Chamorro bebía despacio un vaso de Cardhu
con hielo, sentados en unas de las jaimas de la terraza del Sheraton Mirasierra,
que era adonde la mujer que tenía Rubén de contacto nos había mandando, revelando
que allí estaría Virginia, cenando con un conocido político.
Imagino que antes de reunirse con Carbonell, él envía a su chica, o su puta, o tal vez el propio político la había pedido explícitamente, favores para cerrar negocios, mercancía como moneda de cambio, tratos que se llevan a cabo si hay alcohol y hembras hermosas, si hay dinero y si uno es agasajado con una buena cena en un sitio exclusivo. Luego nunca pagan la cuenta, los maîtres les hacen la pelota, los conocen, los miman.
La noche tenía una temperatura agradable, y miraba el agua parada del estanque de la terraza del hotel. Mi amigo tenía en los ojos el reflejo de ese agua, y hablaba despacio sobre incursiones y recuerdos, algunos de los cuales yo conocía y otros sonaban lejanos y melancólicos, casi como una alegoría del tiempo, esos relatos que no deja clara la frontera entre lo vivido y lo soñado.
Y cómo los años lo habían macerado, hecho más resignado y desengañado, personas que no aceptan entre quienes consideren sus amigos a alguien que no admita fisura alguna en sus convicciones. Nosotros, que habíamos peleado y matado por verdades absolutas, por grandes ideas y por órdenes incuestionables cumplidas con implacable profesionalidad, estábamos en ese invierno de la vida en que uno pone el acento en todas sus dudas, empieza a replantearse casi todas las certezas, y no encuentra más consuelo que en sus dos o tres principios vitales indiscutibles, aquellos por los que, llegado el caso en que se requiriera, valdría la pena morir. Asumiendo que el destino pueda conceder a cada cual su propia muerte. Verla como una coronación o remate a la vida activa y no desenlace de la prolongación mecánica de las funciones vegetativas, apagándose lentamente en una cama, rodeado de familiares gilipollas.
Mientras en la entrega al alcohol se va disolviendo progresivamente la voluntad, también se abre camino para ventilar el ambiente enrarecido del caos, y los pensamientos parecen ir colocándose de forma ordenada, dejando sólo lo importante en la superficie, y anclando las tristezas y el bloqueo en la parte más profunda del vaso.
Por eso bebíamos hablando poco y con largos silencios, igual que hace años, aunque hiciera más de diez que no nos veíamos, todo seguía como siempre, aunque tenía una hija fallecida en la memoria y otro cadáver de más, de esos que ya uno no tolera con la misma naturalidad, no forman parte del oficio ni de la guerra, responde a un cruel e implacable deseo de venganza, un deseo atávico que nos retrotrae al origen del hombre y la proyección de los instintos primarios; y aún así, contaba de su vida aislado del mundo, de los años de soledad y petacas de whisky, y no había ningún dramatismo en la expresión de su mirada, era como exponer una evidencia, una resignación asumida.
Observaba a Virginia, que, lamenté, aún imprimía en mí esa capacidad de fascinación, una joya de inquietante belleza, cuyo cuerpo compacto y sexual seguía torturando mi imaginación. Cenaban sushi con una botella de vino tinto, y no se había percatado de mi presencia, discretamente bebiendo con mi compañero, en la tranquila terraza.
Imagino que antes de reunirse con Carbonell, él envía a su chica, o su puta, o tal vez el propio político la había pedido explícitamente, favores para cerrar negocios, mercancía como moneda de cambio, tratos que se llevan a cabo si hay alcohol y hembras hermosas, si hay dinero y si uno es agasajado con una buena cena en un sitio exclusivo. Luego nunca pagan la cuenta, los maîtres les hacen la pelota, los conocen, los miman.
La noche tenía una temperatura agradable, y miraba el agua parada del estanque de la terraza del hotel. Mi amigo tenía en los ojos el reflejo de ese agua, y hablaba despacio sobre incursiones y recuerdos, algunos de los cuales yo conocía y otros sonaban lejanos y melancólicos, casi como una alegoría del tiempo, esos relatos que no deja clara la frontera entre lo vivido y lo soñado.
