Se llamaba
Virginia. Curioso nombre, que evoca la virginidad, para alguien que era puro
sexo, que su piel desprendía el olor y la llamada a ese acto ancestral, al
deseo irrefrenable que lleva a los hombres a perder la cabeza, a jugarse el
todo y la vida por satisfacer las ansias que se desbordan, más allá de la
carnalidad y del entendimiento, como una fuerza irracional que les empuja hacia
las puertas mismas del paraíso donde ahogarán sus anhelos.
Pasé la noche siguiente buscando la relativa y fugaz analgesia del whisky escocés, mientras lloraba desconsolado e intentaba masturbarme acordándome de la mariposa que llevaba tatuada en la parte baja de la espalda y de ese cuerpo que he tenido, robar ahora miserablemente ese cuerpo rotundo, usarlo sin consentimiento de la propietaria; pero no lo conseguía, como si la culpa fuera más grande. Había sido víctima consciente de un mero embrujo que podía costarme la vida, y sentía (no se trataba de prejuicios religiosos, creo que después de la muerte sólo hallamos una inmensa nada) que había enturbiado el recuerdo de Carmen, entregándome a una mujer que jamás estaría a su altura, a una víbora sensual y calculadora, sin las calideces, la visión humana y la ternura que Carmen tenía, nuestra intimidad y compromiso.
Así nos siguen influenciando los muertos a los que aún seguimos vivos, la presencia invisible de un recuerdo opaco, la culpa y la vergüenza que anida por dentro, la sensación de fallar a personas que ya no existen pero que viven en algún lugar de nuestra memoria más intensa.
Y cuando la borrachera se reduce vuelve el deseo de verla, de verla desnuda, de tocarla, de meter los dedos en sus labios entreabiertos, y cargo un poco más la copa para que me ensucie la culpa, las trampas de la memoria, y así siento asco, como si la saliva y el semen hubieran chorreado y me hubiera pringado las manos, me hubiera manchado no con una mancha pasajera que se lava con jabón, con detergente, sino con una mancha íntima. Pienso: la culpa mancha.
Y seguía sin tener ni idea de dónde estaba Sergio. Ese crío, ese maldito cretino.
Uno tiene que serle fiel a pocas cosas en la vida, sin las cuales no eres más que un pobre diablo, una persona sin valores, un mequetrefe que vive al viento que más sople, dejándose mecer por la corriente insignificante que va dirigiendo una existencia insulsa. La amistad que yo profesaba al padre de Sergio me responsabilizaba tácitamente con su hijo. La amistad como solidez innegociable. Compartimos demasiados momentos y silencios en Kosovo y Bosnia, donde él destacaba en operaciones especiales y paracaidismo, antes de que pasara a contraterrorismo. Él, Chamorro, Rubén. Aquella lealtad entre nosotros forjada en el respeto mutuo y la admiración, en visiones de la vida similares, de haber contemplado y hecho demasiadas cosas, de haber estado en lugares poco agradables donde no caben los discursos complacientes, y con personas que no invitarías a la fiesta de cumpleaños de tu hija pequeña.
Cuando aún éramos relativamente jóvenes creíamos en grandes palabras, en principios, en banderas que merecían ser defendidas. Luego llegó el desencanto, la revelación: estábamos siendo, como tantos a lo largo de los siglos, únicamente carne de cañón de hombres que no creían en nada, que se sentaban en sus despachos a tratar de forrarse y enviando a otros a que se jugaran el pellejo por ellos, mandando a jóvenes idealistas que creen en lo que hacen, mientras aquí los que tenían siempre la palabra España en la boca usaban las banderas para limpiarse el culo. La gente que nutrió e hizo medrar a tipos como Mauricio Carbonell, que se confraternizaba con ellos, las larvas que engordan en las pequeñas charcas de la corrupción. Seguro que Mauricio también se considera un patriota, y que lo sigue siendo aunque la pasta le chorree de los bolsillos. Billetes manchados de cemento. Contentando a los bobos incapaces de ver de dónde provienen las miserias nacionales, y son esos los que deciden y después nos vienen con eso de que “el pueblo ha hablado” o “el pueblo es sabio”, cuando a veces fiarse de los muchos es fiarse de los peores.
