Qué lejos
parecía entonces la búsqueda inicial de lo que me llevó ahí, a punto de ser
cazados por una partida de psicópatas de la peor calaña. Cómo empezó todo, la
intención dar con el paradero de Sergio,
el hijo desaparecido de nuestro compañero caído en Irak. Y eso que era un
auténtico mendrugo; Sergio pertenecía a ese tipo de hombres que trataban a las
mujeres como se suelen tratar a las prostitutas, deseándolas, gozándolas y
dejándolas después, sólo capaces de saciar su sed y, acto seguido, la indiferencia.
Conocer a Virginia, su pasión por el mal, la deriva peligrosa de las curvas de su piel, los pliegues de su cuerpo, el olor de su pelo que caía suavemente sobre la almohada, mis manos asiéndose a sus carnes, el florecer del sexo, sus piernas enredadas alrededor de mi cintura; la manera en que Rubén se encontró de nuevo con el pasado. Está bien, pensé irónico, me viene bien por cuando le dije a mi ex mujer que lo que mata la vida es la ausencia de misterio, cuando le echaba en cara su cuerpo sin corazón, la relación ya sin ilusiones, el paso por el tiempo sin dejar ninguna huella.
Y Rubén con cara de no saber qué hacer, como pensando que él no contaba con eso. La madre que te parió, Rubén, de qué te sirve ahora tu erudición, hace tres días nos contabas de tu viaje a Portugal, dónde está ahora tu “Lisboa de Pessoa y de Saramago”. Si había alguna posibilidad de salir de ahí con garantías, sin duda pasaba por hombres como Chamorro o como yo, habituados al combate y familiarizados con el gatillo. A ‘El Catredrático’ le habían educado así. La gente que conocía era así. La vida que esperaba era clara, ordenada, razonable y responsable. Por eso tapó las miserias de la élite en el Caso del bar España, aún sabiendo lo repugnante de las actividades; las personas como él no son leales a la ley, sino a algo distinto, llamémosle orden, a cierta idea de cómo deberían ser las cosas.
Mientras estaba atento a cualquier ruido que rompiera la noche, de repente un sonido, casi imperceptible, de un arma que descorre el seguro, e instintivamente, mientras Chamorro ya se iba contra las tablas, agarré a ‘El Catedrático’ y lo tumbé al suelo, al mismo tiempo que una ráfaga de un rifle de asalto rompía los cristales del porche frontal de la cabaña.
Me lancé al suelo disparando la escopeta dos veces, aunque el sonido de un AK-47 lo condensaba todos.
—¡Cuernos de chivo! —me gritó Chamorrro, en lo que era una confirmación y una protesta.
Me incorporé hasta estar de cuclillas y le pegué un empujón a la puerta, llevando tras de mí a Rubén, que aún tenía cara de desconcierto. Chamorro entró después y se puso detrás de la pared. Abría fuego para volver a cubrirse, mientras yo desenfundaba y le entregaba a ‘El Catedrático’ mi pistola.
—Espero que sepas usarla.
—¡Nunca he matado a nadie! —se quejó, mientras agarraba el arma.
—Pues hoy parece un día cojonudo para empezar.
Chamorro le miró con ira.
—Bueno, ¡procura no darme a mí!
Le indiqué a Rubén el umbral de la puerta entre la cocina y el salón, y él se parapetó ahí. Chamorro sacaba la cabeza para mirar, y abría fuego casi a ciegas, cuyos destellos encendían la oscuridad. Me miró con fiereza.
—Van a intentar rodearnos por los flancos, hay que cubrir las ventanas laterales. Escucha, hay un Chopo en el piso de arriba, en el armario del dormitorio. Hazte con él mientras yo trato de resistir aquí.
Le acerqué la escopeta por el suelo, más fiable en el cuerpo a cuerpo, y si asaltaban la casa, era más seguro la potencia de esa arma en las distancias cortas que la de una pistola común.
Observé a Rubén, que empuñaba su pistola con cara asustada, y sin alzarme del todo subí las escaleras de madera del interior de la cabaña que comunicaban con el piso de arriba, y sentí que los disparos se intensificaban. Se trataba de varios AK-47 descargando a la vez, estaban literalmente agujereando la casa, había polvo de impactos y sonidos de casquillos por todas partes. Era imposible que pudiéramos defendernos, en nuestra situación actual. Me lancé sobre el dormitorio y abrí rápido el armario. Cogí el arma y comprobé que tenía el cargador y que estaba utilizable. El Cetme C, conocido como ‘Chopo’, era un rifle de asalto del ejército español y de fabricación nacional, que ya fue retirado su uso regular, pero muy fiable y reconocido entre los veteranos.
