lunes, 26 de octubre de 2015

CAPÍTULO XII



A la caída de la noche, nos sentábamos afuera a beber y charlar. La casa se encontraba sobre una colina que dominaba el Manzanares. Cerca había un pequeño pueblo que albergaba una vieja iglesia que se alzaba sobre un grupo de casitas y calles enguijarradas, así como varias grandes fincas, casas señoriales y un castillo en las afueras. En las noches claras podía verse Madrid.  
“Tú te vienes conmigo”, me había dicho Chamorro después del incidente con los rusos en mi piso, y desde entonces me alojaba en su cabaña en la sierra, allí donde él se había aislado del mundo y del dolor, para buscar su propio retiro en el anonimato del que un día desaparece de la sociedad. Y tenía la soledad y la tranquilidad a un paso de la ciudad, lo que evitaba todos los inconvenientes de vivir en la urbe pero mantenía las ventajas, y en cuestión de media hora podías pasar del caos al aislamiento y lo rural, como esas parejas que van a cenar y al teatro al centro, y a sólo unos minutos en coche, pasan del trajín de la Gran Vía a la soledad y discreción del parque del Oeste, donde van a follar amparados en las sombras de la noche.
Bebíamos y dejábamos la conversación fluir, recuerdos peores de tiempos mejores. En lugar de hablar de Carmen hablábamos de mi ex mujer, de cómo creí al principio que el matrimonio sería una emoción diaria, ya que era más divertido y menos incómodo. A veces me parece monstruoso exponer mis propios sentimientos, incluso los que pertenecen al pasado, incluso los que ya han muerto. Esos momentos me los guardo.
 Y tuve bastantes instantes intensos alrededor de un recuerdo y una botella de whisky. En esos instantes de crisis emotivas los seres humanos se revelan más verdaderamente que nunca. He aprendido a elegir esos momentos culminantes y reservarlos para mí, porque son los instantes de la revelación.

Por las tardes a veces disparábamos a unas latas o botellas que poníamos sobre un tablón. Chamorro quería ir a cazar, disparar a liebres, corzos, jabalíes, lo que hubiera por la zona, pero a mí nunca me gustó el placer de matar animales por el mero hecho de cobrarse un trofeo. Es curioso, ya que matar a una persona nunca me supuso mayor problema, teniendo en cuenta que siempre creí estar haciendo lo correcto, aunque con el paso del tiempo me asaltaron las dudas y también los fantasmas; sin embargo me cuesta una barbaridad quitarle la vida a un animal, que no ha hecho nada, que no supone una amenaza, y representa la nobleza y la pureza de la naturaleza. Cuando un hombre desaparece, puede que se esté dando carpetazo a un hijo de puta. Cuando se mata a un animal, se destruye algo hermoso.
Desprecio con todas mis ganas esas personas ruines que disfrutan con la tortura lucrativa de esos seres vivos, suelen ser personas oscuras y cobardes que nunca se enfrentarían al bicho en igualdad de condiciones, que aprovechan el jolgorio de la turba para la celebración o el linchamiento, pero si alguna vez se vieran cara a cara con el peligro, si tuvieran que hacer frente contra otro hombre en una situación de violencia, serían los primeros en evacuar patas abajo, sin el temple y el valor necesarios para esos menesteres.
Cuando fue mi mentor, admiraba a Chamorro, porque era como un animal mítico. Su estilo era llamativo, torrencial, caótico, leal y peligroso. “Nuestra época necesita violencia”, afirmaba. Era una afirmación del instinto. Me gustaba la fuerza de su estilo como agente, esa horrible fuerza, destructiva, valiente, catártica. Esa extraña mezcla de adoración por la vida, entusiasmo, interés apasionado por todo lo que genera violencia, energía, exuberancia, risa y repentinas tormentas destructoras. Luchábamos contra aquello que despreciábamos: la hipocresía, el miedo, la mezquindad, la falsedad. Después de que su hija muriera, las risas se acabaron, la persona impetuosa y enérgica dio paso al hombre sombrío, huraño, melancólico y desencantado; aunque tras el velo de su mirada apagada aún latía la fuerza de lo atávico, ese destello que conforma lo que somos, y que en el caso de Chamorro, permanecía agazapado, esperando volver a brotar de nuevo.

