Rubén miraba melancólico las
calles ardientes mientras el taxi avanzaba decidido, y le daba por reflexionar
sobre sus propios recuerdos de niñez. 'El
Catedrático' era así, imprevisible en su desorden mental, tan pronto te
salía con alguna anécdota bizarra en mitad de un funeral como disertaba sobre
las plantas herbáceas en pleno festín alcohólico.
Pasamos por donde hace años estaba el antiguo cine Ibiza, y eso le sirvió para deleitarnos, al taxista y a mí, con uno de sus pensamientos lanzados a la alta voz: “Aquellos sillones majestuosos, esos programas dobles de los sábados por la noche…todo se ha ido a la mierda, decadencia disfrazada de grandes superficies, los lugares de nuestra infancia han sido demolidos para levantar sucursales bancarias, institutos dermoestéticos, academias de yoga, Starbucks, Mcdonalds…qué horror".
Eran graciosas las salidas de aquel fulano a menudo huidizo al que yo tenía un aprecio brutal.
Lo recuerdo algunas veces cuando íbamos destinados a Oviedo, dentro del dispositivo
de seguridad de los Premios y de las personalidades de la Casa Real que acudían, y
aún lo veo, observando en silencio desde la distancia cuando la muchedumbre de
palurdos se ponía en las vallas a la entrada del teatro a vitorear a sus
Altezas Reales, y sé perfectamente lo que él pensaba. Palabras como rey, religión, patria, ayudan a crear tu mundo de dignidad cuando
estás envalentonado por la juventud, necesitas de esos conceptos para creer en
algo, para sentir que hay nobleza en tu trabajo y en el sentido de muchas cosas;
pero la elocuencia cruel de los años te va despojando poco a poco de todo eso.
Nuestros ojos cansados sólo podían ver poder y dinero desde la cuna a la tumba
y un montón de ciudadanos con el fervor y el inexplicable deleite de aplaudir
el lujo de sus gobernantes.Pasamos por donde hace años estaba el antiguo cine Ibiza, y eso le sirvió para deleitarnos, al taxista y a mí, con uno de sus pensamientos lanzados a la alta voz: “Aquellos sillones majestuosos, esos programas dobles de los sábados por la noche…todo se ha ido a la mierda, decadencia disfrazada de grandes superficies, los lugares de nuestra infancia han sido demolidos para levantar sucursales bancarias, institutos dermoestéticos, academias de yoga, Starbucks, Mcdonalds…qué horror".
Después de que aún le contara al taxista algunas anécdotas del barrio de su infancia, llegamos al lugar donde esperaba la mujer que, según me aseguraba Rubén, era de plena confianza. Me saludó altiva y firme, y luego desplegó sobre la mesa un montón de documentos y fotografías de Virginia. Explicó con detalles y una pulcra profesionalidad quién era ella, el seguimiento que se le había hecho como pareja de Carbonell y de quién sabe cuantos más. Un par de detenciones por estafa, vinculación a algunos negocios del juego y sospechosa de cómplice de asesinato hace siete años. Estaba hermosa hasta en las fotos tomadas clandestinamente. Sentí una punzada en el pecho, un pequeño escalofrío, me estremecí al recordar el tacto de su carne deliciosa y maldije internamente mi suerte perra.
Luego Rubén le dio las gracias a la mujer, y me miró a mí, serio tras las gafas, como diciendo, "ahí lo llevas, chaval". Yo agradecí aquella información, tan bien administrada, y miré de nuevo a la mujer, más detenidamente. Tenía una madurez cansada, con cercos de fatiga que sólo cierta clase de vida imprime entorno a los ojos. Pero a España, y al mundo en general, le hubiera ido mejor si hubiera dado más importancia, si hubiera otorgado más puestos clave, a ese tipo de mujeres, de haber construido un umbral de poder, cultura y sensatez en torno a mujeres activas, resueltas, provocadoras, que pensaban más y mejor que los hombres, que sabían interpretar de forma más coherente y hacer suyas palabras como ética, bondad, paciencia o dignidad.
En el pasado, Chamorro y yo nos entendíamos con la mirada, conociendo la personalidad enrevesada de cada cual, con la interpretación de largas ausencias de conversación. A veces nos limitábamos a esbozar una sonrisa cortés y a beber en silencio, cada uno embutido en sus propios pensamientos.
Más mayor que yo y un mentor, él era el mejor en Operativa y manejando armamento. Un auténtico profesional eficiente, con la experiencia, la destreza y la frialdad necesarias, era además un gran analista de situaciones. Sabía mirar alrededor y hacerse una idea de las opciones, de la manera de proceder. Un baluarte como aliado y una férrea confianza como amigo. Alguien a quien te gustaría tener de tu parte y a tu lado, si las cosas se complican.
Y algunas veces se complicaron. Fuimos hombres de nuestro oficio, y eso implicaba tener el temple a flor de piel y vérselas también fuera del horario laboral, que no terminaba nunca.
Como en un bar destartalado en Prizren, con unos soldados uniformados de la ONU. Muchas veces las apariencias suelen imponerse a la verdad, y es intrigante cómo gente en exceso ruin disimula sus vicios bajo máscaras de respeto, honor o decencia.
