domingo, 28 de junio de 2015

CAPÍTULO I

Al asomarme me di cuenta que, sin duda, era uno de esos lugares en los que Santillana podía haber acabado, pero a mí personalmente me repelen el tipo de antros que ya huelen a una mezcla de sudor y humedad enclaustrada cuando apenas es media tarde. Crucé el umbral de la oscuridad, atravesé el estrecho pasillo y me planté en una de las butacas de la barra. El calor allí dentro era más sofocante, como si el ambiente enrarecido y viciado elevara aún más la sensación térmica que ya de por sí ofrece una ciudad al límite de contaminación y mierda, donde las personas se arrastran pesadamente con círculos en las camisas, huellas de la sudoración.
Sólo había en el bar un hombre cabizbajo con un jersey ridículamente pequeño, sentado a una de las mesas, enfrascada la mirada miope en un periódico manchado con pequeños lamparones de grasa. Entonces sentí en la nariz esa fragancia, el olor de un perfume que no había percibido nunca, ni en los ambientes más selectos ni en las casas de putas que por obligación a veces tuve que frecuentar. Quise saber a quién correspondía ese aroma suave y dulce que no era capaz de identificar. Ella tenía unos ojos oscuros e intensos que me miraban desde el otro lado de la barra, donde apareció fumando un cigarrillo, lo que confrontaba directamente con la legislación vigente, y cuando se acercó a atenderme, reflexioné que ese bar era tan adecuado para una chica así de la misma manera que un cerdo con un diente de oro. Qué poco aprovechada está bajo esta penumbra y esta sordidez, pensé. Como si su luz propia fuera una pérdida de recursos y talentos en un escenario tan miserablemente poco acorde. Pero tampoco estaría bien en una de esas discotecas de diseño donde detrás de la barra trabajan amargadas y sonrientes maniquíes de súper lujo, autómatas descerebradas e idénticas creadas para ser mostradas y envidiadas por el bebedor carenciado, en locales donde todo es apariencia, luminosidad que se levanta sobre el negro hueco de la nada.

Pedí una cerveza y pude sentir el terso y fugaz tacto de su piel cuando su mano rozó con la mía, mientras me acercaba el botellín con gotitas de frío líquido alrededor del vidrio.
Le mostré la foto de Santillana, su cara de buen chico, tan guapo que las mujeres en los bares se giraban a mirarle, incluso aquellas que iban acompañadas o pendían del brazo de cualquier maromo con más pasta y más poder. No me extrañaría que algún marido celoso le hubiera dado pasaporte al adorable indeseable.
—No habrás visto a este chico por aquí, por casualidad, ¿verdad? —le dije estirando el brazo con la estampa.
Ella observó de reojo y negó con la cabeza, mientras me echaba el humo en la cara, puede que sin querer, puede que no.
—Pasa mucha gente por aquí, no pensará usted que los conozco a todos, señor agente.
Su mirada en gélida y penetrante, casi intimidatoria. Y además no parecía ser la primera vez que lidiaba con personal de la ley o que respondía preguntas, teniendo en cuenta que creía que era de la Policía.
—No soy policía, haz el favor de volver a mirar la fotografía, si no te importa.
Mi tono era más imperativo, no era tanto que me confundiera con un madero y aún así le diera igual como que quisiera tomarme el pelo. Algo me decía que Sergio había acabado allí la noche, ya que Carolina me dijo que fue el último sitio en el que le vieron. 
Apagó con fuerza el cigarro sobre la barra, y supe desde ese momento que ella empezaba a detestarme.
—Ya te he dicho que no lo conozco, me gustaría que no me molestaras. Busca a tu amigo por otra parte —su voz era dura y sensual a la vez, y me hizo sonreír, como si los hombres sintiéramos excitación cuando una mujer se nos pone firmes.

Apareció detrás de mí, como si estuviera ya allí desde el principio y no me hubiera percatado, uno de los tipos más grandes que había visto jamás. Estimé que sería al menos dos cabezas y media más alto que yo y con una espalda como el armario ropero el que mi ex mujer guardaba todos sus abrigos. Un auténtico mostrenco sin la barriga desproporcionada que acostumbran algunos gorilas de puertas que descuidan su salud. Era enorme pero compacto y musculado.
—La chica ya te dijo que no sabe nada, así que largo —inquirió mientras apoyaba su zarpa sobre mí.
Sentí ese impulso inicial de ponerme en guardia en cuanto posó la manaza, una mano en la que hubiera podido sentarme, sobre mi hombro. Aquella hermosura ostentaba un rostro de tener amigos los justos, los ojos grandes y fríos y una de las características narices que guardan los recuerdos de viejas fracturas y que yo tantas veces había visto. Una cicatriz de unos tres centímetros le cruzaba en diagonal parte de la sien derecha.
Valoré opciones y posibilidades, escrutándole el rostro con el viejo instinto con el que mentalmente calculé el espacio que separaba mi mano derecha de la cerveza, pero a tenor por los regalos que la vida le había ido desparramando por la cara, no sería la primera vez que le partían una botella, y no parecía que fuera de ser suficiente. Tal vez si conseguía adelantarme podría sorprenderle directamente al mentón y luego patear con fuerza su entrepierna, con la fortuna necesaria para dejarle lastrado sobre las rodillas y poder reventarle el taburete en ese lomo desproporcionado. El viejo olfato profesional y antiguos reflejos de veterano me hicieron cavilar que si hacía el amago de iniciar un movimiento y él adivinaba las intenciones, si era capaz de anticiparse y sacarme a bailar primero, entonces ya podía darme por sacramentado.

De reojo observé cómo el tipo miope del jersey usaba sus flácidas piernas para abrirse de allí más presto que lento, dejando el periódico despanzurrado sobre la mesa.
Qué cojones, pensé, si Sergio Santillana ni siquiera me caía bien. No merecía la pena que a uno lo aventaran por alguien como Sergio, pero el tono con que la chica de la barra y el gigante que había surgido del suelo se habían dirigido a mí no me gustaba un pelo, allí había algo más que mugre y clientes sin vista, y eso era tan evidente que hasta alguien retirado y desentrenado como yo podía darse cuenta. 
La próxima vez vendré con la carraca encima y si aparece el animal de bellota le meto dos balazos en el pecho sin tiempo a que diga madre mía ni madre de dios, o lo que sea que dicen los cachorros de 120 kilos cuando les funden los plomos y se quedan vistos para sentencia. 
Les dirigí a ambos una mirada de soslayo y una sonrisa irónica antes de caminar hacia la puerta.
Salí de allí, al sol de media tarde, sin poder dejar de pensar en aquellos profundos y misteriosos ojos negros, oscuros como la muerte.

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