Llevan cientos de años contándole a la gente el cuento de la buena pipa, la patria, la nación, los símbolos, la bandera… sólo para mantener el poder, para llenar los bolsillos y pisar al de abajo, ser la élite en la cúspide donde política y crimen van de la mano; para evadir impuestos y brindar como gordas focas mientras son otros los que en los lugares más miserables del mundo se dejan el pellejo por ellos, o en las calles de aquí se parten la cara con manifestantes enfurecidos, funcionarios de sueldo denigrante a los que les dan un casco, un escudo y una porra y los mandan a retener los resultados de sus abusos en la economía y de su avaricia, para seguir manteniendo el índice tal y cual de la Bolsa, para que nadie de los poderosos en la sombra se asuste si baja el gráfico del Ibex 35.
Pero meten a todos los ciudadanos en el saco, en la idea de la nación, y así un currito con problemas de cojones para llegar a fin de mes se siente también parte de algo, y convertir a hombres distintos, dolientes e irremplazables, en masa de un ente metafísico, de algo que no se puede ver ni discernir pero por lo que piden sacrifiques parte de lo mejor de ti.
El padre de Sergio era duro como la roca contra la que baten las mareas, y sólo se pliegan con el pasar de los milenios. Murió en la emboscada de Latifiya aquel día de noviembre junto con otros seis compañeros. Viajaban sin escolta, blindaje ni armas largas. Y resistieron como gatos panza arriba hasta vender bien caras sus vidas, contra disparos de Kalashnikov y los lanzagranadas RPG, y fueron cayendo uno a uno, agotando sus cargadores. Murieron como habrían deseado, arma en mano y luchando hasta el último suspiro, sobrepasados por la superioridad numérica y de armamento de sus atacantes.
Pasé la noche siguiente buscando la relativa y fugaz analgesia del whisky escocés, mientras lloraba desconsolado e intentaba masturbarme acordándome de la mariposa que llevaba tatuada en la parte baja de la espalda y de ese cuerpo que he tenido, robar ahora miserablemente ese cuerpo rotundo, usarlo sin consentimiento de la propietaria; pero no lo conseguía, como si la culpa fuera más grande. Había sido víctima consciente de un mero embrujo que podía costarme la vida, y sentía (no se trataba de prejuicios religiosos, creo que después de la muerte sólo hallamos una inmensa nada) que había enturbiado el recuerdo de Carmen, entregándome a una mujer que jamás estaría a su altura, a una víbora sensual y calculadora, sin las calideces, la visión humana y la ternura que Carmen tenía, nuestra intimidad y compromiso.
Así nos siguen influenciando los muertos a los que aún seguimos vivos, la presencia invisible de un recuerdo opaco, la culpa y la vergüenza que anida por dentro, la sensación de fallar a personas que ya no existen pero que viven en algún lugar de nuestra memoria más intensa.
Y cuando la borrachera se reduce vuelve el deseo de verla, de verla desnuda, de tocarla, de meter los dedos en sus labios entreabiertos, y cargo un poco más la copa para que me ensucie la culpa, las trampas de la memoria, y así siento asco, como si la saliva y el semen hubieran chorreado y me hubiera pringado las manos, me hubiera manchado no con una mancha pasajera que se lava con jabón, con detergente, sino con una mancha íntima. Pienso: la culpa mancha.
Y seguía sin tener ni idea de dónde estaba Sergio. Ese crío, ese maldito cretino.
Uno tiene que serle fiel a pocas cosas en la vida, sin las cuales no eres más que un pobre diablo, una persona sin valores, un mequetrefe que vive al viento que más sople, dejándose mecer por la corriente insignificante que va dirigiendo una existencia insulsa. La amistad que yo profesaba al padre de Sergio me responsabilizaba tácitamente con su hijo. La amistad como solidez innegociable. Compartimos demasiados momentos y silencios en Kosovo y Bosnia, donde él destacaba en operaciones especiales y paracaidismo, antes de que pasara a contraterrorismo. Él, Chamorro, Rubén. Aquella lealtad entre nosotros forjada en el respeto mutuo y la admiración, en visiones de la vida similares, de haber contemplado y hecho demasiadas cosas, de haber estado en lugares poco agradables donde no caben los discursos complacientes, y con personas que no invitarías a la fiesta de cumpleaños de tu hija pequeña.
