El teléfono
timbró mi cabeza como un taladro que perfora una pared. Las diez de la mañana
no eran horas para llamar a una casa decente. Pero la mía no la era, así que
aguanté como pude las ganas de lanzar el aparato contra el suelo, y me dispuse
a oír la siempre levemente ronca voz de Carolina.
—¿Qué tienes? —inquirí sin más preámbulos.
—Tu voz suena como si te hubieras entretenido hasta bien tarde.
Miré la botella de Wild Turkey que estaba mediada sobre la mesita de noche, el vaso volcado sobre la lamparilla. La habitación estaba en un casi planificado desorden, y eso me irritaba, ya que no me gusta ir evidenciando que algo puede que falle en mí. Al final exponemos nuestros estados internos en el exterior, reflejo de lo que somos, igual que uno puede intuir cómo es esa persona a raíz de los amigos y lealtades que ha elegido, del entorno en el que se relaciona, de cómo decora su casa, el color de su coche o de la mujer que le acompaña. Estamos lanzando señales continuamente, adelantos de nuestra personalidad, como ese olor a algas y salitre que anuncia el inicio del verano, igual que los hombres solteros desprenden un fulgor especial, de berrea de venado en primavera, de perros en celo.
Uno puede saber cómo se siente cualquier tipo que cena a su lado en el restaurante, sólo con ver la manera en que mira a su pareja, la forma de tomarle la mano, el vino que pide o sus gestos a la hora de leer y pagar la cuenta.
Similar a como aprendimos a adivinar el miedo en el otro, sus reacciones faciales, tasando su valor o sus inquietudes, en Kosovo o en Marrakech .
Intentaba mantener un orden dentro de mi casa para también crear la apariencia de estabilidad en mi vida.
—Estoy bien.
—El local está a nombre de un tal Mauricio Carbonell.
Carolina hacía pocas preguntas y solía tener bastantes respuestas. Es cierto que nuestro acuerdo incluía que le pagaba lo suficiente para que proporcionara datos sin inmiscuirse en los porqués y paraqués.
—No me suena de nada, pero le daré una vuelta a ese nombre.
Colgué el teléfono. A estas alturas no esperaría tampoco una despedida protocolaria o cariñosa. Puede que en el fondo ella me detestara porque somos demasiado parecidos. Los iguales tienen una especia de asqueo mutuo y secreto. Normalmente, las personas no llevan bien verse reflejadas en los defectos de otro, ni comprobar que sus pasiones y bajezas, sus debilidades y miserias son iguales a las propias; y por eso, porque se conocen por dentro, se soportan tan mal; y ella compartía conmigo esa clandestina militancia en la misantropía, la fatiga por un mundo que nos sofoca y las ampollas en los pies de caminar siempre al lado de un ser humano al que por lo general despreciamos.
Demasiadas horas de oficio y kilómetros a la espalda. Carolina, al igual que Rubén, Chamorro y yo, había dejado la Agencia por la puerta de atrás después las consecuencias de aquel fatídico día de marzo de 2004, y la mantenía a mi lado para, a nuestra manera, solucionar viejas deudas con el pasado, cabos sueltes que nos chirrían, una forma de sentirse aún útiles y vivos, de seguir en activo aunque nos hubieran dado una patada. Después de todo lo que hicimos, de los que nos vimos obligados a hacer y de las noches densas como sangre coagulada. Después de tantos años, y finalmente, tantas horas trabajando o espiando a los servicios marroquíes, avisando del peligro inminente.
Me gustaba la aridez visceral de Carolina, el toque desencantado y cínico del que sólo asume su propio naufragio personal cuando el alcohol le calienta la lengua.
La madurez y la serenidad de los cuarenta, lo suelen vender así. Gente responsable, el sentido común, adultos asentados y felices. Ella se casó deslumbrada por la fragilidad cegadora del instante, sin ser consciente de la cantidad de inviernos que tendrían que sucederse después. Te comprometes pensando que estás asegurando la felicidad, apostando sobre seguro, y en realidad estás poniéndole a tu vida a la vez un principio y un fin, futuro hipotecado.
Me lo dice ella, cuando la ginebra le envalentona la desidia y le lima el carácter: “Ya no se trata de hablar, razonar, discutir, enfrentarnos; en sólo la indiferencia, la apatía. Estamos pagando esa ilusión de estabilidad que hemos mantenido durante bastantes años. Me queda aguantar sus embestidas cuando llega a casa y le apetece descargar, y poco más. Sexo mecánico, vacío, animal. Carne entrando en carne. Tú me entiendes, tú estás divorciado, y después de eso conociste a Carmen. Puede que le hayas echado más huevos que yo, lo admito, aunque también es verdad que no tienes jodida descendencia, y eso ayuda”.
