jueves, 20 de agosto de 2015

CAPÍTULO VII

Habíamos quedado en un bar del centro, en la calle de Hortaleza, donde Carolina ya aguardaba apoyada en la barra, tomando una ginebra de marca. Tenía esa mirada ausente y firme de mujer veterana que congela el gesto de los hombres imprudentes que se le acercan con la sonrisa idiota en el rostro, sin saber que aquella montura les viene grande.
Carolina, que estaban atrapada en un matrimonio que ya no daba más de sí, sentía un profundo desprecio por los machos de bar y copa, los de tomas algo muñeca, un chupito, o qué haces por aquí, nena, tan sola y tal y cual. Aquella muñeca había retorcido las pelotas de más de uno en sus buenos tiempos, y estaba harta de lidiar en un mundo de hombres, en el duro y sordo combate de los Oficiales de Inteligencia. Por eso, cuando algún ligón de noche y revolcón merodeaba esas tierras, ella solía sugerirles, en lo más suave, que fueran a llamar nena a su puñetera madre.
—No sé en qué andas metido, pero alguien quiere encuentro amoroso contigo.
A pesar de que ella perteneció al grupo de cercanos, al círculo de amistades más allá de lo profesional, y que era, igual que Rubén, muy buena en obtener, evaluar e interpretar la información, de la misma manera que Chamorro y yo lo éramos en Operativa y Seguridad, no quería explicarle sobre la desaparición de Sergio, pues también conocía a su padre, y consideraba que implicarla en ello era innecesario, ya que querría intervenir más a fondo si estaba al tanto de que yo andaba detrás del hijo de nuestro compañero muerto. Hay cosas que van de oficio, códigos que uno asume, tan viejos como nuestras memorias, y si Carolina sabía, lo desease o no, iba a involucrarse. Igual que me pasaba a mí, y ahora tenía que lidiar con ello. 

—¿A qué te refieres? —le pregunté, intrigado.
Ella estiró una nota doblada y la arrastró por la barra hasta llegar a mí.
—Esto entró ayer por debajo de la puerta de mi casa. A ver si ahora van a andar jodiendo.
Desdoblé el papel con curiosidad, y pude leer:

Dile a tu jefe que mañana a las 23.30, se encontrará con el chico que anda buscando. Que venga solo, es una cita amistosa. Ya sabemos que sabe usar la pistola.

Y debajo había unas coordenadas, que respondían a un lugar que luego comprobé quedaba al norte, por la zona de La Pedriza, un sitio alejado de la urbe y poco habitado.
Carolina me miró con preocupación.
—¿Andas en algo peligroso?
No le contesté, arrugué la frente y le di un trago a la cerveza que acaba de pedir. Aquello no me gustaba, si los que dejaron esa nota son del entorno de Carbonell y el asalariado al que había despachado, sabían perfectamente dónde vivía yo, y hacerle llegar la nota a ella era así mismo una forma de amenaza, significaba que conocían a Carolina también, que estaban al corriente de que trabajaba para mí y de su domicilio. Donde vivían su marido y sus hijos.
Negué con la cabeza.
—No sé qué es lo que hay, pero a mí que no me metan en esto, no me toques los huevos que no tengo, ¿cómo saben dónde vivo? ¿Y qué clase de gente es?
—No hay nada de qué preocuparse, ya lo voy a solucionar.
—¿Por qué no llevas a Chamorro contigo? Podría de ser de gran ayuda, en caso de problemas, nadie mejor que él.
Observé a Carolina sin decir nada y ella bajó la cabeza, metiendo la nariz en su Ginebra y bebiendo en silencio, para después mirarme, comprendiendo. Sabía muy bien la situación de Chamorro desde hace años, y también todo lo que él y yo habíamos vivido. Cuántas cosas que la gente normal ignora, había tras ese silencio en el bar. Nunca nadie quiere penetrar en los rincones oscuros de la gente poco expresiva. Si alguien se hubiera asomado al balcón de esas miradas, hubiera visto cosas que hubiera preferido no ver. Y es que ambos sabíamos, tras pagar el precio que la lealtad exige, lo que encerraban los silencios y la mirada ausente sobre el tema de Chamorro.

Conduje hasta unos 500 metros del lugar donde indicaban las coordenadas y después continué a pie. Llevaba conmigo una Ithaca 37, y la pistola metida en la sobaquera. La noche era cálida y silenciosa, el bochorno hacía que la camisa se me pegara a la piel, apenas se oía el sonido de los grillos que celebraban la noche estival y algún perro que ladraba a cierta distancia. El lugar era escarpado y lleno de granito, habitual de esa zona de Guadarrama. Llevaba una linterna LED para alumbrarme el camino, y tras comprobar una vez más el GPS de mano, llegué al sitio, apagué la linterna, apoyé la culata de la escopeta en el suelo y esperé.
Al final las cosas importantes de la vida son de una sencillez asombrosa. Todo se limitaba a eso, tener una tarea, buscar o esperar algo, y no rehuir cuando uno es llamado al encuentro. Era la única manera que había. Carolina lo sabía, igual que yo. Había sido citado solo, y solo estaba, aguardando, sin saber realmente la naturaleza del encuentro, la emboscada o el peligro que me tenían reservado. Pero al final toda la existencia es eso, el hombre no es más que un soldado perdido en el territorio hostil de la vida. Toparse de frente con el peligro o ir hacia él simplemente es cuestión de tiempo. Y había estado muchas veces en situaciones que se le parecían, aunque ningún peligro da tanto miedo como cuando estás a punto de perder a alguien, y yo esa sensación ya la conocía.
Se oyó un ruido de ruedas avanzando por la gravilla, y después reconocí la luz de unos focos acercándose. Tomé la escopeta y quedé alerta, en esa dirección, atento a los movimientos del vehículo. Un coche, que me pareció un BMW X5, aunque no podría asegurarlo por la oscuridad que me rodeaba, se detuvo a un centenar de metros de donde yo estaba. Las luces me impedían ver a los ocupantes. De copiloto vislumbré un tipo, una figura grande. Apunté directamente en esa dirección.
El corazón había empezado a latirme más deprisa, en esa subida de adrenalina que precede a la acción, el mismo subidón que siempre aparece antes de comenzar una pelea, de abrir fuego o de subirte a un ring, y que hace que se agudicen los sentidos, que los músculos estén alerta.
Oí abrirse una puerta, y una sombra, vestida con ropas negras y que no pude distinguir, puso pie a tierra con una gran bolsa de deporte en la mano. Hice ruido con el cerrojo asentándose en la recámara para que se escuchara. La figura dio dos pasos con algo de dificultad y dejó la bolsa en el suelo.
Después le vi meterse de nuevo en el coche. El auto arrancó, hizo un semicírculo levantando polvareda y se alejó por donde vino.
Dejé la Ithaca a mis pies y con la pistola en la mano derecha y la linterna en la izquierda caminé hacia el bulto negro. Apuntaba hacia él, era una bolsa de deporte oscura y enorme, y parecía mojada. Al mover la cremallera se me humedecieron los dedos. Terminé de abrirla y con la linterna comprobé el interior. Un olor muy fuerte, nauseabundo, me golpeó en la cara, y la reacción natural hizo llevarme una mano a la nariz. Dentro, rodeado de hielos que se derretían, estaba Sergio, pálido como la muerte que le acompañaba y con un enorme tajo en el cuello, ya reseco, con costras de sangre. Sus ojos sin vida me miraban desde el fondo de la bolsa. 
Por su aspecto y el olor que desprendía supe que llevaba unos cuantos días muerto, el cuerpo doblado sobre sí mismo y empapado por los hielos. Lo habían desenterrado de algún lugar, ya que tenía restos de tierra por la frente y el pecho.
Me incorporé y quedé paralizado viendo al cadáver, como una rabia interior que me atenazaba y me impedía desviar la mirada, alimentando mi furia.
Yo sabía cómo era él, y él sabía qué aspecto tenía yo, y dónde solíamos apoyar la cabeza en la almohada. Así que era cosa hecha. No había que darle muchas vueltas. La próxima vez que me encontrara con Mauricio Carbonell, uno de los dos dejaría este mundo. 

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