Bajé a toda prisa las escaleras, permaneciendo agachado, y vi en la puerta de la entrada, completamente agujereada, a Chamorro con la escopeta en una mano y la pistola en la otra, escudriñando la entrada en penumbras mientras un tipo, corpulento y rapado, con ropas negras, permanecía tirado justo en la entrada, con dos agujeros en el pecho. Me vio bajar con el rifle y me indicó el lateral de la casa. Las ventanas estaban rotas, y al asomarme, vi dos sombras que se movían justo bajo el quicio de una de ellas, lancé una ráfaga y escuché unos quejidos, después el sonido de dos cuerpos desplomándose. Enseguida contestaron con una violenta andanada, que me obligó a tumbarme completamente en el piso, y luego escuché ruido de pasos apresurados.
La puerta de atrás, una pequeña entrada que la cabaña tenía, se abrió de golpe, y apunté con decisión, dispuesto a abrir fuego, cuando la figura que entró lanzó una voz conocida.
—¡¡No dispares, soy yo, Juan, soy Juan!!
El compañero de Rubén con el que algunas tardes jugábamos al póker entró a trompicones y se sentó a mi lado.
—Por poco te vuelo la cabeza, ¿de dónde coño sales tú?
—Conducía hacia aquí cuando los vi venir, iba detrás y los observé llegar. Me salí del camino, me metí por el bosque para que no me vieran. Son dos coches, cuatro en cada uno.
—Aún quedan cinco tíos.
Juan miró el Chopo y luego con la cabeza señaló su revólver.
—Yo sólo tengo esto.
—Tendrá que servir.
Chamorro llegó a toda prisa y se sentó donde estábamos nosotros.
—Esta cabaña no es fácil de defender, tenemos demasiados puntos débiles, hay que ofrecerles un anzuelo.
Miró hacia Rubén, que estaba agachado contra la pared, y le señaló el cadáver del tío en la entrada.
—Cógelo y colócalo con el arma en esa ventana. Te cubrimos.
Disparé por encima de ‘El Catedrático’ hacia el exterior, mientras él arrastraba el cuerpo y lo ponía sobre la ventana rota. Chamorro y yo aguardamos en los lados. Entonces una ráfaga sacudió la sombra que era el cadáver, y mientras aún se convulsionaba sobre los impactos, saqué medio cuerpo fuera y disparé en dirección a los sonidos, al igual que Chamorro descargaba la escopeta. Se oyeron unos quejidos y los disparos cesaron. A los pocos segundos, un rostro apareció por una de las ventanas laterales, y Juan reaccionó con velocidad, disparando su revólver sobre la cara. El rostro desapareció, tras el sonido seco de la detonación.
—Cubre la puerta trasera. Por la que entraste —le dije a Juan, que se movió con el arma en la mano.
Entonces una ráfaga atravesó la pared, y a través de los agujeros se colaron varias balas, una de ellas impactó de lleno en la cabeza de Juan, que cayó abatido en el acto, y otra le dio a Rubén, que fue alcanzado cuando intentaba volver a la cocina. Los ojos sin vida de Juan, que habían quedado en un gesto de sorpresa, me miraban desde el suelo, con un gran charco de sangre manando de su cabeza, y los gritos de Rubén, que había sido alcanzado en un brazo, me impidieron en un primer momento escuchar el sonido de una pequeña granada que rodaba por el interior, lanzada desde el frontal de la puerta.
—¡Me cago en la hostia puta!
Me abalancé con rapidez sobre la granada y la lancé de vuelta por el hueco de la puerta, y una fuera explosión iluminó la noche.
—¡Muévete de ahí, Rubén, joder, y no levantes la cabeza, coño, no la levantes! —Chamorro le gritaba a ‘El Catredrático’, que seguía emitiendo sonoros quejidos de dolor.
—Creo que quedan dos —le dije, mientras golpeaba con la palma de mi mano el cargador del Chopo —. Debemos buscar un punto elevado.
Me acerqué a Rubén, lo arrastré hasta debajo de la encimera de la cocina y le puse el arma en la mano sana.
