Había estado
despierto hasta tarde, antes de abrir los ojos por la mañana y recibir el aviso
de Carolina con la dirección de la casa, una finca a unos kilómetros de Madrid.
Necesitaba un café bien cargado que me enchufara enseguida con el soleado
panorama que veía a través de mi ventana. El estado natural del cielo es la
noche. Digan lo que digan, la luz representa una extravagancia anecdótica en un
universo oscuro. Nuestro cosmos vive en tinieblas, y más allá, en otras
galaxias, no todas tienen una estrella como el Sol que baña de luz los planetas.
Y la noche es la misma, aquí y en el infierno.
Evidentemente, no me creía nada del numerito que había dicho de mi amigo perdido de fiesta, y tampoco esperaba que ellos lo hicieran, así que decidí ir directamente a la casa del jodido Mauricio y empezar a hablar de forma más clara. Sólo para ver por dónde respiraba, y para que tuviera la noticia de que no soy totalmente gilipollas.
Me vestí con una camisa y chaqueta veraniega, cogí el coche y me dirigí hacia el norte. Pasé algunas de esas urbanizaciones de un carácter estrictamente residencial, y algunos rostros me sonaban, no sé si de la noche anterior o porque todos parecían idénticos, calcos unos de otros, y así como las parcelas similares, las mujeres parecían seguir un patrón, al igual que los matrimonios, los que habían aceptado la vida con la mansedumbre con que la aceptan los animales a los que alimentan en establos y luego conducen al matadero.
Evidentemente, no me creía nada del numerito que había dicho de mi amigo perdido de fiesta, y tampoco esperaba que ellos lo hicieran, así que decidí ir directamente a la casa del jodido Mauricio y empezar a hablar de forma más clara. Sólo para ver por dónde respiraba, y para que tuviera la noticia de que no soy totalmente gilipollas.
Me vestí con una camisa y chaqueta veraniega, cogí el coche y me dirigí hacia el norte. Pasé algunas de esas urbanizaciones de un carácter estrictamente residencial, y algunos rostros me sonaban, no sé si de la noche anterior o porque todos parecían idénticos, calcos unos de otros, y así como las parcelas similares, las mujeres parecían seguir un patrón, al igual que los matrimonios, los que habían aceptado la vida con la mansedumbre con que la aceptan los animales a los que alimentan en establos y luego conducen al matadero.
Después salía ya de los límites del municipio, me adentré por un camino donde
dos coches enfrente tendrían problemas para pasar. La carretera era estrecha y
escarpada, y finalmente llegué a un saltillo de grava que daba a un magnífico
chalet casi oculto por los árboles y la valla de la entrada. Llamé al interfono de la puerta metálica,
noté esa sensación de que estás siendo visto por la cámara de seguridad que hay
en el mismo, como si esa certeza viajara a través de ondas invisibles, y se oyó
un sonido de timbre y alguien abrió la puerta sin más dilación. Atravesé un
jardín bien cuidado caminando por un pasillo de baldosas y golpeé un par de
veces la puerta con los nudillos.
Me abrió la puerta ella, en un camisón claro y descalza, mirándome en silencio con esos impresionantes ojos oscuros. Podía percibir su característico perfume. Vaya una sorpresa.
—Vengo a ver a tu jefe —le dije sin quitar la vista de su rostro— Mauricio Carbonell. Creo que ya sabes de qué te hablo, encanto, haz el favor de llamarle.
—El señor Carbonell está ocupándose de unos asuntos en Valencia —dijo con una sonrisa altiva.
Claro, cómo no, ahora que el lodazal se ha inundado demasiado y empieza a desprender olor, cuando tienen a Fabra y a los demás cubiertos de mierda y algún juez impenitente y díscolo no ha entendido que hay cosas que son mejor no tocar. El señor Carbonell, jefe en la sombra de aquellos negocios hinchados y de una partida de rusos que han tomado la costa poco a poco y sin hacer ruido, de las mordidas a políticos a cambio de contratas y el hoy por ti mañana por mí, terrenos de repente urbanizables, donde la destrucción del paisaje adquiere valor de símbolo, una sociedad convulsa que ha engordado a sus bestias a través del voto, del clientelismo y del caudillaje. La construcción y la política son los únicos negocios del mundo en el que se pueden acumular todos los errores y fracasos posibles sin dejar de ganar dinero.