Entiendo perfectamente a Carolina, no se trata de firmar un papel y aceptar en tu vida al hombre con el que compartes arandelas, sino que asumes todo lo que él trae consigo, todo lo que la firma conlleva, y es más que tener la misma pasta de dientes, es estar unidos férreamente por una trama de intereses: hijos, cuentas bancarias, armarios comunes, celebraciones familiares.
Me levanté de la cama maldiciendo el licor de importación americano, y mientras pensaba en ordenar ese pequeño caos de mi estancia, vi de reojo, como sin poder evitarlo, el marco de la foto en la que estoy con Carmen, sonriendo a la cámara como dos adolescentes deslumbrados por el resplandor del amor.
Y me sentí más grueso y abultado. La ausencia tiene su propio peso, su propia densidad, como si cobrara vida y entidad más allá de la muerte, una ausencia que trata de ser difusa y de un cariño nebuloso. Envejeces y te das cuenta que dejaste cosas por vivir junto al otro y que tú estás viviendo por él; me lo dijo ella un día que mirábamos el crepúsculo desde una cala del Egeo: “Alguna vez la vida te llevará lejos de todo esto y te darás cuenta de que has perdido el paraíso”. Y sabía que no se refería al lugar donde estábamos, el paraíso no es una localización concreta, por muy arrebatadoramente bella que sea, sino un estado, una sensación, una situación del alma. El paraíso éramos nosotros y era el vínculo que no se explica y no se divide con otros. Por eso te duelen los sitios por los que te mueves pero que ya no podrás ir en su compañía, los momentos que no se compartirán, lo que no seremos nunca; y pienso en la sangre que sigue corriendo por mis venas mientras Carmen ya está muerta, sangre que se agolpa en ciertos lugares que eran de ella, que pertenecían a la intimidad de los dos. Ausencia que te sale de dentro, de entre los pliegues de la carne. Todo ello llevado como si los años significaran algo, cuando estás viviendo de prestado, sin ningún último tren al que aferrarte cuando el que pasó en su epílogo se ha llevado todas las ilusiones, en un vagón que se aleja imparable hacia el horizonte de la existencia, transportando lejos de ti lo que poseías pero dejándote le memoria y el dolor.
Busqué los datos del tal Mauricio Carbonell. Un tipo más o menos de mi quinta. Elegante pero no agraciado en exceso, llevaba con dignidad los primeros achaques de la edad. Tenía algunas cosas a su nombre: empresas, constructoras de segunda fila, algunos restaurantes en el centro de Madrid, dos tiendas de ropa.
Qué relación tienes, pensé mirando sus archivos, con el antro en el que estuve ayer, con la joven altiva y la desaparición de Santillana. Qué relación tienes, Mauricio, con el gorila con el que casi me abro la crisma.
—¿Qué tienes? —inquirí sin más preámbulos.
—Tu voz suena como si te hubieras entretenido hasta bien tarde.
Miré la botella de Wild Turkey que estaba mediada sobre la mesita de noche, el vaso volcado sobre la lamparilla. La habitación estaba en un casi planificado desorden, y eso me irritaba, ya que no me gusta ir evidenciando que algo puede que falle en mí. Al final exponemos nuestros estados internos en el exterior, reflejo de lo que somos, igual que uno puede intuir cómo es esa persona a raíz de los amigos y lealtades que ha elegido, del entorno en el que se relaciona, de cómo decora su casa, el color de su coche o de la mujer que le acompaña. Estamos lanzando señales continuamente, adelantos de nuestra personalidad, como ese olor a algas y salitre que anuncia el inicio del verano, igual que los hombres solteros desprenden un fulgor especial, de berrea de venado en primavera, de perros en celo.
Uno puede saber cómo se siente cualquier tipo que cena a su lado en el restaurante, sólo con ver la manera en que mira a su pareja, la forma de tomarle la mano, el vino que pide o sus gestos a la hora de leer y pagar la cuenta.
Similar a como aprendimos a adivinar el miedo en el otro, sus reacciones faciales, tasando su valor o sus inquietudes, en Kosovo o en Marrakech .
Intentaba mantener un orden dentro de mi casa para también crear la apariencia de estabilidad en mi vida.
—Estoy bien.
—El local está a nombre de un tal Mauricio Carbonell.
Carolina hacía pocas preguntas y solía tener bastantes respuestas. Es cierto que nuestro acuerdo incluía que le pagaba lo suficiente para que proporcionara datos sin inmiscuirse en los porqués y paraqués.
—No me suena de nada, pero le daré una vuelta a ese nombre.
Colgué el teléfono. A estas alturas no esperaría tampoco una despedida protocolaria o cariñosa. Puede que en el fondo ella me detestara porque somos demasiado parecidos. Los iguales tienen una especia de asqueo mutuo y secreto. Normalmente, las personas no llevan bien verse reflejadas en los defectos de otro, ni comprobar que sus pasiones y bajezas, sus debilidades y miserias son iguales a las propias; y por eso, porque se conocen por dentro, se soportan tan mal; y ella compartía conmigo esa clandestina militancia en la misantropía, la fatiga por un mundo que nos sofoca y las ampollas en los pies de caminar siempre al lado de un ser humano al que por lo general despreciamos.
