viernes, 24 de julio de 2015

CAPÍTULO III

Por la tarde telefoneé a Rubén, al que se le apodaba El catedrático. Chupado de cara, introvertido y enclenque de aspecto, pero con unas opiniones afiladas como hojas de afeitar, la mente lúcida y despierta, algo incisivo incluso, con un humor bastante particular, y yo necesitaba una mirada externa que me pusiera en perspectiva.
Se podría decir que él era la I de Inteligencia en las siglas. Muchas veces lo vi, en los ratos libres, garabateando cosas en su cuaderno, silencioso y concentrado detrás de aquellas gafas de cristal grueso. Y a veces me dejaba entrar en su mundo, conversaba conmigo, a pesar de que fui hombre de acción y no creo que haya nadie tan poco dotado como yo para pasar un pensamiento o una emoción a un papel, para hacer el recorrido desde la cabeza a la mano; esa impotencia de no poder dejar reflejo patente de una manera de creer y de sentir.
Rubén escribía, y pese a ello albergaba en su interior un duro desencanto, intenso y sombrío, un pesimismo que parecía casi una derrota o una resignación. “La escritura a este nivel tiene algo de criminal”, decía. “Matar ideas una vez que las plasmas, vomitar o echar fuera de ti algo para darle vida, una especie de eyaculación, y así estamos, llevamos 2.000 años escribiendo sobre lo mismo, actos de depredación, escritores suicidas que dejan libros para que un capullo depresivo lo admire cincuenta años después. Nunca escribiré nada como Sobre héroes y tumbas, o algo épico e histórico como La cartuja de Parma; jamás firmaré una obra maestra, y los que lo hicieron sólo son reivindicados por cuatro nostálgicos como yo, y aún así es posible que dentro de cien años nadie lea a Sabato, o lo encuentren generaciones venideras, porque es la única manera en que una persona vuelve, gente que dijo adiós en su día y sólo regresa en forma de letra impresa, libros de muerto. Se tuvo que morir García Márquez para empezar a ver a todos los imbéciles de lo oportuno con sus libros en el metro, en el parque; ésa es la manera, en la literatura al final sólo llegamos a alguien a través de la muerte.”
¿Te apetece venir a una fiesta? le dije después de los saludos y las preguntas protocolarias—. Necesito de tu inapelable punto de vista de las persona, y además es posible que tengas información jugosa para mí. ¿Aún guardas en tu cabeza esos archivos que supuestamente no existen?
—¿Es alguna fiesta decadente de los que como tú engullen copas a título de desayuno? dijo con el tono del que encarga un cortado.
No, es de gente bien, en el Wellington, ya sabes, ricos, empresarios y mafiosos.
Lo que a menudo viene a ser lo mismo.
Siempre me entendiste rápido.
Te veré antes, en el Pub James Joyce, en Alcalá musitó.
Ponte un traje.


El James Joyce es una taberna irlandesa para mitómanos del escritor que se encuentra a medias entre Cibeles y la Plaza de la Independencia. Rubén estaba sentado en un taburete de la barra, con la nariz dentro de una pinta de cerveza negra, silencioso, cuando le abordé por detrás, palmeando la chaqueta de su traje.
Te veo hecho un pincel.
Me indicó con un gesto de la cabeza una mesa en un rincón, con un grupo de seis o siete jóvenes que reían y alborotaban con voces bastante más altas de lo que Rubén consideraba tolerable. Los ojillos de mi antiguo compañero centelleaban.
Cuando entré me miraron como si fuera un bicho raro, e intercambiaron risitas entre ellos parecía afirmar dolido.
No puedo culparles.
Emborrachándose aquí y diciendo simplezas. Estaban rebuznando cosas de la Bolsa cuando tú llegaste.
Podría llegar a llevarme bien con ellos dije sonriendo.
Rubén me miro, muy serio, con aire de solemnidad. Sabía que iba a arrancarse con unos de sus discursos incontestables.
—¿Sabes lo que estaba pensando, mientras daba cuenta de esta Guinness? La generación mejor preparada de la historia. ¿Eso se dice, no? Y una mierda. En todo caso la mejor titulada. Pero nada más. Esa fiebre, ese afán por los diplomas que sólo sirven para colgar en la pared y que las viejas presuman de nietos que fueron a la universidad, pero convertidos en analfabetos con carrera, jóvenes a los que sus padres les han pagado un máster que son incapaces de comunicarse entre ellos sin faltas de ortografía, la cabeza metida todo el puto día en sus aparatos móviles y viendo esos programas de la tele de pedorras y fulanas; un campesino mexicano o boliviano tiene mejor léxico, un lenguaje más rico, que estos palurdos salidos de las mejores universidades, bobos de diseño, con licenciaturas en no sé qué y post grados en no sé cuanto, máster en empresariales, económicas, el mundo como un gran casino, trabajar ocho horas en una empresa y el resto del día pensar en fútbol y en que su novia les chupe la polla.
La capacidad de Rubén de ver y decir las cosas como son, sin adornos, roza con frecuencia la crueldad. Quince minutos después salíamos del local y seguimos por Alcalá dirección Velázquez, mientras esperábamos que el calor ofreciera alguna improbable tregua.