Aquellos hombres creían poseer carta blanca por el hecho de ir vestidos de militar. Tenían el beneplácito de la comunidad internacional y toda esa parafernalia, y es que los peores siempre son aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros. Chamorro y yo estábamos de paisano, pero dos días antes habíamos tenido noticia de la violación que habían cometido sobre dos chicas serbias. Y dentro del bar, les reconocimos, a los cuatro. Recuerdo que les provocamos, en una discusión subida de tono pero controlada en todo momento por nosotros, para que salieran afuera, fingiendo un acento extranjero, ante la mirada del hombre discreto que estaba tras la barra.
“Tú a los dos de la derecha”, me dijeron sus ojos cuando ellos salieron al claro de la noche por parejas, y Chamorro se apoyaba en la pared de la entrada, con las manos en los bolsillos. Él les sonrió y les pidió fuego en inglés, y cuando uno se abalanzó, que ya venía caliente de dentro, Chamorro lo frenó con una patada frontal que impactó sobre su vientre, desplazándolo hacia atrás. Cuando los dos que estaban a la expectativa y más cerca mía se volvieron, yo ya tenía el arma sacada, y les apuntaba muy serio. El soldado que había visto más de cerca cómo Chamorro pateaba a su compañero también hizo ademán de sacar el arma, y antes de que pudiera siquiera dirigir la mira, una bala le entró por la mandíbula, saliendo justo a la altura de la parte occipital de la cabeza. Mi amigo había sido rápido. El estallido pareció sorprender a los otros, que miraban a Chamorro y a mí alternativamente.
—¿Os gusta violar campesinas, eh?
Aquellos tipos aguardaban sin entender demasiado, pero los tres finalmente decidieron que no era justo que tuviéramos la superioridad de las armas desenfundadas, así que las guardamos y nos enfrentamos con la igualdad que reclamaban, aunque tres contra dos.
Cuando tiramos sus cuerpos a un margen de carretera cercano, el mando de los Cascos Azules en la zona lo responsabilizó a un ataque realizado por milicias locales del ELK, y abrió una investigación que nunca llevó a nada.
Antes ya de eso, nos profesábamos esa lealtad sólida e inexplicable. Claro que aquello, el secreto que nos
unió, fue muy distinto al que nos separó, adquiriendo para siempre él una deuda
conmigo. Un trabajo para dedicarse silencios y abandonos. Cuando su hija murió
en un accidente de tráfico, al estrellarse su coche contra un vehículo
conducido por un chaval que venía de fiesta e invadió el otro carril, su padre
se dedicó a una búsqueda exhaustiva. Entonces me necesitó.
Hacía un año que habíamos dejado la Agencia tras el desastre de los trenes, y me estaba divorciando. Aun no conocía a Carmen. No sé si lo hubiera hecho de haber estado con ella. Yo sabía que el chaval realmente no era un homicida consciente, y Chamorro en el fondo también. Pero su dolor y su rabia se cruzaban letalmente en ese lugar de nuestra cabeza que da lugar al odio. Para cuando lanzamos el cuerpo al mar, a 400 kilómetros de allí, ya habíamos asimilado que no volveríamos a vernos, a no ser que el destino hiciera que tuviera que reclamarle para alguna tarea de la que sabía no podría negarse.
Habían pasado diez años desde que el viejo veterano diera sepultura a su hija y tratara de aliviar su dolor cobrándose otra vida. Desde entonces, Chamorro habitaba en una casita apartado de todo, viendo los atardeceres tras las colinas y el reflejo del sol en el lago, teniendo cerca su vieja petaca como tabla a la que aferrarse en el mar de la nada, compañera con la que vivía el fracaso de sus últimos días.
Imagino que hay deudas que es mejor no cobrarse, no volver sobre los muertos que la historia deja a medio enterrar, como una certeza que duerme en nuestro patio trasero aunque nunca hablemos de ella. Pero cuando me vio aparecer por su modesto camino de piedras- yo había aparcado un kilómetro atrás, sobre un claro del bosque- me saludó con la cabeza, asintiendo despacio, se sacudió el polvo que tenía en los pantalones y se puso en pie, como si ya estuviera dispuesto.
Hacía un año que habíamos dejado la Agencia tras el desastre de los trenes, y me estaba divorciando. Aun no conocía a Carmen. No sé si lo hubiera hecho de haber estado con ella. Yo sabía que el chaval realmente no era un homicida consciente, y Chamorro en el fondo también. Pero su dolor y su rabia se cruzaban letalmente en ese lugar de nuestra cabeza que da lugar al odio. Para cuando lanzamos el cuerpo al mar, a 400 kilómetros de allí, ya habíamos asimilado que no volveríamos a vernos, a no ser que el destino hiciera que tuviera que reclamarle para alguna tarea de la que sabía no podría negarse.
Habían pasado diez años desde que el viejo veterano diera sepultura a su hija y tratara de aliviar su dolor cobrándose otra vida. Desde entonces, Chamorro habitaba en una casita apartado de todo, viendo los atardeceres tras las colinas y el reflejo del sol en el lago, teniendo cerca su vieja petaca como tabla a la que aferrarse en el mar de la nada, compañera con la que vivía el fracaso de sus últimos días.
Imagino que hay deudas que es mejor no cobrarse, no volver sobre los muertos que la historia deja a medio enterrar, como una certeza que duerme en nuestro patio trasero aunque nunca hablemos de ella. Pero cuando me vio aparecer por su modesto camino de piedras- yo había aparcado un kilómetro atrás, sobre un claro del bosque- me saludó con la cabeza, asintiendo despacio, se sacudió el polvo que tenía en los pantalones y se puso en pie, como si ya estuviera dispuesto.
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