacando sobre la blancura del vestido ajustado que resaltaba su cuerpo de mujer en plenitud, curvilíneo, sinuoso, de ánfora romana. Hembras a las que la naturaleza dota desde bien temprano con la preparación a la maternidad, así se muestra en sus pechos y sus caderas, pero los hombres ven objetos de deseo, como un reflejo lactante, y quieren colgarse y lamer de esos pechos y chupar esos pezones destinados no para ellos, sino para futuras existencias, y profanar las caderas, el templo de la vida, que están concebidas para dar a luz, pero que despiertan en el subconsciente del varón la idea de la fecundidad, de sexo en tierra feraz. 

Observé que Rubén también la miraba con brillo en sus ojos. De qué poco sirve la cultura, qué poco suaviza los deseos, los instintos; qué a duras penas los disimula.
Ahora entiendo por qué querías venir.
Los dos fuimos testigos de cómo ella se acercaba a Mauricio Carbonell y le daba un cálido beso en la mejilla, tras saludarlo efusivamente. Él reía y le posaba la mano sobre la cadera, mientras enrojecía de felicidad.
—¿Mucha mujer para él, no? Y un poco joven.
Rubén intentaba meter el dedo en la llaga.
Sígueme –le dije, mientras caminaba hacia el corrillo donde estaba Mauricio y la muchacha.
Ella me vio primero, y pude entrever un pequeño destello de curiosidad.
Ya sospechaba que no te pegaba ser camarera de ese bar.
Mi comentario hizo volverse a Carbonell, que me escrutaba confuso. Ella se dirigió al empresario.
Mauricio, éste es el caballero que fue ayer por el local de Pez preguntando por un chico desaparecido.
Se leía en sus ojos una expresión de intensa satisfacción. La muy cabrona. La observé a ella y luego intercambié miradas con él, que asintió en silencio, mirándome con ojos fríos y atentos.
Mucho gusto en conocerle mentí, seguramente mi amigo esté aún de fiesta y se haya olvidado de llamar, o se habrá fugado con alguna chica, de estos chavales nunca se sabe. Aparecerá en cualquier momento.
Rubén me tocó el hombro por detrás.
No te vas a creer a quien acabo de ver. ¿Te acuerdas aquella actriz que…
Vámonos de aquí mascullé entre dientes.

lunes, 13 de julio de 2015

CAPÍTULO II

El teléfono timbró mi cabeza como un taladro que perfora una pared. Las diez de la mañana no eran horas para llamar a una casa decente. Pero la mía no la era, así que aguanté como pude las ganas de lanzar el aparato contra el suelo, y me dispuse a oír la siempre levemente ronca voz de Carolina.
¿Qué tienes? inquirí sin más preámbulos.
—Tu voz suena como si te hubieras entretenido hasta bien tarde.
Miré la botella de Wild Turkey que estaba mediada sobre la mesita de noche, el vaso volcado sobre la lamparilla. La habitación estaba en un casi planificado desorden, y eso me irritaba, ya que no me gusta ir evidenciando que algo puede que falle en mí. Al final exponemos nuestros estados internos en el exterior, reflejo de lo que somos, igual que uno puede intuir cómo es esa persona a raíz de los amigos y lealtades que ha elegido, del entorno en el que se relaciona, de cómo decora su casa, el color de su coche o de la mujer que le acompaña. Estamos lanzando señales continuamente, adelantos de nuestra personalidad, como ese olor a algas y salitre que anuncia el inicio del verano, igual que los hombres solteros  desprenden un fulgor especial, de berrea de venado en primavera, de perros en celo.
Uno puede saber cómo se siente cualquier tipo que cena a su lado en el restaurante, sólo con ver la manera en que mira a su pareja, la forma de tomarle la mano, el vino que pide o sus gestos a la hora de leer y pagar la cuenta.
Similar a como aprendimos a adivinar el miedo en el otro, sus reacciones faciales, tasando su valor o sus inquietudes, en Kosovo o en Marrakech .
Intentaba mantener un orden dentro de mi casa para también crear la apariencia de estabilidad en mi vida.
—Estoy bien.
—El local está a nombre de un tal Mauricio Carbonell.
Carolina hacía pocas preguntas y solía tener bastantes respuestas. Es cierto que nuestro acuerdo incluía que le pagaba lo suficiente para que proporcionara datos sin inmiscuirse en los porqués y paraqués.
—No me suena de nada, pero le daré una vuelta a ese nombre.
Colgué el teléfono. A estas alturas no esperaría tampoco una despedida protocolaria o cariñosa. Puede que en el fondo ella me detestara porque somos demasiado parecidos. Los iguales tienen una especia de asqueo mutuo y secreto. Normalmente, las personas no llevan bien verse reflejadas en los defectos de otro, ni comprobar que sus pasiones y bajezas, sus debilidades y miserias son iguales a las propias; y por eso, porque se conocen por dentro, se soportan tan mal; y ella compartía conmigo esa clandestina militancia en la misantropía, la fatiga por un mundo que nos sofoca y las ampollas en los pies de caminar siempre al lado de un ser humano al que por lo general despreciamos.
Demasiadas horas de oficio y kilómetros a la espalda. Carolina, al igual que Rubén, Chamorro y yo, había dejado la Agencia por la puerta de atrás después las consecuencias de aquel fatídico día de marzo de 2004, y la mantenía a mi lado para, a nuestra manera, solucionar viejas deudas con el pasado, cabos sueltes que nos chirrían, una forma de sentirse aún útiles y vivos, de seguir en activo aunque nos hubieran dado una patada. Después de todo lo que hicimos, de los que nos vimos obligados a hacer y de las noches densas como sangre coagulada. Después de tantos años, y finalmente, tantas horas trabajando o espiando a los servicios marroquíes, avisando del peligro inminente.