Los tipos como Carbonell tienen hijos medio lelos que van con la banderita de su patria en una pulsera en la muñeca, mientras su padre revienta la economía, destroza miles de empleos y evade la pasta bien lejos del país, a salvo de impuestos y otros peligros que asolan a los pringados y a la gente común. Por supuesto que el señor Carbonell está ocupándose de unos asuntos en Valencia, faltaría más.
Miré hacia el interior, y ella abrió un poco más la puerta, como invitándome a observar, o a entrar.
Había un hombre custodiando la entrada del salón, al pie de unas bonitas escaleras de madera. No era el gorila al que ya me había acostumbrado. Era más bajo (de mi estatura, más o menos) y no tan musculado, aunque tenía el rostro calmado y trabajado de los hombres sanos que llevan una vida difícil. Enseguida sentí simpatía por él, tal vez era ese discreto instinto de los semejantes que se reconocen y se respetan, puedo verlos y llegar a ser empático, por esa mirada que tienen todos, gris y velada, como el agua antes de helarse.
Ella estaba ahí, recién levantada de las sábanas pagadas por Mauricio, y custodiada por uno de sus hombres, puede que alguien prescindible a juzgar por su aspecto cansado. Ya podía suponerlo. Al jefe le gustaba tener a la chica que todos quieren tener. Subordinados, empleados, servicio, guardaespaldas y aprendices de matones, paseando sus miradas discretamente por el cuerpo que desean, por sus fantasías más prohibidas y jugosas, y al llegar la noche es él, el rey de la manada, el que posee ese mismo cuerpo. Se trata de tener lo que los otros no, follar lo que los demás quieren follarse pero no pueden. Eso es tener el control. En eso consiste el poder. Y Rubén lo había explicado muy bien anoche, mirando a una de esas señoras de pechos vacunos del brazo de tipos canosos y hepáticos: “Son putas, flores de loto que se abren sobre la charca maloliente de la opulencia”.
—Pues es una lástima, porque yo también tengo un asunto del que ocuparme. No estoy seguro de que mi amigo esté por ahí encamado con alguna fulana.
—Pero ése no es nuestro problema, tal vez tú deberías encamarte con alguien y dejar de molestar tanto, porque te veo demasiado últimamente.
Había una ligera nota de desprecio en su voz. El hombre se acercó un poco a la puerta y me miró, protocolario y casi indiferente.
—¿Deseas algo más de aquí? Ya te han dicho que el señor Carbonell no está, él se pondrá en contacto contigo, y ya lo sabrás, cuando llegue la ocasión.
Tenía estilo para amenazar, y aquello sin duda lo era. “No te preocupes que él te encontrará si quiere encontrarte, si es que das muchos problemas”, era lo que escondía aquellas palabras. Noté clavados los ojos de ella.
—Me horroriza hacer de duro —le contesté—, pero no temo a Carbonell, ni a doce como él.
—Lárgate, amigo.
Se pasó la lengua por los labios. Como una pequeñita serpiente.
—Pensaba que me iban a invitar a almorzar. Ésta no es manera de tratar a las visitas.
Adoptó una expresión más fría y dura, precedida de una sonrisa siniestra.
—Claro, pasa —dijo haciendo un gesto de invitación con el brazo.
Quería tenerme en la amplitud del recibidor, más al alcance, más en campo abierto, por así decirlo. Ya no podía volverme atrás, y era una lástima porque en realidad él no me había hecho nada malo, sólo era un asalariado cumpliendo con su obligación. Al entrar en el recibidor sentí el frescor del aire acondicionado y también el bulto que sobresalía detrás de su pantalón. Se puso delante de mí, cerca de las escaleras, y ella quedó a un lado, expectante.
Observé la entrada, magnífica y ostentosa, con unas escaleras que comunicaban con las plantas superiores.
—Bonita chabola. ¿La ha pagado jugando a las quinielas?
El tipo me observó como el que mira un trozo de carne colgado de un gancho.
—Pocos entran aquí que no hayan sido invitados previamente por Mauricio. Tú eres una excepción, ¿qué crees que pasará? Nos vamos a divertir, ¿eh?
—Dímelo tú —le apremié mientras me aposentaban bien en el suelo, los pies en posición.