Demasiadas horas de oficio y kilómetros a la espalda. Carolina, al igual que Rubén, Chamorro y yo, había dejado la Agencia por la puerta de atrás después las consecuencias de aquel fatídico día de marzo de 2004, y la mantenía a mi lado para, a nuestra manera, solucionar viejas deudas con el pasado, cabos sueltes que nos chirrían, una forma de sentirse aún útiles y vivos, de seguir en activo aunque nos hubieran dado una patada. Después de todo lo que hicimos, de los que nos vimos obligados a hacer y de las noches densas como sangre coagulada. Después de tantos años, y finalmente, tantas horas trabajando o espiando a los servicios marroquíes, avisando del peligro inminente.
Me gustaba la aridez visceral de Carolina, el toque desencantado y cínico del que sólo asume su propio naufragio personal cuando el alcohol le calienta la lengua.
La madurez y la serenidad de los cuarenta, lo suelen vender así. Gente responsable, el sentido común, adultos asentados y felices. Ella se casó deslumbrada por la fragilidad cegadora del instante, sin ser consciente de la cantidad de inviernos que tendrían que sucederse después. Te comprometes pensando que estás asegurando la felicidad, apostando sobre seguro, y en realidad estás poniéndole a tu vida a la vez un principio y un fin, futuro hipotecado.
Me lo dice ella, cuando la ginebra le envalentona la desidia y le lima el carácter: “Ya no se trata de hablar, razonar, discutir, enfrentarnos; en sólo la indiferencia, la apatía. Estamos pagando esa ilusión de estabilidad que hemos mantenido durante bastantes años. Me queda aguantar sus embestidas cuando llega a casa y le apetece descargar, y poco más. Sexo mecánico, vacío, animal. Carne entrando en carne. Tú me entiendes, tú estás divorciado, y después de eso conociste a Carmen. Puede que le hayas echado más huevos que yo, lo admito, aunque también es verdad que no tienes jodida descendencia, y eso ayuda”.
Entiendo perfectamente a Carolina, no se trata de firmar un papel y aceptar en tu vida al hombre con el que compartes arandelas, sino que asumes todo lo que él trae consigo, todo lo que la firma conlleva, y es más que tener la misma pasta de dientes, es estar unidos férreamente por una trama de intereses: hijos, cuentas bancarias, armarios comunes, celebraciones familiares.
Me levanté de la cama maldiciendo el licor de importación americano, y mientras pensaba en ordenar ese pequeño caos de mi estancia, vi de reojo, como sin poder evitarlo, el marco de la foto en la que estoy con Carmen, sonriendo a la cámara como dos adolescentes deslumbrados por el resplandor del amor.
Y me sentí más grueso y abultado. La ausencia tiene su propio peso, su propia densidad, como si cobrara vida y entidad más allá de la muerte, una ausencia que trata de ser difusa y de un cariño nebuloso. Envejeces y te das cuenta que dejaste cosas por vivir junto al otro y que tú estás viviendo por él; me lo dijo ella un día que mirábamos el crepúsculo desde una cala del Egeo: “Alguna vez la vida te llevará lejos de todo esto y te darás cuenta de que has perdido el paraíso”. Y sabía que no se refería al lugar donde estábamos, el paraíso no es una localización concreta, por muy arrebatadoramente bella que sea, sino un estado, una sensación, una situación del alma. El paraíso éramos nosotros y era el vínculo que no se explica y no se divide con otros. Por eso te duelen los sitios por los que te mueves pero que ya no podrás ir en su compañía, los momentos que no se compartirán, lo que no seremos nunca; y pienso en la sangre que sigue corriendo por mis venas mientras Carmen ya está muerta, sangre que se agolpa en ciertos lugares que eran de ella, que pertenecían a la intimidad de los dos. Ausencia que te sale de dentro, de entre los pliegues de la carne. Todo ello llevado como si los años significaran algo, cuando estás viviendo de prestado, sin ningún último tren al que aferrarte cuando el que pasó en su epílogo se ha llevado todas las ilusiones, en un vagón que se aleja imparable hacia el horizonte de la existencia, transportando lejos de ti lo que poseías pero dejándote le memoria y el dolor.
Busqué los datos del tal Mauricio Carbonell. Un tipo más o menos de mi quinta. Elegante pero no agraciado en exceso, llevaba con dignidad los primeros achaques de la edad. Tenía algunas cosas a su nombre: empresas, constructoras de segunda fila, algunos restaurantes en el centro de Madrid, dos tiendas de ropa.
Qué relación tienes, pensé mirando sus archivos, con el antro en el que estuve ayer, con la joven altiva y la desaparición de Santillana. Qué relación tienes, Mauricio, con el gorila con el que casi me abro la crisma.
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