Y cómo los años lo habían macerado, hecho más resignado y desengañado, personas que no aceptan entre quienes consideren sus amigos a alguien que no admita fisura alguna en sus convicciones. Nosotros, que habíamos peleado y matado por verdades absolutas, por grandes ideas y por órdenes incuestionables cumplidas con implacable profesionalidad, estábamos en ese invierno de la vida en que uno pone el acento en todas sus dudas, empieza a replantearse casi todas las certezas, y no encuentra más consuelo que en sus dos o tres principios vitales indiscutibles, aquellos por los que, llegado el caso en que se requiriera, valdría la pena morir. Asumiendo que el destino pueda conceder a cada cual su propia muerte. Verla como una coronación o remate a la vida activa y no desenlace de la prolongación mecánica de las funciones vegetativas, apagándose lentamente en una cama, rodeado de familiares gilipollas.
Mientras en la entrega al alcohol se va disolviendo progresivamente la voluntad, también se abre camino para ventilar el ambiente enrarecido del caos, y los pensamientos parecen ir colocándose de forma ordenada, dejando sólo lo importante en la superficie, y anclando las tristezas y el bloqueo en la parte más profunda del vaso.
Por eso bebíamos hablando poco y con largos silencios, igual que hace años, aunque hiciera más de diez que no nos veíamos, todo seguía como siempre, aunque tenía una hija fallecida en la memoria y otro cadáver de más, de esos que ya uno no tolera con la misma naturalidad, no forman parte del oficio ni de la guerra, responde a un cruel e implacable deseo de venganza, un deseo atávico que nos retrotrae al origen del hombre y la proyección de los instintos primarios; y aún así, contaba de su vida aislado del mundo, de los años de soledad y petacas de whisky, y no había ningún dramatismo en la expresión de su mirada, era como exponer una evidencia, una resignación asumida.
Observaba a Virginia, que, lamenté, aún imprimía en mí esa capacidad de fascinación, una joya de inquietante belleza, cuyo cuerpo compacto y sexual seguía torturando mi imaginación. Cenaban sushi con una botella de vino tinto, y no se había percatado de mi presencia, discretamente bebiendo con mi compañero, en la tranquila terraza.
Chamorro indicó con un gesto de la cabeza.
—¿Quieres matarla?
No era una pregunta con violencia, ni ostentosa o bravucona, fue dicha con una tranquila normalidad, casi con desgana. Propio del carácter de quien había vivido mucho para andarse con faroles. Miré sus manos callosas y ya algo arrugadas, típicas de un hombre que había cumplido los sesenta, y me pregunté cómo había mermado en él el peso de los estragos del tiempo, si aquellos nudillos duros como piedras aún golpeaban tan fuerte como yo conocía, capaz de quebrar huesos del rostro o costillas con sus golpes certeros y secos, su habilidad para todo tipo de combate y manejo de armas, la lealtad y el cariño que profesaba a sus compañeros.
Observé de nuevo en la distancia el pelo negro de ella, cuyo tono a juego con el traje del político era casi un insulto, pensé en Carbonell y en Sergio metido entre hielos, en las misiones internacionales y en la protección de la Casa Real, en las bombas en los trenes de Atocha y el servicio de inteligencia marroquí, en el chico que desapareció en el mar dentro de una bolsa con peso después de estrellarse contra una joven inocente, en la construcción que destruía la costa de lo que queda del mediterráneo, en nosotros matando a los soldados de la ONU en Kosovo, y me pareció que eran hilos de una misma red, aquella que nos apresaba a todos.
No éramos mejores que ellos, pero fuimos hijos de nuestro tiempo y de nuestro trabajo, y algunos como Chamorro, purgaban sus pecados con exilio, desesperación silenciosa y alcoholismo; y ellos no: la mafia, la política, concepciones de una misma madre, mismo útero procreador, caciques de una España que ya no es la nuestra (o tal vez nunca lo fue), gobiernan sobre ciudadanos míseros y sumisos desde la tarima labrada por montañas de dinero, ladrillo, sexo y corrupción. Algo que hemos permitido, consintiendo aquella suciedad que nos marcaba como cómplices por pasividad; un pecado colectivo del que nadie iba a poder nunca lavarse.
No era una pregunta con violencia, ni ostentosa o bravucona, fue dicha con una tranquila normalidad, casi con desgana. Propio del carácter de quien había vivido mucho para andarse con faroles. Miré sus manos callosas y ya algo arrugadas, típicas de un hombre que había cumplido los sesenta, y me pregunté cómo había mermado en él el peso de los estragos del tiempo, si aquellos nudillos duros como piedras aún golpeaban tan fuerte como yo conocía, capaz de quebrar huesos del rostro o costillas con sus golpes certeros y secos, su habilidad para todo tipo de combate y manejo de armas, la lealtad y el cariño que profesaba a sus compañeros.