Me gustaba la aridez visceral de Carolina, el toque desencantado y cínico del que sólo asume su propio naufragio personal cuando el alcohol le calienta la lengua.
La madurez y la serenidad de los cuarenta, lo suelen vender así. Gente responsable, el sentido común, adultos asentados y felices. Ella se casó deslumbrada por la fragilidad cegadora del instante, sin ser consciente de la cantidad de inviernos que tendrían que sucederse después. Te comprometes pensando que estás asegurando la felicidad, apostando sobre seguro, y en realidad estás poniéndole a tu vida a la vez un principio y un fin, futuro hipotecado.
Me lo dice ella, cuando la ginebra le envalentona la desidia y le lima el carácter: “Ya no se trata de hablar, razonar, discutir, enfrentarnos; en sólo la indiferencia, la apatía. Estamos pagando esa ilusión de estabilidad que hemos mantenido durante bastantes años. Me queda aguantar sus embestidas cuando llega a casa y le apetece descargar, y poco más. Sexo mecánico, vacío, animal. Carne entrando en carne. Tú me entiendes, tú estás divorciado, y después de eso conociste a Carmen. Puede que le hayas echado más huevos que yo, lo admito, aunque también es verdad que no tienes jodida descendencia, y eso ayuda”.
Entiendo perfectamente a Carolina, no se trata de firmar un papel y aceptar en tu vida al hombre con el que compartes arandelas, sino que asumes todo lo que él trae consigo, todo lo que la firma conlleva, y es más que tener la misma pasta de dientes, es estar unidos férreamente por una trama de intereses: hijos, cuentas bancarias, armarios comunes, celebraciones familiares.

 Me levanté de la cama maldiciendo el licor de importación americano, y mientras pensaba en ordenar ese pequeño caos de mi estancia, vi de reojo, como sin poder evitarlo, el marco de la foto en la que estoy con Carmen, sonriendo a la cámara como dos adolescentes deslumbrados por el resplandor del amor.
Y me sentí más grueso y abultado. La ausencia tiene su propio peso, su propia densidad, como si cobrara vida y entidad más allá de la muerte, una ausencia que trata de ser difusa y de un cariño nebuloso. Envejeces y te das cuenta que dejaste cosas por vivir junto al otro y que tú estás viviendo por él; me lo dijo ella un día que mirábamos el crepúsculo desde una cala del Egeo: “Alguna vez la vida te llevará lejos de todo esto y te darás cuenta de que has perdido el paraíso”. Y sabía que no se refería al lugar donde estábamos, el paraíso no es una localización concreta, por muy arrebatadoramente bella que sea, sino un estado, una sensación, una situación del alma. El paraíso éramos nosotros y era el vínculo que no se explica y no se divide con otros. Por eso te duelen los sitios por los que te mueves pero que ya no podrás ir en su compañía, los momentos que no se compartirán, lo que no seremos nunca; y pienso en la sangre que sigue corriendo por mis venas mientras Carmen ya está muerta, sangre que se agolpa en ciertos lugares que eran de ella, que pertenecían a la intimidad de los dos. Ausencia que te sale de dentro, de entre los pliegues de la carne. Todo ello llevado como si los años significaran algo, cuando estás viviendo de prestado, sin ningún último tren al que aferrarte cuando el que pasó en su epílogo se ha llevado todas las ilusiones, en un vagón que se aleja imparable hacia el horizonte de la existencia, transportando lejos de ti lo que poseías pero dejándote le memoria y el dolor.

Busqué los datos del tal Mauricio Carbonell. Un tipo más o menos de mi quinta. Elegante pero no agraciado en exceso, llevaba con dignidad los primeros achaques de la edad. Tenía algunas cosas a su nombre: empresas, constructoras de segunda fila, algunos restaurantes en el centro de Madrid, dos tiendas de ropa.
Qué relación tienes, pensé mirando sus archivos, con el antro en el que estuve ayer, con la joven altiva y la desaparición de Santillana. Qué relación tienes, Mauricio, con el gorila con el que casi me abro la crisma.