Cuando aún éramos relativamente jóvenes creíamos en grandes palabras, en principios, en banderas que merecían ser defendidas. Luego llegó el desencanto, la revelación: estábamos siendo, como tantos a lo largo de los siglos, únicamente carne de cañón de hombres que no creían en nada, que se sentaban en sus despachos a tratar de forrarse y enviando a otros a que se jugaran el pellejo por ellos, mandando a jóvenes idealistas que creen en lo que hacen, mientras aquí los que tenían siempre la palabra España en la boca usaban las banderas para limpiarse el culo. La gente que nutrió e hizo medrar a tipos como Mauricio Carbonell, que se confraternizaba con ellos, las larvas que engordan en las pequeñas charcas de la corrupción. Seguro que Mauricio también se considera un patriota, y que lo sigue siendo aunque la pasta le chorree de los bolsillos. Billetes manchados de cemento. Contentando a los bobos incapaces de ver de dónde provienen las miserias nacionales, y son esos los que deciden y después nos vienen con eso de que “el pueblo ha hablado” o “el pueblo es sabio”, cuando a veces fiarse de los muchos es fiarse de los peores.
Llevan cientos de años contándole a la gente el cuento de la buena pipa, la patria, la nación, los símbolos, la bandera… sólo para mantener el poder, para llenar los bolsillos y pisar al de abajo, ser la élite en la cúspide donde política y crimen van de la mano; para evadir impuestos y brindar como gordas focas mientras son otros los que en los lugares más miserables del mundo se dejan el pellejo por ellos, o en las calles de aquí se parten la cara con manifestantes enfurecidos, funcionarios de sueldo denigrante a los que les dan un casco, un escudo y una porra y los mandan a retener los resultados de sus abusos en la economía y de su avaricia, para seguir manteniendo el índice tal y cual de la Bolsa, para que nadie de los poderosos en la sombra se asuste si baja el gráfico del Ibex 35.
Pero meten a todos los ciudadanos en el saco, en la idea de la nación, y así un currito con problemas de cojones para llegar a fin de mes se siente también parte de algo, y convertir a hombres distintos, dolientes e irremplazables, en masa de un ente metafísico, de algo que no se puede ver ni discernir pero por lo que piden sacrifiques parte de lo mejor de ti.
El padre de Sergio era duro como la roca contra la que baten las mareas, y sólo se pliegan con el pasar de los milenios. Murió en la emboscada de Latifiya aquel día de noviembre junto con otros seis compañeros. Viajaban sin escolta, blindaje ni armas largas. Y resistieron como gatos panza arriba hasta vender bien caras sus vidas, contra disparos de Kalashnikov y los lanzagranadas RPG, y fueron cayendo uno a uno, agotando sus cargadores. Murieron como habrían deseado, arma en mano y luchando hasta el último suspiro, sobrepasados por la superioridad numérica y de armamento de sus atacantes.
Sergio entonces apenas tenía 13 años, una edad difícil para quedarse sin padre.
No lo supo encajar bien. A veces buscamos culpables de lo que seguramente no es
más que nuestro propio miedo y desconcierto. Lo pagaba con su madre y se
refugiaba en las drogas blandas. Había descubierto la fragilidad de la vida y
no quiso aceptarla.
Yo supe siempre cómo funcionaba aquello, el peligro y la letra pequeña; todos habíamos asumido que podía salir nuestro número alguna vez, afrontábamos el riesgo, y al regresar de alguna misión y ver a los compañeros serenos y sonrientes, volvíamos a reconciliarnos con nosotros mismos, con la vida que habíamos elegido; y entendíamos que la muerte era una variante más en nuestra labor, una carta posible, una opción a tener en mente.