Observé de nuevo en la distancia el pelo negro de ella, cuyo tono a juego con el traje del político era casi un insulto, pensé en Carbonell y en Sergio metido entre hielos, en las misiones internacionales y en la protección de la Casa Real, en las bombas en los trenes de Atocha y el servicio de inteligencia marroquí, en el chico que desapareció en el mar dentro de una bolsa con peso después de estrellarse contra una joven inocente, en la construcción que destruía la costa de lo que queda del mediterráneo, en nosotros matando a los soldados de la ONU en Kosovo, y me pareció que eran hilos de una misma red, aquella que nos apresaba a todos.
No éramos mejores que ellos, pero fuimos hijos de nuestro tiempo y de nuestro trabajo, y algunos como Chamorro, purgaban sus pecados con exilio, desesperación silenciosa y alcoholismo; y ellos no: la mafia, la política, concepciones de una misma madre, mismo útero procreador, caciques de una España que ya no es la nuestra (o tal vez nunca lo fue), gobiernan sobre ciudadanos míseros y sumisos desde la tarima labrada por montañas de dinero, ladrillo, sexo y corrupción. Algo que hemos permitido, consintiendo aquella suciedad que nos marcaba como cómplices por pasividad; un pecado colectivo del que nadie iba a poder nunca lavarse.
—No es a ella a quien quiero muerta —le
dije mientras bajaba la cabeza sobre mi vaso.
Chamorro carraspeó y miró hacia el agua que nos rodeaba, donde centelleaban las luces de la noche.
Chamorro carraspeó y miró hacia el agua que nos rodeaba, donde centelleaban las luces de la noche.
—Pues es una desventaja —observaba ahora
su vaso, moviendo los hielos —porque no creo que ella dudara en matarte a ti.
Encajé sus palabras, imaginando que tal vez Virginia me dispararía si tuviera la ocasión, o me haría matar, daría la orden a alguno de los perros de Mauricio para que acabara en una bolsa de deporte, suponiendo que les resultara fácil. Desde el momento en que nos vimos, ella detrás de la barra, estaba claro que íbamos a hacernos daño el uno al otro.
Chamorro me analizaba ahora, como comprobando el efecto de sus palabras. Aquellos ojos adormecidos por el alcohol recobraban una insospechada vitalidad.
Eran extraños, pensé una vez más, los mecanismos que movían el pensamiento de las mujeres. Qué podría tener ella en la cabeza y en el corazón. Yo me engañaba creyendo que si descubría los mecanismos que impulsaban la extraña conducta de Virginia, acabaría entendiendo el funcionamiento de aquel mundo femenino que me torturaba.
Encajé sus palabras, imaginando que tal vez Virginia me dispararía si tuviera la ocasión, o me haría matar, daría la orden a alguno de los perros de Mauricio para que acabara en una bolsa de deporte, suponiendo que les resultara fácil. Desde el momento en que nos vimos, ella detrás de la barra, estaba claro que íbamos a hacernos daño el uno al otro.
Chamorro me analizaba ahora, como comprobando el efecto de sus palabras. Aquellos ojos adormecidos por el alcohol recobraban una insospechada vitalidad.
Eran extraños, pensé una vez más, los mecanismos que movían el pensamiento de las mujeres. Qué podría tener ella en la cabeza y en el corazón. Yo me engañaba creyendo que si descubría los mecanismos que impulsaban la extraña conducta de Virginia, acabaría entendiendo el funcionamiento de aquel mundo femenino que me torturaba.
—Vamos a dormir —invitaba a Chamorro a
terminarse su copa —y mañana iremos al antro de mierda en el que estuvo Sergio
por última vez.
Estuvimos en la puerta con las primeras
luces grises de la mañana que mojaban de tristeza una calle llena de latas de
cerveza y restos de comida. El centro de Madrid se convierte en un vertedero las
noches de fin de semana, con orines, botellas y cajas de hamburguesas tiradas
en cualquier sitio, esperando que los afanados trabajadores de la limpieza
vuelvan a dejar las calles impolutas y presentables para el turismo y la
mediana burguesía que allí vive.
Mirábamos el local en la distancia, apoyados en la pared a medio centenar de metros; y cuando el último cliente se fue, trastabillando, y se puso a vomitar en un portal adyacente, un hombrecillo de bigote salió y bajó la persiana hasta la mitad.
Al entrar, mi subconsciente me hizo desear ver a Virginia tras la barra, a pesar de que sabía que esa noche no había trabajado, que estuvo cenando en el Sheraton hasta tarde, y quién sabe si después se fue a alguna suite reservada en el hotel, a abrirse de piernas en pos del pragmatismo.