Morir no es muy grave. Matar tampoco lo es. Todo depende del fin y del motivo. Morir por algo que merezca la pena o porque has perdido por completo la esperanza, y matar por sobrevivir o porque es tu puñetero y jodido oficio, o un inconveniente necesario.
Aquel inconveniente tendría que ser un imprevisto a asumir. Sentí el tacto frío de la culata de mi pistola, mi Llama M-82 vieja pero fiable, tocándola disimuladamente por dentro de la chaqueta. Vi como él también hacia un ligero movimiento hacia detrás de su pantalón. Intentaba adivinar en él algún atisbo de duda, pero tenía la expresión de un hombre que ya espera muy poco de la vida.
Tal vez disparando fuera más rápido yo, o tal vez no, por lo que me interesaba buscar el cuerpo a cuerpo. Ella observaba toda la escena, y se leía en sus ojos una expresión de intensa satisfacción. Si me iban a disparar, no quería que fuera hoy, y morir vulnerable y débil ante su mirada.
—¿Crees que hay otra manera de solucionarlo, amigo?
Se encogió de hombros y se remangó la camisa mientras avanzaba hacia mí. Un tipo práctico, me gustaba. Hice el movimiento para quitarme la chaqueta pero atacó rápidamente con dos puñetazos certeros que me sorprendieron a medias: tuve la suerte de esquivar uno y el otro me dio en el mentón, y a punto estuvo de tirarme. Era rápido pese a su apariencia. Le sonreí mientras me rascaba la barbilla magullada. No estaba mal, pero no le iba a permitir que me sorprendiera de nuevo. Cuando amartilló demasiado su brazo derecho para irse con todo el peso hacia adelante, hice un movimiento lateral y con mi mano izquierda rodee su nuca, como una palma que acaricia una cabeza, y atrayéndolo hacia mí, lancé a la vez el codo contra su rostro formando un ángulo de 90 grados, hundiéndoselo en mitad de la cara. La sangre brotó de la nariz de forma escandalosa. Al principio se sintió aturdido, pero después la conmoción fue dando paso a la ira y echó mano a su arma oculta. Sabía que no existía otra manera. No era posible. Saqué la pistola de la sobaquera y, cuando ya me había casi encañonado con su automática del 32, disparé tres veces consecutivas sobre su pecho, desplomándose con un sonido ronco.
Me abrió la puerta ella, en un camisón claro y descalza, mirándome en silencio con esos impresionantes ojos oscuros. Podía percibir su característico perfume. Vaya una sorpresa.
—Vengo a ver a tu jefe —le dije sin quitar la vista de su rostro— Mauricio Carbonell. Creo que ya sabes de qué te hablo, encanto, haz el favor de llamarle.
—El señor Carbonell está ocupándose de unos asuntos en Valencia —dijo con una sonrisa altiva.
Claro, cómo no, ahora que el lodazal se ha inundado demasiado y empieza a desprender olor, cuando tienen a Fabra y a los demás cubiertos de mierda y algún juez impenitente y díscolo no ha entendido que hay cosas que son mejor no tocar. El señor Carbonell, jefe en la sombra de aquellos negocios hinchados y de una partida de rusos que han tomado la costa poco a poco y sin hacer ruido, de las mordidas a políticos a cambio de contratas y el hoy por ti mañana por mí, terrenos de repente urbanizables, donde la destrucción del paisaje adquiere valor de símbolo, una sociedad convulsa que ha engordado a sus bestias a través del voto, del clientelismo y del caudillaje. La construcción y la política son los únicos negocios del mundo en el que se pueden acumular todos los errores y fracasos posibles sin dejar de ganar dinero.
Los tipos como Carbonell tienen hijos medio lelos que van con la banderita de su patria en una pulsera en la muñeca, mientras su padre revienta la economía, destroza miles de empleos y evade la pasta bien lejos del país, a salvo de impuestos y otros peligros que asolan a los pringados y a la gente común. Por supuesto que el señor Carbonell está ocupándose de unos asuntos en Valencia, faltaría más.
Miré hacia el interior, y ella abrió un poco más la puerta, como invitándome a observar, o a entrar.
