martes, 11 de agosto de 2015

CAPÍTULO VI

La muerte puede ser un final de túnel casi necesario si precede una penosa, larga y fatigosa enfermedad, que desgasta a todos los que están alrededor de la persona que la sufre, como si el veneno del cáncer pudriera también el ambiente cercano, haciendo cansado el trayecto y dejando las reservas emocionales bajo mínimos, en ese viaje a las profundidades de la desolación.
Ya había cumplido los cuarenta cuando Carmen llegó a mi vida, me movía con soltura en ese límite entre la plenitud de la madurez y lo que empieza a marchitarse, y ella era más joven y hermosa que nada que pudiera imaginar, teniendo en cuenta que venía del combate del divorcio, tras años posponiendo el inevitable desenlace, entre viajes y largas ausencias me esperaba en casa una vida provisional, una vida en la sala de espera, con la impresión de estar siempre esperando a que pase algo, a que tu matrimonio mejore, a que ocurra un hecho que te saque de esa apatía, mientras te asusta verte condenado a ser un alma más entre los que componen el triste y sucesivo desfile de seres humanos que avanzan cabizbajos por todas las ciudades del mundo, resignados, y que pasan un instante en su vida bajo la luz de los focos para, a continuación, desvanecerse en la oscuridad.
Carmen no era sólo un ideal (acostumbramos a vestir con virtudes los cuerpos que nos gustan, ese autoengaño que consentimos, para ponerle inteligencia, bondad, generosidad, al ser que deseamos amar, para no sentirnos vulgares solamente queriendo porque sí, por necesidad, o por pura atracción física, sexual, convencional) sino que poseía objetivamente todas las cosas que hacían a un hombre sentirse bien.
El grupo de cercanos acabábamos de salir de la Agencia y Chamorro había perdido a su hija, eran tiempo difíciles y turbios, y ella llegó como esa revelación que nunca sabes si en realidad mereces, la mirada que endulza los anteriores tragos más duros y calienta las noches de invierno donde las cicatrices se rebelan heladas en el cuerpo, y en esa oscuridad vislumbraba el alba de un nuevo futuro.
Y no es fácil estar tan seguro, ya tuve antes otras experiencias en las que querer nunca fue suficiente, porque la existencia no es como esas películas convencionales donde basta la voluntad y el enamoramiento para alcanzar la plenitud conjunta. En la realidad no ocurre así, ni mucho menos, puedes querer locamente a una persona, saber que es la mejor, y, al mismo tiempo, saber que eso no te conviene, no tiene futuro; que el amor no lo consigue todo.
Pero la primera vez que estuve con ella, después de meses de tanteo, fue uno de esos momentos en los que tienes la certeza de que la vida cobra pleno sentido, se vuelve completa, uno de esos momentos en los que puedes morirte y ya está, lo has hecho todo. Había viajado por gran parte del mundo, había querido y amado, también sufrido como un bestia, bebido y follado, teniendo la inmensa suerte de que algunas personas que respetaba y respetaré siempre me hubieran considerado y llamado amigo, había bajado hasta los límites del dolor y también tocado el cielo con los dedos. Y también matado, había matado mucho y no siempre necesariamente.

Ella ni siquiera fumaba, abandonó ese mal hábito siendo una adolescente, antes de perder el control de su propia voluntad y dejar su fuerza bajo el dominio de agentes externos y perniciosos. Puede que las primeras semanas fueran las más duras, antes de aceptar y digerir, y luego fue tomando conciencia del tiempo que aún teníamos juntos, como si a partir de ahí todo fuera de prestado, la prórroga que nos concedían para una despedida honrosa, como si un bufón cruel pusiera el cronómetro en nuestras manos y dijera, "toma, éste es el tiempo que tenéis, haced que merezca la pena, aprovecharlo".
En el hospital tenían habilitada una capilla, y siempre me llamó la atención esa simbiosis entre medicina y superstición, entre ciencia y creencia, como si la vida y la muerte estuvieran pendientes de tu fe y pudieras distraerlos rezando o cantando o tocando la flauta.
Me lo decía Rubén, que aguantó a una novia adepta a ese tipo de rituales durante casi una década. Al final pudo más su vena racionalista e ilustrada y quebró por dentro y por fuera: “Si ves continuamente a una mujer intentando convencerse de algo que sabe que no es cierto, le terminas perdiendo el respeto. Y sin respeto no hay relación que valga, no puedes estar con alguien a quien consideras una pusilánime y una mediocre”.
Una vez pasé por el lugar, por el templo religioso dentro del hospital, pero al echar una ojeada al interior e imaginarme dentro, con aquellas personas silenciosas y de rodillas, me entró el pánico, verme allí hacía sentirme miembro de un rebaño bobalicón, y no quería que la desesperación por la enfermedad de Carmen me hiciera caer tan bajo.
Aquella fuerza que desató, incluso cuando decidimos juntos que abandonara el hospital para pasar los últimos meses en casa, uno cerca del otro, haciendo lo que siempre nos gustó, consiguió de alguna manera que yo mirara dentro de mí para tratar de ser una persona mejor. No creo que lo haya logrado del todo. Nadie que haya llevado la vida que yo llevé y hecho las cosas que hice puede considerarse plenamente una buena persona. Hay memorias que llegan sin invitación para ahuyentar tu sueño, remordimientos, hechos que aún colean y fantasmas que te persiguen en las horas tibias de la madrugada.