Y era el fulano menudo del bigote ridículo, parecido al de Charlot, el que secaba vasos detrás de la barra. Sentado en una silla, dormitando, estaba mi amigo grandullón, el de la cara agradable. Parecía que Carbonell le había dado plaza fija en ese local inmundo.
El camarero nos observó fijamente, y enseguida intuyó que no éramos clientes en busca de una última copa a la desesperada, porque con la vista buscó al gorila, que abrió los ojos y pareció salir de una incómoda duermevela.
—Fíjate —le dije a Chamorro, que estudiaba al ceporro con detenimiento—, qué hermosura.
Mirábamos el local en la distancia, apoyados en la pared a medio centenar de metros; y cuando el último cliente se fue, trastabillando, y se puso a vomitar en un portal adyacente, un hombrecillo de bigote salió y bajó la persiana hasta la mitad.
Al entrar, mi subconsciente me hizo desear ver a Virginia tras la barra, a pesar de que sabía que esa noche no había trabajado, que estuvo cenando en el Sheraton hasta tarde, y quién sabe si después se fue a alguna suite reservada en el hotel, a abrirse de piernas en pos del pragmatismo.
Y era el fulano menudo del bigote ridículo, parecido al de Charlot, el que secaba vasos detrás de la barra. Sentado en una silla, dormitando, estaba mi amigo grandullón, el de la cara agradable. Parecía que Carbonell le había dado plaza fija en ese local inmundo.
El camarero nos observó fijamente, y enseguida intuyó que no éramos clientes en busca de una última copa a la desesperada, porque con la vista buscó al gorila, que abrió los ojos y pareció salir de una incómoda duermevela.
—Fíjate —le dije a Chamorro, que estudiaba al ceporro con detenimiento—, qué hermosura.
Chamorro dio dos pasos hacia adelante,
estando ya en el pasillo estrecho que formaba el lugar, y sonrío.
—Te voy a dejar como nuevo, amigo.
Había sonado sin jactancia ni amenaza: sólo como algo
evidente, inevitable. La mole pareció reaccionar tarde, pero al echar un
vistazo al camarero y mirarme a mí, se levantó apresurado.
El grandullón avanzó con gesto contrariado, y Chamorro le lanzó una patada a la espinilla, con el interior del pie, partiéndole el peroné. Sonó un crujido, como una rama al quebrarse, y se dobló sobre sí mismo hacia adelante, llevando una rodilla al suelo y quejándose. Chamorro le tomó con ambas manos por la nuca, como si fuera a abrazarle, y le propinó un violento rodillazo en la cara, que le hizo caer completamente al suelo, quedando tendido boca arriba. Yo puse una rodilla sobre su pecho y otra en su cuello, inmovilizándole, mientras le dejaba el cañón de la pistola a unos centímetros de su cara.
—Soy el espíritu de las navidades pasadas. Empieza hablar o te juro que hoy es el último día que vives.
Chamorro dio un paso hacia la barra, vigilando al otro tío, aunque éste permaneció quieto, como petrificado, sin decir nada.
Debajo de mí el tipo se quejaba sonoramente. Con la pierna rota y la cara empezando a hincharse no era para menos. Le apoyé el cañón en un ojo.
—El chaval que estuvo aquí, el que me devolvisteis metido en hielos y con un tajo en la garganta. ¿Por qué?
Él se removió un poco incómodo, y abrió la bocaza.
—No sé nada. Sé que anduvo liado un tiempo con Virginia, y Mauricio lo hizo desaparecer.
—¿Lo hizo desaparecer? ¿Quién lo hizo, fuiste tú?
—¡No!, yo sólo…yo sólo lo lleve hasta allí, fueron los rusos los que se encargaron de él.
—¿Qué rusos? ¿Socios de Carbonell?
El otro se empezó a estremecer y a quejarse, y asintió con la cabeza.
—Los dirige un cabrón al que llaman Dima, es el que está siempre con Mauricio haciendo negocios, ¡joder, yo no sé nada más!
Me incorporé y lo dejé tirado en el suelo. Mauricio me miró y se encogió de hombros.
—Éste está listo.
A veces las circunstancias se vuelven así. Pequeños trabajos clandestinos que organizaba con la ayuda de Carolina, y poco más. No había vuelto a disparar hasta que estuve en la mansión de Carbonell. Y fue en defensa propia. Pero el matón del bar estaba fuera de combate, hecho un guiñapo en el suelo. Pero habíamos tomado un sendero en el que regresarse ya no era una opción. Al fin y al cabo, él había colaborado en coger a Sergio, seguramente lo había prendido con esas manazas, lo llevó hasta los verdugos.
