Cuando una
historia llama a tu puerta, es muy difícil hacer como que no estás en casa. La
única labor de la persona que escribe es tener algo que contar, algo que se le
sale ya por las costuras, y hacerlo de la mejor manera posible.
La necesidad de transmitir, de poner sobre papel ideas, fantasías, pensamientos y escenas, es la materia primigenia de esta novela corta, y la forma de llevarlo a cabo es lo que trataré de analizar, después de haberme servido muchas veces la guía epistolar de Mario Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, donde leí algo que tuve claro para ‘Ojos Negros’, y es que el escritor debe ser “un sociólogo detallista, observador riguroso de los tipos humanos, las costumbres, las rutinas cotidianas, el trabajo, las fiestas, los prejuicios, los atuendos, las creencias (…)” y que “Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción”.
De esta manera, sólo puedo ver el trabajo como un camino a la mejora, teniendo en cuenta que escribo desde que tengo uso de razón y fui capaz de ello, y que hasta el momento presente puedo decir, con modestia pero con orgullo, que me he movido en una constante evolución; por ello considero esta novelita corta una obra más “madura” con respecto a ‘Memoria de trinchera’, e incorporo las reflexiones de los personajes acorde a la sociedad y a sus pensamientos, dotando de ambigüedad y verosimilitud a estos personajes, que son vistos por la radiografía del narrador, alguien del que nunca se dice el nombre, pues puede operar como un cronista general de nuestro tiempo, un curtido espectador tras el cristal que analiza una sociedad convulsa atravesada por la gangrena de la corrupción, la violencia, la impunidad, la paulatina pérdida de valores, y donde lo honorable y lo abyecto se dan la mano, confundiendo muchas veces las fronteras; el sexo entendido como una manifestación de violencia, huida o catarsis, así como sus personajes son y reflejo de ellos mismos; la memoria y la pérdida de las inocencias, el precio del inapelable paso del tiempo, realidad y ficción bebiendo del mismo vaso, la intuición y el conocimiento del autor tratando de hacer un relato de nuestra realidad, con trampas y silencios, pero de una sinceridad abrumadora, casi obscena, para encarar aspectos tan delicados como inaplazables, y abordarlos sin reticencias ni pudor, como diría algún compadre, “hablando claro”.
Y es ese premeditado tono descarnado el que quise que fuera la seña de identidad de esta obra, dispuesto a ser un delator de las miserias morales, de la hipocresía en las relaciones, las caretas de determinados ambientes en aburridas figuras pedestres y convencionales y el uso egoísta que a menudo las personas hacen unas de otras.
En ‘Ojos Negros’ quise, y no sé si lo he logrado, plasmar todo un torrente caótico de recuerdos, sensaciones, reflexiones, emociones, de prosa quebrada y sin excesivas licencias poéticas, explorando y descubriendo. Explorándome y descubriéndome. Con un novedoso tratamiento de la intuición, la sensibilidad, la técnica, la forma y el discurso.
En ella hay unas influencias y un homenaje implícito (de Serie B, claro) a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Rafael Chirbes, James Ellroy, Pérez-Reverte, Dennis Lehanne o Anaïs Ninn. De nuevo aquí, los vivos se mezclan con los muertos, en el único terreno, el sueño eterno de la literatura, en que es posible que ambos vayan de la mano.
La estructura narrativa debe ser pensada desde antes de empezar a escribir, y yo tenía en la cabeza la trama y su distribución a lo largo de los capítulos, partía ya con todo ello “atado y bien atado”, de la misma manera que la escaleta de un guionista antes de ponerse con la versión literaria. La improvisación puede funcionar para el hip hop, pero no para el terreno de la escritura. Embarcarse en una empresa como ésta sin tener claro adónde quieres ir, a ciegas y sólo confiando en el instinto o el talento, es la mejor garantía de perderse.
Tras el resultado de toda escritura, sea regular, bueno o simplemente aceptable, hay detrás un gran trabajo intelectual, las historias nacen de la imaginación, de la experiencia, pero sobre todo de lo que uno ha vivido y leído.
Es alarmante que a veces uno se encuentre con personas que manifiestan su deseo de escribir, de ser algún día periodistas o escritores, pero que no leen con asiduidad, que no controlan los mecanismos estructurales ni conocen las grandes obras de los autores más destacados. Es como querer ser arquitecto y no sentir ningún interés por el dibujo. Una vocación literaria sin el hábito de la lectura o el amor a la palabra es una empresa inútil, un sueño incapaz y estéril abocado al fracaso. Y, con todo ello, nadie puede enseñar a otro a crear; a lo más, a escribir y leer. El resto, se lo enseña uno a sí mismo, como en la vida, tropezando, cayéndose y levantándose, sin cesar.
Durante el proceso de creación de la novela recibí encantado comentarios de mis amigos, de mi pareja, de familiares, de lectores desconocidos que seguían los capítulos y se ponían en contacto conmigo para manifestar su entusiasmo.
Y aquí me obligué a que se impusiera la terquedad y la disciplina a la falta de tiempo, muchas veces retrasando la salida de nuevos capítulos por no disponer del momento adecuado para ponerme a escribirlo, a pesar de que en mi cabeza sabía plenamente el desarrollo del mismo.
La actividad creadora, la aventura ficticia, es fascinante y hermosa; sólo desde el profundo amor a lo que hacemos, la humildad, el interés intelectual y el respeto al mundo de las palabras, podemos disfrutar de ello, con una dosis de disciplina y una pizca de locura, y al final, releer y sentirse orgulloso de la criatura concebida, poder decir, indistintamente del resultado, cobremos o no, nos lean o no: yo escribí esto, ésta es mi creación. Éste es mi legado.