Había un hombre custodiando la entrada del salón, al pie de unas bonitas escaleras de madera. No era el gorila al que ya me había acostumbrado. Era más bajo (de mi estatura, más o menos) y no tan musculado, aunque tenía el rostro calmado y trabajado de los hombres sanos que llevan una vida difícil. Enseguida sentí simpatía por él, tal vez era ese discreto instinto de los semejantes que se reconocen y se respetan, puedo verlos y llegar a ser empático, por esa mirada que tienen todos, gris y velada, como el agua antes de helarse.
Ella estaba ahí, recién levantada de las sábanas pagadas por Mauricio, y custodiada por uno de sus hombres, puede que alguien prescindible a juzgar por su aspecto cansado. Ya podía suponerlo. Al jefe le gustaba tener a la chica que todos quieren tener. Subordinados, empleados, servicio, guardaespaldas y aprendices de matones, paseando sus miradas discretamente por el cuerpo que desean, por sus fantasías más prohibidas y jugosas, y al llegar la noche es él, el rey de la manada, el que posee ese mismo cuerpo. Se trata de tener lo que los otros no, follar lo que los demás quieren follarse pero no pueden. Eso es tener el control. En eso consiste el poder. Y Rubén lo había explicado muy bien anoche, mirando a una de esas señoras de pechos vacunos del brazo de tipos canosos y hepáticos: “Son putas, flores de loto que se abren sobre la charca maloliente de la opulencia”.
—Pues es una lástima, porque yo también tengo un asunto del que ocuparme. No estoy seguro de que mi amigo esté por ahí encamado con alguna fulana.
—Pero ése no es nuestro problema, tal vez tú deberías encamarte con alguien y dejar de molestar tanto, porque te veo demasiado últimamente.
Había una ligera nota de desprecio en su voz. El hombre se acercó un poco a la puerta y me miró, protocolario y casi indiferente.
—¿Deseas algo más de aquí? Ya te han dicho que el señor Carbonell no está, él se pondrá en contacto contigo, y ya lo sabrás, cuando llegue la ocasión.
Tenía estilo para amenazar, y aquello sin duda lo era. “No te preocupes que él te encontrará si quiere encontrarte, si es que das muchos problemas”, era lo que escondía aquellas palabras. Noté clavados los ojos de ella.
—Me horroriza hacer de duro —le contesté—, pero no temo a Carbonell, ni a doce como él.
—Lárgate, amigo.
Se pasó la lengua por los labios. Como una pequeñita serpiente.
—Pensaba que me iban a invitar a almorzar. Ésta no es manera de tratar a las visitas.
Adoptó una expresión más fría y dura, precedida de una sonrisa siniestra.
—Claro, pasa —dijo haciendo un gesto de invitación con el brazo.
Quería tenerme en la amplitud del recibidor, más al alcance, más en campo abierto, por así decirlo. Ya no podía volverme atrás, y era una lástima porque en realidad él no me había hecho nada malo, sólo era un asalariado cumpliendo con su obligación. Al entrar en el recibidor sentí el frescor del aire acondicionado y también el bulto que sobresalía detrás de su pantalón. Se puso delante de mí, cerca de las escaleras, y ella quedó a un lado, expectante.
Observé la entrada, magnífica y ostentosa, con unas escaleras que comunicaban con las plantas superiores.
—Bonita chabola. ¿La ha pagado jugando a las quinielas?
El tipo me observó como el que mira un trozo de carne colgado de un gancho.
—Pocos entran aquí que no hayan sido invitados previamente por Mauricio. Tú eres una excepción, ¿qué crees que pasará? Nos vamos a divertir, ¿eh?
—Dímelo tú —le apremié mientras me aposentaban bien en el suelo, los pies en posición.
Morir no es muy grave. Matar tampoco lo es. Todo depende del fin y del motivo. Morir por algo que merezca la pena o porque has perdido por completo la esperanza, y matar por sobrevivir o porque es tu puñetero y jodido oficio, o un inconveniente necesario.
Aquel inconveniente tendría que ser un imprevisto a asumir. Sentí el tacto frío de la culata de mi pistola, mi Llama M-82 vieja pero fiable, tocándola disimuladamente por dentro de la chaqueta. Vi como él también hacia un ligero movimiento hacia detrás de su pantalón. Intentaba adivinar en él algún atisbo de duda, pero tenía la expresión de un hombre que ya espera muy poco de la vida.