—Si ves a alguien entrar por ahí, no dejes de disparar hasta que vacíes el cargador.
Después Chamorro y yo subimos las escaleras, que estaban prácticamente destrozadas y astilladas, hasta el piso de arriba. Yo me dirigí al dormitorio y él al baño. Desde la posición superior cubriríamos la entrada y teníamos una visión más amplia del exterior. Desde la explosión de la granada reinaba el silencio, los asaltantes que quedaban habían sido aplacados en su intento por las bravas y ahora buscaban alguna otra manera de tomar la cabaña.
El silencio era muy tenso, atentos a cualquier sonido o movimiento. Vi una sombra moverse sigilosa entre las piedras de la entrada, con un bonito rifle de asalto en las manos, justo debajo de la ventana del dormitorio. Apunté con el Cetme C afinando la precisión y disparé una sola bala, una detonación seco, y el hombre se fue al suelo, sin decir esta boca es mía. Levanté el pulgar hacia Chamorro.
Del piso de abajo vinieron unas voces y unos disparos. Después, de nuevo el silencio. Bajamos las escaleras a gran velocidad, y en la cocina, junto a Rubén, había un hombre de pelo gris, vestido de negro al igual que el resto, que empezaba a desangrarse. Rubén nos miró serio, con la pistola aún en la mano. Le había agujereado el estómago, tenía cuatro impactos de bala en el vientre y un AK47 a su lado. Estaba listo de papeles. Dejé el rifle encima de la encimera y abrí el cajón de los cubiertos, mientras agarraba un largo cuchillo de cocina.
—¡Voy a destripar a este cabrón!
Chamorro me agarró por el hombro.
—Espera. Que lo termine él —dijo señalando a Rubén con la cabeza.
Rubén nos miró fijo, sin decir nada.
—¿Nunca has matado a nadie, verdad? —hizo Chamorro la pregunta retórica—. Pues acaba aquí con lo que has empezado.
Rubén se puso de pie, despacio, apoyándose en la pared, y sin dejar de quitar la vista del ruso que agonizaba en el suelo, en un oscuro charco de sangre. Miró para Chamorro y después a mí. A continuación, levantó la pistola que le había dado y le disparó en la cabeza. El tío dejó de quejarse. Chamorro asintió. Después se volvió en redondo, observando la cantidad de casquillos que había por el suelo, los cristales rotos, las maderas reventadas, la pared como un colador.
—Mira cómo me han dejado la casa —lanzó la escopeta contra el suelo, indignado—. Esos cabrones.
Conocer a Virginia, su pasión por el mal, la deriva peligrosa de las curvas de su piel, los pliegues de su cuerpo, el olor de su pelo que caía suavemente sobre la almohada, mis manos asiéndose a sus carnes, el florecer del sexo, sus piernas enredadas alrededor de mi cintura; la manera en que Rubén se encontró de nuevo con el pasado. Está bien, pensé irónico, me viene bien por cuando le dije a mi ex mujer que lo que mata la vida es la ausencia de misterio, cuando le echaba en cara su cuerpo sin corazón, la relación ya sin ilusiones, el paso por el tiempo sin dejar ninguna huella.
Y Rubén con cara de no saber qué hacer, como pensando que él no contaba con eso. La madre que te parió, Rubén, de qué te sirve ahora tu erudición, hace tres días nos contabas de tu viaje a Portugal, dónde está ahora tu “Lisboa de Pessoa y de Saramago”. Si había alguna posibilidad de salir de ahí con garantías, sin duda pasaba por hombres como Chamorro o como yo, habituados al combate y familiarizados con el gatillo. A ‘El Catredrático’ le habían educado así. La gente que conocía era así. La vida que esperaba era clara, ordenada, razonable y responsable. Por eso tapó las miserias de la élite en el Caso del bar España, aún sabiendo lo repugnante de las actividades; las personas como él no son leales a la ley, sino a algo distinto, llamémosle orden, a cierta idea de cómo deberían ser las cosas.
Mientras estaba atento a cualquier ruido que rompiera la noche, de repente un sonido, casi imperceptible, de un arma que descorre el seguro, e instintivamente, mientras Chamorro ya se iba contra las tablas, agarré a ‘El Catedrático’ y lo tumbé al suelo, al mismo tiempo que una ráfaga de un rifle de asalto rompía los cristales del porche frontal de la cabaña.
Me lancé al suelo disparando la escopeta dos veces, aunque el sonido de un AK-47 lo condensaba todos.