Impresiona ver la vida sin futuro, el hilo tan delgado que separa lo vivo de lo muerto. Carmen se apagaba lentamente en mis brazos y sentía que parte de mí abandonaba mi cuerpo para irse también con ella, a ese lugar habitado de tinieblas del que nadie he regresado para dejar testimonio. La marcha de alguien que realmente valoró lo que tenía en su justa e intensa medida siempre es más cruel, no es como cuando liquidas a un hijo de puta o ves a esos gilipollas, esos niñatos que lanzan el coche a toda velocidad para vivir su propia emoción y luego descubren que el impacto es real, y te miran con cara de idiota desde una silla de ruedas, porque lo que se han quedado es parapléjicos y babean y se mean encima y eso no tiene nada de emocionante.
Yo me desesperaba al ver destruirse los últimos cimientos del frágil edificio que había creído levantar.
Finalmente las personas somos egoístas, y tenemos la necesidad de pasar página para nuestro propio beneficio, y vas mitigando el dolor, sabes que vas a curarte con la medicina del tiempo, en vez de aprender con el purgante de la memoria. Guardar de la memoria sólo lo que añoras, el traje que te has hecho a la medida.
Pero para cuando entramos  en el año en que estamos, me encontraba sin más fortuna que mi vieja pistola y sin más futuro que el olvido.

Al salir a la calle vi un coche negro, uno de esos híbridos entre berlina y todoterreno con los cristales tintados, que no pegaba nada en un barrio así, y lo observaba pensando eso mientras apoyaba, con gesto mecánico, la palma en la culata de mi Llama M-82.
Pasé cautelosamente a su lado, caminando por la acera, con los sentidos alerta y mirando alternativamente a los peatones de alrededor, tratando de adivinar un gesto, un rostro sospechoso. La ventanilla del asiento trasero empezó a bajarse, y me hice a un lado dispuesto a desenfundar, esperando tal vez una ráfaga de Heckler & Koch
o un escopetazo a bocajarro. Cuando el cristal terminó de descender, pude ver el rostro pulcro y bien afeitado de Mauricio Carbonell, que sonreía ampliamente, mostrando los dientes incisivos y la mirada clavada en mí.

2 comentarios:

  1. Una mejoría visible desde la anterior novela corta, Memoria de trinchera, entras a saco en el gran caserón de la vida para ofrecernos un panorama duro y hermoso a la vez, con pocos escrúpulos a la hora de escribir y sin renunciar a los códigos de la novela negra.
    Jorge.

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  2. Gracias por tus palabras. El objetivo a la hora de escribir es siempre tratar de mejorar, de hacer algo que merezca la pena y que no sea una mera repetición de lo que uno ha narrado con anterioridad. Es un placer considerarse a sí mismo como una constante evolución, que los años van limando el tono y puliendo errores y tibiezas y que la gente cercana y los pocos que me leen me lo resalten.
    Aquí no sólo trato de hacer un (muy modesto) homenaje a autores que han influido en mí como Chandler o Hammett, también busco un lenguaje y una forma de expresarse distinta a los relatos de Estrella Errante, y con el título de la novela hago un pequeño guiño a Nikita Mikhalkov, teniendo en cuenta que me entusiasma Mastroianni.

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