Tal vez disparando fuera más rápido yo, o tal vez no, por lo que me interesaba buscar el cuerpo a cuerpo. Ella observaba toda la escena, y se leía en sus ojos una expresión de intensa satisfacción. Si me iban a disparar, no quería que fuera hoy, y morir vulnerable y débil ante su mirada.
—¿Crees que hay otra manera de solucionarlo, amigo?
Se encogió de hombros y se remangó la camisa mientras avanzaba hacia mí. Un tipo práctico, me gustaba. Hice el movimiento para quitarme la chaqueta pero atacó rápidamente con dos puñetazos certeros que me sorprendieron a medias: tuve la suerte de esquivar uno y el otro me dio en el mentón, y a punto estuvo de tirarme. Era rápido pese a su apariencia. Le sonreí mientras me rascaba la barbilla magullada. No estaba mal, pero no le iba a permitir que me sorprendiera de nuevo. Cuando amartilló demasiado su brazo derecho para irse con todo el peso hacia adelante, hice un movimiento lateral y con mi mano izquierda rodee su nuca, como una palma que acaricia una cabeza, y atrayéndolo hacia mí, lancé a la vez el codo contra su rostro formando un ángulo de 90 grados, hundiéndoselo en mitad de la cara. La sangre brotó de la nariz de forma escandalosa. Al principio se sintió aturdido, pero después la conmoción fue dando paso a la ira y echó mano a su arma oculta. Sabía que no existía otra manera. No era posible. Saqué la pistola de la sobaquera y, cuando ya me había casi encañonado con su automática del 32, disparé tres veces consecutivas sobre su pecho, desplomándose con un sonido ronco.
Ella se acercó al cuerpo que emitía ese imperceptible aliento que precede al
estertor final, y se inclinó sobre él.
—Has elegido un rumbo del que ya no puedes regresar.
Guardé de nuevo el arma en su lugar.
—¿A éste también te lo tirabas?
Se acercó a mí con una furiosa amenaza en el rostro, y alzó la mano para abofetearme justo cuando yo se la sujeté.
—Eres demasiado guapa para echarte a perder en este ambiente —le dije mientras echaba para atrás su brazo, y ella apenas emitió un ahogado quejido.
—Tú eres muy guapo para ser un matón. Y también muy viejo —susurró.
—El tipo al que tuve que disparar no parecía más joven que yo. Ni tampoco Mauricio lo es.
Antes de que fuera del todo consciente de la situación se había recostado en mi hombro y me mordía la boca apasionadamente.
—Hablas demasiado, guerrero.
Sus labios ardientes quemaban como el hielo. Su lengua se apretaba contra mis dientes. Sabía lo que era, un intento de hacerme vulnerable, de conocerme mejor, de saber por dónde respira el hombre que le busca las vueltas a Mauricio Carbonell, mejor tenerme cerca que lejos. Pero no me importaba. El olor de su cuerpo era una invitación a la lujuria, y a veces uno labra consciente sus propios caminos, aunque le lleven al abismo. Me arrastró hasta el sofá del salón mientras yo empezaba a despojarla de su camisón.
—Has elegido un rumbo del que ya no puedes regresar.
Guardé de nuevo el arma en su lugar.
—¿A éste también te lo tirabas?
Se acercó a mí con una furiosa amenaza en el rostro, y alzó la mano para abofetearme justo cuando yo se la sujeté.
—Eres demasiado guapa para echarte a perder en este ambiente —le dije mientras echaba para atrás su brazo, y ella apenas emitió un ahogado quejido.
—Tú eres muy guapo para ser un matón. Y también muy viejo —susurró.
—El tipo al que tuve que disparar no parecía más joven que yo. Ni tampoco Mauricio lo es.
Antes de que fuera del todo consciente de la situación se había recostado en mi hombro y me mordía la boca apasionadamente.
—Hablas demasiado, guerrero.
Sus labios ardientes quemaban como el hielo. Su lengua se apretaba contra mis dientes. Sabía lo que era, un intento de hacerme vulnerable, de conocerme mejor, de saber por dónde respira el hombre que le busca las vueltas a Mauricio Carbonell, mejor tenerme cerca que lejos. Pero no me importaba. El olor de su cuerpo era una invitación a la lujuria, y a veces uno labra consciente sus propios caminos, aunque le lleven al abismo. Me arrastró hasta el sofá del salón mientras yo empezaba a despojarla de su camisón.