—¡Cuernos de chivo! —me gritó Chamorrro, en lo que era una confirmación y una protesta.
Me incorporé hasta estar de cuclillas y le pegué un empujón a la puerta, llevando tras de mí a Rubén, que aún tenía cara de desconcierto. Chamorro entró después y se puso detrás de la pared. Abría fuego para volver a cubrirse, mientras yo desenfundaba y le entregaba a ‘El Catedrático’ mi pistola.
—Espero que sepas usarla.
—¡Nunca he matado a nadie! —se quejó, mientras agarraba el arma.
—Pues hoy parece un día cojonudo para empezar.
Chamorro le miró con ira.
—Bueno, ¡procura no darme a mí!
Le indiqué a Rubén el umbral de la puerta entre la cocina y el salón, y él se parapetó ahí. Chamorro sacaba la cabeza para mirar, y abría fuego casi a ciegas, cuyos destellos encendían la oscuridad. Me miró con fiereza.
—Van a intentar rodearnos por los flancos, hay que cubrir las ventanas laterales. Escucha, hay un Chopo en el piso de arriba, en el armario del dormitorio. Hazte con él mientras yo trato de resistir aquí.
Le acerqué la escopeta por el suelo, más fiable en el cuerpo a cuerpo, y si asaltaban la casa, era más seguro la potencia de esa arma en las distancias cortas que la de una pistola común.
Observé a Rubén, que empuñaba su pistola con cara asustada, y sin alzarme del todo subí las escaleras de madera del interior de la cabaña que comunicaban con el piso de arriba, y sentí que los disparos se intensificaban. Se trataba de varios AK-47 descargando a la vez, estaban literalmente agujereando la casa, había polvo de impactos y sonidos de casquillos por todas partes. Era imposible que pudiéramos defendernos, en nuestra situación actual. Me lancé sobre el dormitorio y abrí rápido el armario. Cogí el arma y comprobé que tenía el cargador y que estaba utilizable. El Cetme C, conocido como ‘Chopo’, era un rifle de asalto del ejército español y de fabricación nacional, que ya fue retirado su uso regular, pero muy fiable y reconocido entre los veteranos.
Bajé a toda prisa las escaleras, permaneciendo agachado, y vi en la puerta de la entrada, completamente agujereada, a Chamorro con la escopeta en una mano y la pistola en la otra, escudriñando la entrada en penumbras mientras un tipo, corpulento y rapado, con ropas negras, permanecía tirado justo en la entrada, con dos agujeros en el pecho. Me vio bajar con el rifle y me indicó el lateral de la casa. Las ventanas estaban rotas, y al asomarme, vi dos sombras que se movían justo bajo el quicio de una de ellas, lancé una ráfaga y escuché unos quejidos, después el sonido de dos cuerpos desplomándose. Enseguida contestaron con una violenta andanada, que me obligó a tumbarme completamente en el piso, y luego escuché ruido de pasos apresurados.
La puerta de atrás, una pequeña entrada que la cabaña tenía, se abrió de golpe, y apunté con decisión, dispuesto a abrir fuego, cuando la figura que entró lanzó una voz conocida.
—¡¡No dispares, soy yo, Juan, soy Juan!!
El compañero de Rubén con el que algunas tardes jugábamos al póker entró a trompicones y se sentó a mi lado.
—Por poco te vuelo la cabeza, ¿de dónde coño sales tú?
—Conducía hacia aquí cuando los vi venir, iba detrás y los observé llegar. Me salí del camino, me metí por el bosque para que no me vieran. Son dos coches, cuatro en cada uno.
—Aún quedan cinco tíos.
Juan miró el Chopo y luego con la cabeza señaló su revólver.
—Yo sólo tengo esto.
—Tendrá que servir.
Chamorro llegó a toda prisa y se sentó donde estábamos nosotros.
—Esta cabaña no es fácil de defender, tenemos demasiados puntos débiles, hay que ofrecerles un anzuelo.
Miró hacia Rubén, que estaba agachado contra la pared, y le señaló el cadáver del tío en la entrada.
—Cógelo y colócalo con el arma en esa ventana. Te cubrimos.
Disparé por encima de ‘El Catedrático’ hacia el exterior, mientras él arrastraba el cuerpo y lo ponía sobre la ventana rota. Chamorro y yo aguardamos en los lados. Entonces una ráfaga sacudió la sombra que era el cadáver, y mientras aún se convulsionaba sobre los impactos, saqué medio cuerpo fuera y disparé en dirección a los sonidos, al igual que Chamorro descargaba la escopeta. Se oyeron unos quejidos y los disparos cesaron. A los pocos segundos, un rostro apareció por una de las ventanas laterales, y Juan reaccionó con velocidad, disparando su revólver sobre la cara. El rostro desapareció, tras el sonido seco de la detonación.
—Cubre la puerta trasera. Por la que entraste —le dije a Juan, que se movió con el arma en la mano.
Entonces una ráfaga atravesó la pared, y a través de los agujeros se colaron varias balas, una de ellas impactó de lleno en la cabeza de Juan, que cayó abatido en el acto, y otra le dio a Rubén, que fue alcanzado cuando intentaba volver a la cocina. Los ojos sin vida de Juan, que habían quedado en un gesto de sorpresa, me miraban desde el suelo, con un gran charco de sangre manando de su cabeza, y los gritos de Rubén, que había sido alcanzado en un brazo, me impidieron en un primer momento escuchar el sonido de una pequeña granada que rodaba por el interior, lanzada desde el frontal de la puerta.
—¡Me cago en la hostia puta!
Me abalancé con rapidez sobre la granada y la lancé de vuelta por el hueco de la puerta, y una fuera explosión iluminó la noche.
—¡Muévete de ahí, Rubén, joder, y no levantes la cabeza, coño, no la levantes! —Chamorro le gritaba a ‘El Catredrático’, que seguía emitiendo sonoros quejidos de dolor.
—Creo que quedan dos —le dije, mientras golpeaba con la palma de mi mano el cargador del Chopo —. Debemos buscar un punto elevado.
Me acerqué a Rubén, lo arrastré hasta debajo de la encimera de la cocina y le puse el arma en la mano sana.
—Si ves a alguien entrar por ahí, no dejes de disparar hasta que vacíes el cargador.
Después Chamorro y yo subimos las escaleras, que estaban prácticamente destrozadas y astilladas, hasta el piso de arriba. Yo me dirigí al dormitorio y él al baño. Desde la posición superior cubriríamos la entrada y teníamos una visión más amplia del exterior. Desde la explosión de la granada reinaba el silencio, los asaltantes que quedaban habían sido aplacados en su intento por las bravas y ahora buscaban alguna otra manera de tomar la cabaña.
El silencio era muy tenso, atentos a cualquier sonido o movimiento. Vi una sombra moverse sigilosa entre las piedras de la entrada, con un bonito rifle de asalto en las manos, justo debajo de la ventana del dormitorio. Apunté con el Cetme C afinando la precisión y disparé una sola bala, una detonación seco, y el hombre se fue al suelo, sin decir esta boca es mía. Levanté el pulgar hacia Chamorro.
Del piso de abajo vinieron unas voces y unos disparos. Después, de nuevo el silencio. Bajamos las escaleras a gran velocidad, y en la cocina, junto a Rubén, había un hombre de pelo gris, vestido de negro al igual que el resto, que empezaba a desangrarse. Rubén nos miró serio, con la pistola aún en la mano. Le había agujereado el estómago, tenía cuatro impactos de bala en el vientre y un AK47 a su lado. Estaba listo de papeles. Dejé el rifle encima de la encimera y abrí el cajón de los cubiertos, mientras agarraba un largo cuchillo de cocina.
—¡Voy a destripar a este cabrón!
Chamorro me agarró por el hombro.
—Espera. Que lo termine él —dijo señalando a Rubén con la cabeza.
Rubén nos miró fijo, sin decir nada.
—¿Nunca has matado a nadie, verdad? —hizo Chamorro la pregunta retórica—. Pues acaba aquí con lo que has empezado.
Rubén se puso de pie, despacio, apoyándose en la pared, y sin dejar de quitar la vista del ruso que agonizaba en el suelo, en un oscuro charco de sangre. Miró para Chamorro y después a mí. A continuación, levantó la pistola que le había dado y le disparó en la cabeza. El tío dejó de quejarse. Chamorro asintió. Después se volvió en redondo, observando la cantidad de casquillos que había por el suelo, los cristales rotos, las maderas reventadas, la pared como un colador.
—Mira cómo me han dejado la casa —lanzó la escopeta contra el suelo, indignado—. Esos cabrones.
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