El chico creció y se dio cuenta que gustaba a las mujeres, que era guapo a pesar de su rostro aniñado. Le sacaba provecho para saciar sus ansiedades. Noche tras noche, abandonado a esa espiral de alcohol y relaciones, donde el físico es sólo un intercambio de espejismos que facilita el intercambio de líquidos. Un lubricante. Y fascinaba a sus inocentes víctimas, algunas de las cuales incluso cometían la insensatez de enamorarse. Embaucador profesional y sin escrúpulos.
Unas asumían de buena gana pasarlo de puta madre durante una breve temporada con el joven atractivo antes de volver a sus vidas respetables, atrapadas en esas existencias, como personajes de El ángel exterminador; otras chicas no aceptaban del todo bien que luego se olvidara de ellas como se olvida un cigarrillo a medio fumar en un cenicero, consumiéndose sin que nadie le haga caso; y se metió en más de un lío por seducir a mujeres casadas, comprometidas, a la pareja de algún fulano con malas pulgas que luego lo buscaba con todas las ganas de hacerle un siete.
Entonces me llamaba a mí. “Estoy en problemas, tío, échame una mano”. “Préstame 500 euros, que María necesita abortar”. Y yo me tuve que encargar de algún ricachón envalentonado en cuyo estupendo chalet Sergio se había colado, aprovechando su ausencia, para suplir las carencias afectivas de la señora de la casa. Llegué justo a tiempo cuando el tipo le tenía cogido por el pescuezo, escoltado por dos matones de poca monta, y tuve que hacer que los tres volvieran para casa con contusiones y heridas considerables.
Luego un día Sergio desapareció, y yo debo encontrarle por la lealtad que aún le debo a su padre, por la amistad que le tuve en vida y el respeto que aún le profeso tras su muerte.
Yo supe siempre cómo funcionaba aquello, el peligro y la letra pequeña; todos habíamos asumido que podía salir nuestro número alguna vez, afrontábamos el riesgo, y al regresar de alguna misión y ver a los compañeros serenos y sonrientes, volvíamos a reconciliarnos con nosotros mismos, con la vida que habíamos elegido; y entendíamos que la muerte era una variante más en nuestra labor, una carta posible, una opción a tener en mente.
El chico creció y se dio cuenta que gustaba a las mujeres, que era guapo a pesar de su rostro aniñado. Le sacaba provecho para saciar sus ansiedades. Noche tras noche, abandonado a esa espiral de alcohol y relaciones, donde el físico es sólo un intercambio de espejismos que facilita el intercambio de líquidos. Un lubricante. Y fascinaba a sus inocentes víctimas, algunas de las cuales incluso cometían la insensatez de enamorarse. Embaucador profesional y sin escrúpulos.
Unas asumían de buena gana pasarlo de puta madre durante una breve temporada con el joven atractivo antes de volver a sus vidas respetables, atrapadas en esas existencias, como personajes de El ángel exterminador; otras chicas no aceptaban del todo bien que luego se olvidara de ellas como se olvida un cigarrillo a medio fumar en un cenicero, consumiéndose sin que nadie le haga caso; y se metió en más de un lío por seducir a mujeres casadas, comprometidas, a la pareja de algún fulano con malas pulgas que luego lo buscaba con todas las ganas de hacerle un siete.
Entonces me llamaba a mí. “Estoy en problemas, tío, échame una mano”. “Préstame 500 euros, que María necesita abortar”. Y yo me tuve que encargar de algún ricachón envalentonado en cuyo estupendo chalet Sergio se había colado, aprovechando su ausencia, para suplir las carencias afectivas de la señora de la casa. Llegué justo a tiempo cuando el tipo le tenía cogido por el pescuezo, escoltado por dos matones de poca monta, y tuve que hacer que los tres volvieran para casa con contusiones y heridas considerables.
Luego un día Sergio desapareció, y yo debo encontrarle por la lealtad que aún le debo a su padre, por la amistad que le tuve en vida y el respeto que aún le profeso tras su muerte.
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