Otros días venía a visitarnos Rubén, a veces con algún amigo de la Agencia, y charlábamos mientras se amenizaban las horas con una timba de póker. ‘El Catedrático’ miraba alrededor con la viva curiosidad del hombre inquieto. Tal vez tenga que ver con su carácter, o retenga sensaciones para escribir. Disfruta con los colores en los atardeceres, los anaranjados y los azules. Disfruta con todo, con la comida, con la conversación, con la bebida, con el sonido de la campanilla de la puerta, con la vivacidad de Alfonso, el perro de Chamorro, que cuando entra va golpeando el mobiliario con el rabo. Le puso ese nombre por nuestro treceavo rey, al que, hemofílico, perjuro, adúltero y ladrón, consideraba precursor de todos los males que acontecerían después a España en el Siglo XX, y que por tanto su nombre sólo quedaría bien puesto en un perro.
Un tarde, cuando ya el sol se hundía tras las colinas y dejaba un surco de luces difusas, llegó Rubén con la conciencia inquieta. Tal vez era el vernos ahí, aislados pero esperando el momento de regresar y terminar, o la necesidad de dejar salir sus propios demonios ocultos, que le molestaban a su nobleza gallega.
 Abrimos tres latas de cerveza y nos sentamos al fresco de la entrada, con una brisa tibia que acariciaba la cara.
—Tengo algo de información del tal Dima. Estuvo un tiempo en las mafias del levante, y se salvó por los pelos, pero hay algo aún más turbio en él.
Chamorro y yo nos miramos. En materia de cosas turbias, no éramos ningunos novatos. Ni siquiera manteníamos ya un mínimo de ingenuidad. Sabíamos hasta qué punto existía un cordón umbilical que empareja la corrupción política con el delito puro y duro, el cambalache de jueces, empresarios, fiscales, aceptando el juego y la telaraña de intereses comunes que les une con el crimen organizado, la mafia común con la mafia política.
—¿Cómo de turbio? —le pegunté, mientras daba vueltas a mi lata de cerveza.
Rubén bajó los ojos, nervioso, o tal vez conmovido.
—Bastante. Es posible que estuviera detrás de parte del entramado de Giusseppe Farina y el ‘Caso del bar España’.
Chamorro dejó el sorbo a medias y la cerveza se le atragantó en el gaznate. Parecía más enfadado que otra cosa. Como un padre que regaña a su hijo por haber ojeado revistas pornográficas.
—¿Qué sabes tú de eso?
‘El Arquitecto’ esbozó una sonrisa de medio lado infinitamente triste, y luego sus ojos parecieron apagarse. Tampoco hacía falta ser mucho más explícito. Yo sé que durante unos años estuvo destinado en la provincia de Castellón. Hace tres lustros, en los duros años en que Fabra era el Padrino y su poder descontrolado.
Era un secreto a voces que los miembros de aquella red siempre escaparon de la justicia, limpiado todo por los organismos y fuerzas de la nación. Y por aquel entonces, quien trabajaba allí era el hombre que ahora palidecía ante nosotros.
Me pregunté cuánto había sabido y ayudado a tapar ‘El arquitecto’ del Caso del bar España, su sufrimiento por enterrar todas aquellas atrocidades para preservar la imagen del Estado, las contradicciones de su conciencia, entre lo abominable de lo que se le pedía y el sentido de la responsabilidad, que él también exigía para sí; tal vez por eso nunca se había casado, demandaría igualmente esa lealtad infranqueable que era el rumbo de su vida, hubiera querido una esposa que le siguiera hasta el cadalso si fuera necesario, una Claretta Petacci de Ferrol. Imagino que Rubén sufría por dentro, resistiendo, pero luego necesitaba vengarse, probablemente en sus escritos. Es la reacción retardada del escritor.
—¿Y Mauricio? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
Rubén asintió con la cabeza.
—¿Lo sabías desde el principio, verdad? Tú los conocías.
No contestó. Tampoco hizo falta.
—Esa gente es el diablo —dijo Rubén, muy serio. —Tened mucho cuidado.
Vimos unas luces a los lejos, unos faros de coche que se acercaban por el camino de la noche. Me pareció distinguir otro par de luces.
—¿Esperas a alguien? —Le dije a Chamorro.
—¿Te han seguido? —le gritó a Rubén, que parecía desconcertado.
Y supe al momento que no era una visita programada cuando Chamorro echó mano a su pistola y se puso en pie muy despacio, atento a las luces que se acercaban. Me levanté yo también de la silla de la entrada y busqué con mi mano la escopeta que permanecía apoyada en el marco de la puerta. Chamorro clavó sus ojos en mí, y entonces adiviné en su mirada ese destello característico que llevaba años sin ver.
—Pues parece que es una buena noche para bailar con el diablo —y sonrió mientras amartillaba su arma.
Entonces las luces de los faros se apagaron, y los dos vehículos siguieron avanzado muy despacio en la oscuridad.

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