Me incliné de nuevo sobre él, que ahora permanecía en silencio, sólo emitiendo leves protestas.
—Oye, te has portado muy bien —le dije mientras apoyaba el cañón en su sien—.Cierra los ojos y respira tranquilo.
Al principio negaba con la cabeza, pero cuando vio que mi gesto firme permanecía inmutable, cerró los ojos y cogió aire un par de veces. Cuando hubo expulsado el oxígeno de la segunda, disparé.
Me puse en pie y miramos hacia el camarero, o lo que fuera.
—Aquí no ha ocurrido nada, y nunca nos has visto, supongo que lo comprendes.
El tipo seguía con los ojos fijos en mí: como si estuviese fotografiándome para no olvidarme nunca. Asintió despacio.
—Deshazte de él —le dijo Chamorro, señalando al del suelo.
Cuando salimos afuera, ya era prácticamente de día.
El grandullón avanzó con gesto contrariado, y Chamorro le lanzó una patada a la espinilla, con el interior del pie, partiéndole el peroné. Sonó un crujido, como una rama al quebrarse, y se dobló sobre sí mismo hacia adelante, llevando una rodilla al suelo y quejándose. Chamorro le tomó con ambas manos por la nuca, como si fuera a abrazarle, y le propinó un violento rodillazo en la cara, que le hizo caer completamente al suelo, quedando tendido boca arriba. Yo puse una rodilla sobre su pecho y otra en su cuello, inmovilizándole, mientras le dejaba el cañón de la pistola a unos centímetros de su cara.
—Soy el espíritu de las navidades pasadas. Empieza hablar o te juro que hoy es el último día que vives.
Chamorro dio un paso hacia la barra, vigilando al otro tío, aunque éste permaneció quieto, como petrificado, sin decir nada.
Debajo de mí el tipo se quejaba sonoramente. Con la pierna rota y la cara empezando a hincharse no era para menos. Le apoyé el cañón en un ojo.
—El chaval que estuvo aquí, el que me devolvisteis metido en hielos y con un tajo en la garganta. ¿Por qué?
Él se removió un poco incómodo, y abrió la bocaza.
—No sé nada. Sé que anduvo liado un tiempo con Virginia, y Mauricio lo hizo desaparecer.
—¿Lo hizo desaparecer? ¿Quién lo hizo, fuiste tú?
—¡No!, yo sólo…yo sólo lo lleve hasta allí, fueron los rusos los que se encargaron de él.
—¿Qué rusos? ¿Socios de Carbonell?
El otro se empezó a estremecer y a quejarse, y asintió con la cabeza.
—Los dirige un cabrón al que llaman Dima, es el que está siempre con Mauricio haciendo negocios, ¡joder, yo no sé nada más!
Me incorporé y lo dejé tirado en el suelo. Mauricio me miró y se encogió de hombros.
—Éste está listo.
A veces las circunstancias se vuelven así. Pequeños trabajos clandestinos que organizaba con la ayuda de Carolina, y poco más. No había vuelto a disparar hasta que estuve en la mansión de Carbonell. Y fue en defensa propia. Pero el matón del bar estaba fuera de combate, hecho un guiñapo en el suelo. Pero habíamos tomado un sendero en el que regresarse ya no era una opción. Al fin y al cabo, él había colaborado en coger a Sergio, seguramente lo había prendido con esas manazas, lo llevó hasta los verdugos.
Me incliné de nuevo sobre él, que ahora permanecía en silencio, sólo emitiendo leves protestas.
—Oye, te has portado muy bien —le dije mientras apoyaba el cañón en su sien—.Cierra los ojos y respira tranquilo.
Al principio negaba con la cabeza, pero cuando vio que mi gesto firme permanecía inmutable, cerró los ojos y cogió aire un par de veces. Cuando hubo expulsado el oxígeno de la segunda, disparé.
Me puse en pie y miramos hacia el camarero, o lo que fuera.
—Aquí no ha ocurrido nada, y nunca nos has visto, supongo que lo comprendes.
El tipo seguía con los ojos fijos en mí: como si estuviese fotografiándome para no olvidarme nunca. Asintió despacio.
—Deshazte de él —le dijo Chamorro, señalando al del suelo.
Cuando salimos afuera, ya era prácticamente de día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario