jueves, 17 de septiembre de 2015
CAPÍTULO X
“Para mí, escribir es otra forma más de combatir”.
Lo había dicho Rubén, que se subía las gafas de la punta de la nariz con el dedo índice. “Estar a la intemperie de la literatura como un animal sin piel”. Chamorro lo miraba en silencio, dando sorbos a su vaso, más absorto en sus propios pensamientos que en los desvaríos de El Catedrático, y yo rebatía con él.
Siempre era difícil de entender, pues tenía afirmaciones rotundas como que si no has leído tal o cual libro no podías considerarte una persona de este siglo, o que era escandaloso ir por la vida sin conocer a tal autor, y luego nos miraba como si fuésemos seres del pleistoceno, ciudadanos prosaicos apegados a la insulsa vida mundana.
Pero no podía ser verdad, la literatura no es un combate, imagino que quien escribe puede matar o resucitar personajes a su antojo, hace de sus criaturas seres incorpóreos pero con sus dificultades, sufrimientos, desesperaciones; capaces de soñar y de amar, pero el guión de la vida exigía riesgos, uno muere de verdad y no en diferido ni en la ficción, entonces sólo queda la pena del que se queda, que vive la desolación del ausente.
Y cuando te joden, te duele en carne propia, igual que dañan los golpes en el hígado, cuando crees que te han reventado por dentro, se te pincha el costado y tienes que poner cuerpo al suelo, tratando de respirar, pensando que en los siguientes días vas a mear sangre. No creo que un libro pueda dejarte sin aliento así.
Pero el que escribe es Rubén, que intenta hacernos partícipes de su pasión, aunque nos conoce y sabe que somos más hombres de hablar con las manos que con las teclas.
La literatura no nos va a salvar, eso es lo que le explico, ni mitiga la parte animal nuestra. No creo que pudiera hacer nada por Carolina y su matrimonio, nada pueden hacer por ti un puñado de escritores que llevan años criando malvas cuando pasas de la vida que discurre tranquila, marital, dejando que el tiempo cumpliera sus ciclos, a la sensación de que ha empezado a acabarse el tiempo en que uno dominaba el mundo porque dominaba cuanto ocurría entre las cuatro paredes de su casa. Cuando pierdes pie, y dejas poco a poco de tener ese control, es cuando la vida se desliza libre por la ladera peligrosa, por la pendiente de la que ya nunca más recuperas, y hacia abajo sólo hay oscuridad y miedo, impotencia y desazón.
Rubén decía que sí, que las respuestas a muchas cosas que desconocemos, incluso a la soledad, están en los libros y en el conocimiento. Imagino que, con demasiada frecuencia, esa aguza percepción de artista tendía a exagerar las cosas, a sacarlas de quicio.
Yo qué sé, a lo mejor escribir es como esas vendas que envuelven a una momia y le dan forma, y que si se deslían descubren que dentro sólo hay polvo, pura apariencia, una pura apariencia sin embargo necesaria. Puede que los que se dedican a eso encuentran un bálsamo para hacer más llevaderas sus existencias, el envoltorio necesario de una mentira.
¿Pero acaso algún libro me iba a quitar esas ganas que me asaltaban de desnudar a Virginia a toda prisa y follarla tumbándola con la cara pegada a la alfombra, o con las manos cogidas del lavabo, o de la taza del váter? Tampoco me iba a ayudar en recordarla, ya que cerraba los ojos y no conseguía ver la nariz, la cara, verla entera, desnuda, mirándola; la imaginación jugaba conmigo y no conseguía ver los rasgos de Virginia, la piel que a la mañana siguiente exhibía las huellas de la yema de mis dedos, de mis labios, de mis dientes. Los pechos morenos asomando por encima del escote cuando se agachaba a coger algo; vista desde atrás, las pantorrillas sólidas, duras, como de mantequilla recién sacada de la nevera. Y sólo pensando en eso ya tuve ganas en ese instante de morderle el cuello, de hundir la cabeza en las tetas de ella, de tenerla de nuevo aunque luego amanecería con un balazo en la cabeza, aunque fuera mi pasaporte al limbo o al infierno, vender mi alma por un pedazo del cielo de su piel.
—Tenéis que iros —dijo Rubén, mirando alternativamente a Chamorro y a mí —, largaros de aquí cuanto antes. A ser posible lejos.
Chamorro carraspeó la garganta y negó con la cabeza.
—No nos vamos a ninguna parte.
El Catedrático abrió más los ojos y me miró a mí, como buscando explicaciones, como si yo fuera responsable por los dos. Le mantuve la vista sin decir nada, dando por bueno el comentario de mi compañero.
—Os habéis cargado a dos de los suyos, Carbonell no se va a quedar parado sin más. Dos, bajados a balazos. Lo mejor es desaparecer una temporada. Ese tipo es peligroso, tiene contactos de alto nivel político, ¡tiene a la puta mafia Rusa en el bolsillo, por dios bendito!
Chamorro se movió incómodo en la silla, parecía que de un momento a otro iba a agarrar a Rubén por el cuello de la camisa.
—Cuando uno se mete en una cosa de éstas es hasta el final. Y no abandona. Si no eres peor que un animal. No nos iremos a ninguna parte.
Lo que dijo Chamorro me sonaba de algo que habíamos visto en una película, en los largos tiempos muertos cuando estábamos en el extranjero, de viaje por el mundo al servicio de la seguridad nacional, o eso nos decían.
Rubén daba la cabeza, resignado. En momento como ése es cuando agradeces contar contigo con alguien como Chamorro, tenerlo de tu parte, carne con carne. Intenté ser lo más claro posible, ya que si Rubén seguía insistiendo, temía que Chamorro le retorciera el pescuezo, aunque después de la mirada que le regaló, El Catedrático había bajado los ojos y empezaba a aceptar que tenía poco más que rascar ahí, poseía esa agudeza para detectar el peligro y escapar de él que con frecuencia caracteriza a quienes llegan a un nivel intelectual provenientes de las clases inferiores, y llevan bastante mal que alguien a quienes consideran de un nivel por debajo, les ponga la mano encima.
—Vamos a matar a Mauricio Carbonell —le dije, sin hacer hincapié ni énfasis en el verbo ‘matar’.
Rubén ya se dirigía a mí.
—Esto no es como cuando estabais en activo, que teníamos el respaldo de la Agencia y los recursos que nos ponía el Gobierno, con toda una infraestructura y un equipo detrás. Si hacéis esto estáis solos, lo haréis por vuestra cuenta. Y sabéis tan bien como yo que muchos de los millonarios rusos afincados en España tras la caída del telón de acero no sólo venían a invertir en sol y playa. Recordad las jodidas operaciones Avispa y Troika. Carbonell ha cogido fielmente los restos que quedaron de aquello.
—Me hago cargo —le puntialicé mientras me levantaba.
Chamorro terminó su copa y se retiró mientras le dedicaba una mirada a Rubén, sonriendo.
—Tranquilo gafitas, no te vamos a pedir que vengas con nosotros.
Rubén pareció ruborizarse, y apretó los labios mientras enrojecía, tal vez brotando algo de íntimo orgullo herido.
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