La necesidad de transmitir, de poner sobre papel ideas, fantasías, pensamientos y escenas, es la materia primigenia de esta novela corta, y la forma de llevarlo a cabo es lo que trataré de analizar, después de haberme servido muchas veces la guía epistolar de Mario Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, donde leí algo que tuve claro para ‘Ojos Negros’, y es que el escritor debe ser “un sociólogo detallista, observador riguroso de los tipos humanos, las costumbres, las rutinas cotidianas, el trabajo, las fiestas, los prejuicios, los atuendos, las creencias (…)” y que “Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción”.
De esta manera, sólo puedo ver el trabajo como un camino a la mejora, teniendo en cuenta que escribo desde que tengo uso de razón y fui capaz de ello, y que hasta el momento presente puedo decir, con modestia pero con orgullo, que me he movido en una constante evolución; por ello considero esta novelita corta una obra más “madura” con respecto a ‘Memoria de trinchera’, e incorporo las reflexiones de los personajes acorde a la sociedad y a sus pensamientos, dotando de ambigüedad y verosimilitud a estos personajes, que son vistos por la radiografía del narrador, alguien del que nunca se dice el nombre, pues puede operar como un cronista general de nuestro tiempo, un curtido espectador tras el cristal que analiza una sociedad convulsa atravesada por la gangrena de la corrupción, la violencia, la impunidad, la paulatina pérdida de valores, y donde lo honorable y lo abyecto se dan la mano, confundiendo muchas veces las fronteras; el sexo entendido como una manifestación de violencia, huida o catarsis, así como sus personajes son y reflejo de ellos mismos; la memoria y la pérdida de las inocencias, el precio del inapelable paso del tiempo, realidad y ficción bebiendo del mismo vaso, la intuición y el conocimiento del autor tratando de hacer un relato de nuestra realidad, con trampas y silencios, pero de una sinceridad abrumadora, casi obscena, para encarar aspectos tan delicados como inaplazables, y abordarlos sin reticencias ni pudor, como diría algún compadre, “hablando claro”.
Y es ese premeditado tono descarnado el que quise que fuera la seña de identidad de esta obra, dispuesto a ser un delator de las miserias morales, de la hipocresía en las relaciones, las caretas de determinados ambientes en aburridas figuras pedestres y convencionales y el uso egoísta que a menudo las personas hacen unas de otras.
En ‘Ojos Negros’ quise, y no sé si lo he logrado, plasmar todo un torrente caótico de recuerdos, sensaciones, reflexiones, emociones, de prosa quebrada y sin excesivas licencias poéticas, explorando y descubriendo. Explorándome y descubriéndome. Con un novedoso tratamiento de la intuición, la sensibilidad, la técnica, la forma y el discurso.
En ella hay unas influencias y un homenaje implícito (de Serie B, claro) a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Rafael Chirbes, James Ellroy, Pérez-Reverte, Dennis Lehanne o Anaïs Ninn. De nuevo aquí, los vivos se mezclan con los muertos, en el único terreno, el sueño eterno de la literatura, en que es posible que ambos vayan de la mano.
La estructura narrativa debe ser pensada desde antes de empezar a escribir, y yo tenía en la cabeza la trama y su distribución a lo largo de los capítulos, partía ya con todo ello “atado y bien atado”, de la misma manera que la escaleta de un guionista antes de ponerse con la versión literaria. La improvisación puede funcionar para el hip hop, pero no para el terreno de la escritura. Embarcarse en una empresa como ésta sin tener claro adónde quieres ir, a ciegas y sólo confiando en el instinto o el talento, es la mejor garantía de perderse.
Tras el resultado de toda escritura, sea regular, bueno o simplemente aceptable, hay detrás un gran trabajo intelectual, las historias nacen de la imaginación, de la experiencia, pero sobre todo de lo que uno ha vivido y leído.
Es alarmante que a veces uno se encuentre con personas que manifiestan su deseo de escribir, de ser algún día periodistas o escritores, pero que no leen con asiduidad, que no controlan los mecanismos estructurales ni conocen las grandes obras de los autores más destacados. Es como querer ser arquitecto y no sentir ningún interés por el dibujo. Una vocación literaria sin el hábito de la lectura o el amor a la palabra es una empresa inútil, un sueño incapaz y estéril abocado al fracaso. Y, con todo ello, nadie puede enseñar a otro a crear; a lo más, a escribir y leer. El resto, se lo enseña uno a sí mismo, como en la vida, tropezando, cayéndose y levantándose, sin cesar.
Durante el proceso de creación de la novela recibí encantado comentarios de mis amigos, de mi pareja, de familiares, de lectores desconocidos que seguían los capítulos y se ponían en contacto conmigo para manifestar su entusiasmo.
Y aquí me obligué a que se impusiera la terquedad y la disciplina a la falta de tiempo, muchas veces retrasando la salida de nuevos capítulos por no disponer del momento adecuado para ponerme a escribirlo, a pesar de que en mi cabeza sabía plenamente el desarrollo del mismo.
La actividad creadora, la aventura ficticia, es fascinante y hermosa; sólo desde el profundo amor a lo que hacemos, la humildad, el interés intelectual y el respeto al mundo de las palabras, podemos disfrutar de ello, con una dosis de disciplina y una pizca de locura, y al final, releer y sentirse orgulloso de la criatura concebida, poder decir, indistintamente del resultado, cobremos o no, nos lean o no: yo escribí esto, ésta es mi creación. Éste es mi legado.
Roberto Hernández Granda Madrid. Diciembre 2015

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