Era curiosa la fauna que por ahí se movía, para alguien acostumbrado a mirar y que había tenido que lidiar con tipos de todo pelaje. Realmente no me equivocaba, en el salón Claridge del Wellington se mezclaba la élite de toda la vida con nuevos ricos de postín, esa aura rancia de las apariencias y las mujeres escaparate, donde no hayas nada más que un desolador espacio vacío detrás de sus sonrisas.
El dinero lo es todo cuando no lo tienes, pero cuando lo tienes, vuelve más evidente lo que te falta. Esos subrayados que la mayoría de las veces sólo sirven para encubrir carencias: intelectuales, afectivas, de gusto, se ven reflejadas en coches ostentosos y horteras, en formas de hablar y de aparentar que no pueden camuflar lo estéril de lo pretencioso, o venciendo su inseguridad intentando despertar la inseguridad de sus amigos.
Había allí cortesanas de vocación emparejadas con tipos que les sacaban dos o tres décadas, vagina en permanente exposición que perciben el dinero a distancia igual que los grandes escualos del mar acuden al olor metálico de la sangre. Rubén, impertinente a su manera, y que yo sabía que le sacaba partido y disfrutaba como un enano siendo por un momento cómplice de ese tipo de hipocresías sociales, explicaba con su habitual parsimonia su teoría: “Esas tipas tienen el cerebro al fondo del coño, para alcanzarlo tienes que empujar mucho, normalmente si vas con un talonario atado en el ciruelo, claro que el que consigue tocárselo puede hacer con ellas lo que quiera”.
Se mezclaban aquellas buscavidas con matrimonios bien avenidos, respetables y pulcros, el tipo de vidas vacuas cuya felicidad se sustenta en una benevolente mediocridad.
Con un traje a tono que ensalzaba sus hombros y que podría ser seis tallas más grande que el mío, vi al cenutrio del bar que tan simpático había sido, las manos entrelazadas y el gesto serio del que está pasando un rato inolvidable. Caminé hacia él con una media sonrisa, mientras Rubén se entretenía con un cóctel de un color delirante.
Estás precioso.
No se molestó en responderme, torció el gesto y se apartó unos pasos, no sin antes dedicarme una mirada venenosa que hizo palpitar la cicatriz de su rostro. La criatura no quitaba los ojos de encima a un hombre bajito, modestamente elegante y locuaz que charlaba en un corrillo, unos metros más allá, y que yo enseguida identifiqué como Mauricio Carbonell.
Rubén se acercó a mí y se lo indiqué con la cabeza.
Sé quien es dijo —. Tiene algunos negocios aquí en Madrid y no anda mal de dinero, aunque no se sabe muy bien de dónde viene. Hace años estuvo implicado en algunos asuntos un tanto oscuros en la costa levantina, ya sabes, la construcción, los rusos, algún vigilante de obra que aparece muerto de la noche a la mañana, tasas que hay que pagar, protección, sobornos a políticos, esas mierdas.

Entonces sentí en la nariz el perfume, percibí aquel olor inconfundible y único, como una revelación. Me giré al tiempo que la vi caminando a unos metros, avanzando sonriente embutida en las telas de esa noche, la carne destacando sobre la blancura del vestido ajustado que resaltaba su cuerpo de mujer en plenitud, curvilíneo, sinuoso, de ánfora romana. Hembras a las que la naturaleza dota desde bien temprano con la preparación a la maternidad, así se muestra en sus pechos y sus caderas, pero los hombres ven objetos de deseo, como un reflejo lactante, y quieren colgarse y lamer de esos pechos y chupar esos pezones destinados no para ellos, sino para futuras existencias, y profanar las caderas, el templo de la vida, que están concebidas para dar a luz, pero que despiertan en el subconsciente del varón la idea de la fecundidad, de sexo en tierra feraz. 

Observé que Rubén también la miraba con brillo en sus ojos. De qué poco sirve la cultura, qué poco suaviza los deseos, los instintos; qué a duras penas los disimula.
Ahora entiendo por qué querías venir.
Los dos fuimos testigos de cómo ella se acercaba a Mauricio Carbonell y le daba un cálido beso en la mejilla, tras saludarlo efusivamente. Él reía y le posaba la mano sobre la cadera, mientras enrojecía de felicidad.
—¿Mucha mujer para él, no? Y un poco joven.
Rubén intentaba meter el dedo en la llaga.
Sígueme –le dije, mientras caminaba hacia el corrillo donde estaba Mauricio y la muchacha.
Ella me vio primero, y pude entrever un pequeño destello de curiosidad.
Ya sospechaba que no te pegaba ser camarera de ese bar.
Mi comentario hizo volverse a Carbonell, que me escrutaba confuso. Ella se dirigió al empresario.
Mauricio, éste es el caballero que fue ayer por el local de Pez preguntando por un chico desaparecido.
Se leía en sus ojos una expresión de intensa satisfacción. La muy cabrona. La observé a ella y luego intercambié miradas con él, que asintió en silencio, mirándome con ojos fríos y atentos.
Mucho gusto en conocerle mentí, seguramente mi amigo esté aún de fiesta y se haya olvidado de llamar, o se habrá fugado con alguna chica, de estos chavales nunca se sabe. Aparecerá en cualquier momento.
Rubén me tocó el hombro por detrás.
No te vas a creer a quien acabo de ver. ¿Te acuerdas aquella actriz que…
Vámonos de aquí mascullé entre dientes.

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